Lana: la biblioteca regional Hild
[Viene de La cama de Lana y Manuel o de Manuel: Jazz Bar]
LANA
CHICAGO, IL. 1984
LA BIBLIOTECA REGIONAL HILD
Desde los ocho años, al salir de clases, Lana esperaba a su mamá en la Biblioteca Regional Hild hasta las 6:00 p.m. Un jueves de marzo vio allí a una chica de secundaria que le sonrió y se sentó a su lado. Trataba de no mirarla, pero no era tarea fácil. Su ropa abigarrada, el maquillaje alrededor de los ojos y los mechones de diferentes colores en el pelo eran algo nuevo para Lana.
Cassandra tenía 18 años y estaba en su último año de secundaria. Miró a Lana con atención por un buen rato, le resultó extraño que estuviera leyendo un libro de Angela Carter. La pequeña lectora parecía tener no más de diez años. Cassandra dio una vuelta por la sección de ficción de la biblioteca, escogió un libro que nunca abrió y se distrajo con un segundo descubrimiento acerca de la niña. Lo verdaderamente inusual era encontrar a una persona afroamericana en un barrio de inmigrantes latinos, griegos, irlandeses y alemanes. Cassandra se sentó de nuevo cerca de Lana y habló. Dijo muchas cosas, pero su olor a marihuana impedía que Lana siguiera el ritmo de la conversación. El recuerdo de su madre, relajada y contenta por unos minutos, se le metía por la nariz y le tapaba las orejas. Quería quedarse con esa imagen un poco más.
Cassandra dijo que su madre la había traído a esta zona para que conociera cómo vivían las personas por las que ella trabajaba y para que eso le ayudara a aterrizar un poco sus ideas acerca de su futuro profesional. Le habló de las universidades a las que había solicitado ingreso y las razones por las que las había escogido. No quería ir a un college de mujeres, como su madre le había insistido mil veces, quería ir a una universidad donde hubiera chicos atléticos y fiestas. Enumeró sus opciones y las cualidades de cada una. Habló de programas en artes y dijo que si las cosas se ponían muy malas académicamente, ella podría simplemente ser profesora. Había venido a esconderse en la biblioteca pública porque su madre trabajaba con agentes de policía y no podía dejarse ver así, como estaba en ese momento.
Lana no entendió la mitad de lo que Cassandra dijo y no creyó la otra mitad, pero sintió que tenía una amiga grande y que eso era importante. Esperó casi con impaciencia la llegada del jueves siguiente para ver a esta nueva amiga otra vez. La joven llegó sobria y con todos sus sentidos en su lugar. Estaba irreconocible sin el maquillaje, con el cabello oscuro recogido en una cola de caballo y ropa casual. Al acercarse a Lana, Cassandra notó marcas que en una piel más clara parecerían morados, pero en la de ella no se sabía bien qué eran. Podían ser hiperpigmentación o un lunar de nacimiento. Ante las dudas, le preguntó a la niña por las marcas. Lana aseguró con expresión de qué-pregunta-es-esa:
—Son de cosas que hace mamá cuando llegamos a casa. —Ya con la frente lisa y con ojos de obviedad, agregó —Adultos… pegan.
Por sus respuestas casuales, Cassandra entendió que Lana estaba acostumbrada a un ambiente hostil. Para terminar el encuentro con una nota de esperanza, preguntó:
—¿Te gustaría que tu mamá ya no te pegara, no te golpeara contra las paredes, no te encerrara en el cuarto oscuro los fines de semana?
Lana retomó con el entrecejo el gesto de qué-pregunta-es-esa y volvió a su libro de Ursula K. Le Guin, pero el embrujo de magos de piel oscura como la suya se desvaneció. Con las palabras de Cassandra, no se pudo concentrar. De repente, cayó en cuenta de que cosas como las que ella vivía son materia de cuentos de hadas con madrastras malas. No hay madres malas en los cuentos de hadas ni en las novelas de fantasía. Recordando lo que había estado leyendo esa tarde, se daba cuenta de que incluso la tía de Sparrowhawk, que es lo más cercano a una madre, no podía llamarse propiamente mala: lo había cuidado, le había enseñado magia y le había conseguido un maestro. ¿En qué historia fantástica hay una madre mala? No pudo empezar el inventario.
Y ¿qué tal que su vida fuera un cuento de hadas raro, una historia fracturada en la que Cassandra fuera una hada madrina? La idea la hizo sonreír con la cabeza inclinada. Por un segundo extraño, Lana fue consciente de su sonrisa y su cara se sintió cansada.
El último jueves que Lana pasó en la biblioteca, Cassandra llegó con su madre, que era trabajadora social del Department of Children and Family Services, y dos agentes de policía. Llevaron a Lana a su casa para que recogiera unas mudas de ropa y las cosas que quisiera conservar. La niña entendió que ya no volvería a ver a su madre. Esto sí se iba pareciendo a un cuento de hadas con un final inesperado. Pero aún no sabía si este rescate era un final feliz.
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