Lana, Manuel, Anabella y Javier: el apartaestudio de Manuel
[Viene de Lana y Manuel: El Corral]
LANA, MANUEL, ANABELLA Y JAVIER
CALI, 2004
EL APARTAESTUDIO DE MANUEL
En la cama de Manuel, Anabella y Javier dormían abrazados sobre el edredón. El frío del otoño vancouverita los había hecho inmunes al de la lluviosa noche caleña. Manuel les hizo cosquillas en los pies para despertarlos.
—Las papitas frías es lo más asqueroso que hay. Levántense, piernipelados —llamó Manuel.
—Les…chas gravy caliente y cheese… Mmm, mmm —musitó Anabella.
—Annie, vida mía. Vamos a comer —le susurró Javier al oído, peinando su cabello mojado con los dedos.
—Yo quiero tamales… mmm abuela…
—No hay tamales, sólo hamburguesas.
—The usual suspects… Vera’s Burger Sh…. Mmm, Mmm.
—Párate, vida mía. Manuel está aquí. Lana nos espera a la mesa.
—Pareces borracha —dijo Manuel y le hizo más cosquillas.
—¡Dejá tu joda, idiota! —gritó Anabella, levantándose de la cama.
—Boquisucita, no. ¿Qué crees que te diría tía Alicia si te escuchara? Alex estaría orgulloso.
—¡Ay, ya! —dijo Anabella, pataleando hasta el lavamanos.
Javier hizo el gesto de tómalo-con-calma y se acercó a Manuel.
—Está más estresada que yo. Este viaje la preocupa más que cuando voy a Centroamérica. Y eso que no entiende mucho el contexto de este gobierno, ni qué significa para Colombia la reelección de Bush la semana pasada. ¿O será que sí? —murmuró Javier. —Danos un minuto, por fa.
Ya había amainado la lluvia, pero se fue la luz. Lana encendió varios frascos de velas con olor a vainilla y una vela en una botella de vino vacía para poner en el centro de la mesa.
—Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me tocó un apagón —dijo Anabella. —Pero me alegro de que se haya ido la luz, porque ahora entiendo por qué me sentía rara aquí. Es por el ruido.
—Bueno, si está todo frío, ya de malas —anunció Manuel al abrir la bolsa de El Corral.
Javier empezó a repartir las hamburguesas, los anillos de cebolla y las papitas en los platos cuando Anabella preguntó: “¿Coca-Cola?” con ese tono de ¿cómo-te-atreves? Y para impedir una diatriba por segunda vez en menos de cinco horas, Manuel informó:
—Lana y yo también boicoteamos a Coca-Cola y a Nestlé por oponerse a los sindicatos, pero era lo que había.
Fue así como Lana se enteró de ese boicot. No era que ella prefiriera la limonada a la gaseosa, no era que Manuel y ella compraran chocolatinas Jet por los caramelos para llenar álbumes con Lucía: era que estaban boicoteando a las multinacionales.
—Ah, bueno. Brindemos por mi abuelo con lo que más le gusta —cedió Anabella. Ve y, hablando de la familia de mi abuelo, yo recuerdo que una vez estábamos en la casa del Queremal con una prima de él y sus nietos y biznietos y nos quedamos sin luz de noche. Y esa señora empezó a contar historias de cuando Cali no era Cali aún, sino potreros y había duendes y brujas. Eso fue tan bonito porque la señora, que tenía como noventa años, nos mantuvo entretenidos y nos olvidamos de que queríamos ver televisión sólo escuchándola. Recuerdo que me gustó tanto eso de contar historias que me soñaba contándoles historias a mis nietos ahí mismo, en la finca de los abuelos.
—¿Y ese recuerdo a qué viene, Busy Bee? ¿A que te gustaría contar historias o tener nietos?
Anabella y Javier se miraron antes de que ella contestara.
—Javi y yo estamos vacunados contra la idea de tener hijos.
—¿Vacunados? —preguntó Lana.
—Ambos trabajamos con el lado triste de las familias. Javi investiga casos de desapariciones forzadas, asesinatos de líderes sociales y sindicalistas, reclutamiento de menores, masacres, despojo de tierras y otras cosas muy dolorosas que afectan a grupos marginados, a población vulnerable. Y yo trabajo en consejería sobre servicios para niños, jóvenes y adultos con discapacidad y apoyo para sus familias. Ayudar a todas estas personas o aquellas circunstancias te drena. ¿Cómo podríamos tener una familia con Javi viajando constantemente y nosotros sin saber si volverá?
—Esa noción de vacuna contra la maternidad me recordó a mi amiga Theresa. Ella dice que ser maestra es el mejor anticonceptivo, porque uno ve tantos padres y tantos hijos que uno se cuida de convertirse en lo que no quiere: una madre sobreprotectora o negligente o permisiva o una idiota.
Manuel se rio al escuchar a Lana decir la palabra idiota.
—No es por Theresa, lo juro —dijo Manuel, sonriendo y con la mano en alto. Es que nunca te había escuchado decir la palabra "idiota" y, teniendo aquí presente a una abusadora de la palabra, no pude evitarlo.
—I… ¡imbécil! —gritó Anabella.
—Ay, no por favor, Anabella. Esa no, esa nunca —suplicó Javier. —Puedo escucharte decir "idiota" veinticuatro veces al día, o más si quieres, pero esa palabra no.
—Ay, Javi, perdóname, Javi, lo siento —dijo honestamente arrepentida, siguiendo a Javier hasta la habitación.
—La velita, la velita —dijo Manuel, pero ya estaban en el cuarto cuando se levantó para alumbrarlos.
Manuel presionó los nudillos de sus pulgares contra sus lagrimales, los codos sobre la mesa.
Lana buscó una hendija entre sus brazos para acariciarle la cara, una oreja. Manuel se volvió para abrazarla y contarle un secreto.
—Creo que Javier quiere ver a su mamá, pero no puede porque el padrastro es un político de derecha. Cortaron la comunicación cuando ella se dio cuenta de que los intereses de su hijo eran incompatibles con los de su marido. Así no más, la señora lo dejó huérfano. Anabella y yo la odiábamos cuando éramos niños, porque llamaba a los mellizos imbéciles todo el tiempo y eso hacía que los vecinos tomaran partido por ellos y le cogieran rabia a Javier. Ahora la odiamos más porque lo abandonó. Toda su vida se encargó de hacerle sentir que ella era la única familia que tenía y luego lo dejó sin un hogar al que regresar.
Cuando Anabella y Javier volvieron a la mesa, Lana y Manuel seguían abrazados en silencio. Al verlos, Manuel se paró y, como intentando devolver el tiempo, desdobló la bolsa de El Corral y dijo:
—Bueno, si está todo frío, ya de malas.
Todos rieron con más ganas de lo que el acto merecía. Tras un silencio corto, Anabella propuso un tema.
—Okay, ustedes, cuéntennos su historia de amor.
Manuel arqueó las cejas e inclinó la cabeza hacia la izquierda para darle el turno a Lana.
—Nos conocimos en el colegio donde trabaja Manuel, el año pasado. A veces almorzábamos juntos con algunos compañeros. En octubre conocí a Lucía y nos hicimos amigas porque le hice unos encargos para mi abuela, mi tía, Theresa y mis amigas de Chicago y, por supuesto, para mí. Y si Lucía estaba, Manuel también, y así nos fuimos acercando cada vez más hasta que en diciembre nos hicimos más que amigos. Ya.
Anabella y Javier esperaban más detalles y Manuel se los dio.
—Esa es su versión de los hechos. La mía es diferente.
—Hace tres años fui a un bar con un par de amigos para levantarle el ánimo a uno que lo estaba pasando mal. Y ahí, en el escenario, vi a una mujer electrizante. Cantó una canción y se desapareció. Pero verla cantar me cambió la vida porque me dieron ganas de estar enamorado y, más aún, de que ella se enamorara de mí. Resultó que la cantante fugitiva había sido el primer amor de uno de mis amigos, así lo dijo William, “mi primer amor”. Él no había llegado al bar entusado, pero después de hablar de Lana sí se entusó. Y con todo lo que dijo mi amigo me entraron más ganas de conocerla.
—¿Tú estabas ahí esa noche?
—Claro que estaba —dijo Manuel, serio. Y luego sonrió. —¿Sí ven? Si una mujer me ha hecho sentir invisible en esta vida, esa es Lana. La única vez que tuvo la iniciativa de hablarme en el colegio antes de hacernos amigos fue un día en el que yo estaba solo en la sala de profesores, leyendo mi libro La hormiga y el sociobiólogo. Es decir, no me vio a mí, vio el libro.
Lana estaba asombrada con estas confesiones adicionales de noviembre.
—William había dicho que Lana gravitaba hacia las personas a las que nadie les prestaba atención y hacia las que leían libros. Ese día lo comprobé, porque yo nunca estaba solo y tampoco leía en la sala de profesores. Ella sólo se acercó a mí cuando se cumplieron las dos condiciones. La siguiente vez que me habló por iniciativa propia fue un día en el que yo estaba con Lucía. De nuevo, no me vio a mí, vio a Lucía. Entonces, en esta historia de amor contamos con un artefacto mágico y un hada madrina: el libro y mi hermanita. Sin ellos, me seguiría ignorando. Y con todo lo que trabajé para estar a su altura.
—¿Cómo así que trabajaste? ¿En qué consistió el trabajo? —preguntó Anabella, mirando a Javier, aunque seguía oscuro.
—Yo le pedí a William que me presentara a Lana cuando supe que se habían vuelto a hablar. Y él me dijo que yo no estaba a la altura de ella, que me faltaba cultura libresca. Y el malparido no me la presentó. Pero sí me sugirió que empezara a leer cositas, por si algún día tenía que hablar con ella y me recomendó que empezara por algo que me interesara para que pudiera perseverar. Entonces, empecé a leer ciencia ficción. En realidad, lo que hice fue retomar libros que había empezado a leer en el bachillerato y que nunca terminé: I, Robot, Brave New World, Fahrenheit 451, etc. Esta vez sí los leí de principio a fin. Fui varias veces al bar con amigos para ver a Lana de nuevo, pero nunca apareció. Finalmente, el año pasado ella llegó a mi colegio para reemplazar a William, que se fue para otro como coordinador.
—¿Por qué no me dijiste nada de esto antes? —cuestionó Lana.
—¿Puedo decir otra cosita? —dijo Manuel, haciendo una pinza con el índice y el pulgar y dirigiéndose completamente a Lana. —William nunca ha dicho nada malo de ti, nada falso, pero todo lo que ha dicho me parece incompleto, insuficiente y, desde luego, sesgado por su experiencia. Me imaginaba que tenía que dejar de ser yo para estar contigo y por eso te pregunté si querías que me hiciera rastas la primera vez que nos besamos.
—¡¿Qué?! ¿Dreadlocks? —dijo Anabella, alarmada.
—Sí, pero la manera como me cogió el pelo hizo que ahí mismito me arrepintiera de haberlo pensado —le contestó a Anabella, antes de tomar las manos de Lana y continuar la confesión. —Quiero darte las gracias por aceptar a mi hermanita, a mi familia y a mí; por aceptar mis salidas al campo y por incluirme en tus salidas en la ciudad, por llevarme a ser voluntario con los chicos de protección, por traerle equilibrio a mi vida y por estar aquí para mí. Delante de la gente que más quiero, me gustaría decirte que eres todo para mí.
Mientras Lana y Manuel se besaban, Javier abrazó a Anabella, la besó en la cabeza y le dijo al oído:
—Ya se nos hizo un hombre.
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