Manuel: Jazz Bar

MANUEL

CALI, 2001

JAZZ BAR

Manuel tenía la reputación de no abandonar a los amigos. Así que, cuando la esposa de Antonio lo echó de la casa, encontró refugio en el apartamento de Manuel, su amigo incondicional. William, su amigo práctico, le dijo que sólo le daba apoyo moral en la forma de unos tragos en un bar y ya. Antonio propuso un jazz bar para encontrarse los tres, muy temprano porque, aunque era viernes en la noche, todos tenían asuntos que atender el sábado en la mañana y no se podían trasnochar.

—Bueno, gentuza. Empecemos el desfile de miserias —dijo William, al recibir la primera ronda de cerveza. 

—Estamos aquí celebrando el regreso involuntario a la soltería del ciudadano Antonio Múnera —anunció Manuel. —actualmente domiciliado en la sala de mi apartamento. Coja esta cerveza y jure decir la verdad y nada más que la verdad. 

—Ay, ya, güevones —se quejó Antonio. 

—Cómo que güevones, ¿ya nos midió? Yo no recuerdo haberme empelotado delante de sumercecito lindo.

—Ah, una sonrisa en este día aciago —dijo William.

—Bueno, ya sabemos que le pusiste los cachos a Patricia. Cuéntanos por qué.

—Por mi hijo, güevón. Mi hijo me quitó a mi mujer.

William y Manuel se miraron y cambiaron la cara de chanza.

—El niño ya tiene 6 años y todavía duerme en la cama con la mamá. Ya no puedo decir que entre nosotros, pero así era.

El asunto escapaba a la comprensión de los solteros, entonces William le tiró la pelota a Manuel. 

—¿Y cuál es su miseria, amigo Manuel? —preguntó para quitarle el reflector a Antonio.

—Mi exnovia se murió y yo lo supe una semana después. Me dio tusa, o eso fue lo que creí, hasta que escuché una conversación entre mis padres que fue como una puñalada en el corazón. Mi mamá le dijo a mi papá que yo no estaba triste por Karina, sino por sentirme traicionado por los amigos comunes que no me habían dicho que estaba enferma. Que, como yo nunca me había enamorado de verdad, la pérdida más fuerte que yo podía sentir sólo podía venir de los amigos y que, en definitiva, yo me estaba induciendo una tusa.

—¡Ouch! —dijo William. O sea, estás entusado es por el comentario de tu mamá.

—Creo que sí, es que no pensé que mis papás me conocieran tanto. Yo sólo he vivido con ellos como 6  años. Entre los 10 y los 17. No es que seamos muy cercanos.

—¿De verdad nunca te has enamorado? —preguntó Antonio.

—Eso parece. A lo mejor yo sólo sirvo para ser amigo. 

—William, hermano. Su turno —señaló Antonio.

—No es tusa. Es encrucijada. Estoy saliendo con una mujer que tiene un hijo. Y ella me gusta mucho, pero yo no estoy seguro de querer a este niño en nuestra relación y a veces siento que él ya me ve como papá. Me conflictúa tener que desilusionarlos a los dos, porque yo no tengo intención de casarme ni de ser padre del hijo de otro.

—Ni entusado, ni adúltero. Vos sos un hijueputa —dijo Antonio.

—Pues, sí, pero no son ni tu mujer ni tu hijo.

—Aquí no vinimos a darnos consejos ni a hacernos mal ambiente —afirmó Manuel.

Sonaba "When Doves Cry" y Antonio y William se pusieron pensativos con la canción. “Why do we scream at each other?” resonaba en la cabeza del primero, “Maybe I’m just like my mother, she is never satisfied”, en la del segundo.

Al terminar la canción, empezaron las pruebas de sonido para la banda en vivo y Manuel se interesó por ver qué ocurría. William estaba de espaldas al escenario. Una mujer hablaba con los músicos y Manuel le preguntó a Antonio si ella cantaba ahí regularmente. 

—Ana, no. Es la hija del dueño, ella ayuda a revisar los equipos y sólo canta muy de vez en cuando. Tiene que estar prendida para cantar. 

—¿Cómo se llama?

—Ana Castillo, creo —dijo Antonio. 

La banda empezó "Palabras de amor" de Presuntos implicados y cuando William escuchó la voz de la mujer, volvió la cabeza para mirar. Corrió la silla para quedar mirando al escenario. Puso los codos sobre la mesa y la nariz entre las palmas de las manos durante el resto de la canción. 

A diferencia de Soledad Giménez, esta mujer cantaba con una canica de fuego en el paladar y sí tenía un repertorio de movimientos para acompañar la canción. Las caderas, los hombros, los gestos de las manos que trazaban figuras geométricas, el roce de los dedos desde el mentón hacia las orejas, los movimientos impetuosos de los puños cerrados al abrirse y los brazos ondeando una invisible falda de bullerengue eran cautivantes.

—¿Así se ve estar enamorado? —preguntó Manuel.

—Así se ve querer estar enamorado, diría yo —dijo Antonio. —O estar a punto de inducirse una tusa —concluyó con una sonrisa.

William mantuvo la cara cubierta todo el tiempo. Finalmente preguntó:

—¿Cómo dijiste que se hace llamar?

—Ana Castillo —contestó Antonio.

—Comprensible. —dijo William.

—¿Comprensible qué?

—Que se cambie el nombre.

—¿La conoces? ¿Cómo se llama? 

—Lana Walker Castillo. Es entendible que se cambie el nombre porque Lana se presta para bromas estúpidas y pesadas. Lana sube, Lana baja, la navaja… y ella tuvo su carga de comentarios incómodos como Lana de oveja negra y cosas así.

—¿Amiga tuya?

William tardó unos segundos en contestar, con pesadez en el rostro.

—Mi primer amor —musitó.

—Este tipo sí se ha enamorado, quien lo ve —dijo Antonio.

—A ver, cuéntanos—propuso Manuel.

—No sé qué contar. 

—¿Cómo se levanta uno a Lana Walker?

—Uno tiene que ser un pendejo de 17 años, sin vida más allá de los libros y lucir como el último muchacho al que una mujer le hablaría. Ese era yo. El invisible. El pusilánime. El prescindible.

Antonio y Manuel se quedaron expectantes ante el relato de William y se miraron cuando vieron a la mujer salir del bar.

—Prescindible —repitió Antonio. —Siga, que ya se fue.

—Por mucho tiempo yo no entendí qué hacía una mujer como ella conmigo. Ella siempre tenía adonde ir y qué hacer. Muchas cosas a las que me llevó, conciertos, exhibiciones, obras de teatro, eran planes a los que ella ya iba sola y podía seguir haciendo sola, pero se dio a la tarea de andar conmigo porque ella es toda maestra. Yo era como el fixer-upper… Corrijo mi respuesta anterior. Uno no se levanta a Lana, Lana lo levanta a uno. Ella es la maestra que se preocupa por el rezagado, por ese al que nadie le para bolas, el que nadie extraña si no llega. Ella… es como esos profesores que en San Valentín están pendientes de los estudiantes que no reciben globos, chocolates ni flores y se aseguran de que reciban uno. Tiene una generosidad de la que yo no soy capaz. 

—Me da la impresión de que sientes lástima de ti mismo y la idealizas a ella —observó Antonio. —¿No tenía nada malo? 

—Ah, sí, tenía un defecto insoportable. No era buena compañía para ver películas. Era de las personas que interrupe todo el tiempo, pregunta, comenta… Yo tenía que ver las películas primero solo, si iba a verlas con ella. Vivía con miedo de que se dañara el VHS con tanta pausa y devolución. A lo mejor ha cambiado. Han pasado diez años. —dijo William barriéndose la frente hacia los lados con los dedos índices. —Lo otro es que… no es algo malo, sino algo inusual. La comparo con las otras mujeres que he tenido…Me desconcertó que cantara esa canción ahora porque Lana no tiene, no tenía palabras de amor: cariño, mi amor, mi vida, te amo, te quiero, te adoro. Nada de eso. Pero uno no puede no sentirse querido, observado, apreciado de una manera que es más fuerte que si te dijeran esas palabras todo el tiempo. Había algo en cómo me miraba y me tocaba el pelo que valía por todas esas palabras que no me dijo.

—¿Cómo pierde uno a Lana? —preguntó Manuel.

—Uno la pierde caminando con ella de la mano en Unicentro y soltándola apenas se encuentra de frente con los papás. Presentándola como la amiga norteamericana y quedándose callado cuando los papás le preguntan si de verdad nació en Estados Unidos y dicen “bueno, despídanse, usted se viene con nosotros” y la deja sola frente a la Librería Nacional. Y uno sigue callado cuando los papás dicen en voz alta para que ella escuche que negro ni el teléfono y uno no voltea a mirar, sino que se deja llevar por ellos.

—Ni entusado ni adúltero. Doble hijueputa —sentenció Antonio. —Triple hijueputa: la suelta, la niega y no la defiende.

—¿Y qué pasó después? —preguntó Manuel.

—Que mis papás me mandaron un año a Utah, ¡Utah! para que me olvidara de “la negrita”.

—¿Y Lana qué hizo? 

—Dejó de perder el tiempo con niñitos como yo. Y empezó a salir con tipos que le llevaban 10 años, porque ella ya era mucha mujer para andar con mocosos que dependen de sus papás.


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