La segunda venida de Hilda Bustamante



Y ahí estaba Hilda, en vivo, sentada en el campanario de la iglesia, pasando el dorso de su mano muerta sobre su frente muerta secando un sudor repentinamente vivo (12).

* * *

¡Qué mejor manera de pasar el día de los muertos que comentando la historia de una mujer que muere dos veces! Si empiezo por el spoiler, es porque no es la muerte lo que me ocupa, sólo es el pretexto para escribir esto hoy.

La segunda venida de Hilda Bustamante, de la escritora argentina Salomé Esper, llegó a mí cuando estaba buscando narrativas latinoamericanas sobre huérfanos y adoptados. Y esta novela es muy curiosa frente a ese criterio, porque, aunque no hay huérfanos ni un proceso de adopción, muestra una familia que se forma en un momento de la vida de los involucrados en el que no se espera que ciertos roles familiares ocurran. A Hilda y Álvaro, una pareja de ancianos que no pudo tener hijos, les cambia la vida cuando rescatan a su vecina, Gabriela, una madre adolescente, y a su bebé, Amelia, de la violencia del compañero de la joven. Gabriela y la niña no viven con los ancianos, pero no hay manera de no verlos como una familia. Amelia incluso llama a sus vecinos abuelito y mamá Hilda y "adopta" a Carmen, una de las amigas de Hilda, como su tía abuela.

Sí hay muerte y hay resurrección y muerte una segunda vez, pero esto es un decorado para mostrar la constelación de amores que le dan sentido a una vida. Y esa vida es una estrella luminosa que alumbra a los demás.

Esa decoración es, de todos modos, alucinante. Hilda se despierta en su ataúd un año después de su entierro y tras salir de la tumba cumple un par de pendientes de su vida anterior: Tañer las campañas de la iglesia con una energía desbordada que no respeta protocolo alguno, una tentación, y reparar la estola de Adviento del sacerdote, una tarea que había dejado inconclusa. 

La resurrección de Hilda trae luz a su familia, a sus amigas y a sus allegados. Tenerla de nuevo entre ellos les permite a cada uno tomar consciencia de aspectos jamás nombrados, que sólo cobran sentido ante la presencia y la ausencia de Hilda. Gracias a la segunda venida de Hilda, Nora se da cuenta de que el padre Roberto, su amante, no la ama realmente; Nestor, el padre suplente, deja de ser ignorado; Álvaro y Genaro, los dos hombres de Hilda, se dan cuenta de la inutilidad de su resentimiento y se aceptan el uno al otro; Carmen finalmente encuentra fundamento para desconfiar de Nora; y Gabriela actúa como la hija de Álvaro e Hilda, con territorialidad y responsabilidad.

Uno podría pensar que el deseo jamás cumplido de Hilda era ser madre, pero la historia muestra que en sus relaciones ella era maternal. Más allá de los quehaceres de un ama de casa —que ella no siempre fue—, la maternidad se ve en otros cuidados. Por ejemplo, en el haber defendido a Gabriela el día que su compañero le dio el primer y último golpe, como lo haría una mamá protegiendo a su hija. O en el reconocer los deseos de sus amigas —mucho menores que ella— y mantener sus secretos de una forma que no es la discreción entre mujeres, sino la alcagüetería secreta, tras bambalinas, de una mamá.

Leí esta novela buscando las relaciones de familia no biológica y me sorprendió esta configuración. Cuando Gabriela llega a la vida de Hilda y de Álvaro, ellos ya eran adultos mayores y podrían ser sus abuelos; sin embargo, es a Amelia a quien ven como una nieta, pero ella llama a Hilda "mamá Hilda", porque en su niñez fue ella quien fungió como la cuidadora visible de la familia. Sólo tras la muerte de Hilda, Gabriela empieza a aprender a cocinar para tratar de caber dentro del rol de quien prepara los alimentos.

La novela tiene un final hermoso porque le da la voz a Amelia. Y es una voz que le dice a Hilda en distintos momentos de la infancia y adolescencia de Amelia lo mucho que la quiere y lo importante que es en su vida. Esas palabras nunca oídas fueron pequeñas notas en tinta roja que Amelia depositó en la tumba de Hilda, esperando que ella volviera una tercera vez.

no voi a ir nunca mas al colejio abuela me dijeron cosas feas y perdi de nuebo la goma mamá me dijo que no me compra mas gomas

me cae mal Lucia ella tiene abuela pero es bieja

(...)

TE ESTRANIO MAMÁ HILDA PODES BOLVER

(...)

terminé la primaria mami Hilda, no me fue tan mal. te extraño.

(...)

el abuelo está enfermo de nuevo, tengo miedo, ¿dónde estás?

mamá Hilda, ahora que están juntos, ¿van a volver los dos?

(...)

Mamá quiere mudarse. Dice que aquí ya no hay nadie y que a lo mejor en otro lado hago más amigos. Nos peleamos de nuevo. Creo que tiene miedo por lo que pasó, que se me escape y me traten de loca de nuevo. A mí no me molesta. El otro día unos nenes me gritaron «ahí viene la loca de la bici». Me di vuelta rápido y amagué con perseguirlos, se fueron corriendo. Siempre se van corriendo.

(...)

Te voy a querer siempre (124-126).

Me gusta que se le dé voz a Amelia al final, pero es un recurso chueco. Es como un parche, visible, notorio, pero que desentona con todo lo demás, porque la voz de la niña prácticamente sale de la nada. Hablar de Lucía tendría más sentido para Álvaro. Las notas están ahí para mostrar la evolución psicológica de Amelia, antes que para mostrar el vínculo con Hilda. Este es solo uno de los desbalances que hay en la novela. Me parece que hacen falta descripciones de la relación de Hilda y Amelia que justifiquen las notas, sobre todo por el tiempo que pasa después de la segunda muerte de Hilda. Ese duelo tan largo pide mayor trasfondo. También hace falta una historia de Clara, la tercera amiga de Hilda. Y pienso que sobra la línea narrativa sobre la infancia del padre Roberto. 

El aspecto que más vale destacar de La segunda venida de Hilda Bustamante es el lenguaje poético de gran parte de la narración, veteado de ternura y de símiles.

 ¿Había otra cosa posible en ese momento que no fuera el abrazo? No lo supieron. Fueron el uno al otro, como habían sido. Un abrazo de reencuentro, de haberse extrañado tanto. Álvaro la abrazó más fuerte porque era tanto tanto lo que la había extrañado y entonces Álvaro, sin soltarla, abrió los ojos que hasta ese momento estaban cerrados y apretados de tanto tanto amor, porque se acordó.
No quiso moverse un milímetro de ese amor reencontrado, no quiso reconocer en ese oleaje dentro de su cuerpo el miedo, intentó convencerse de que era en cambio sorpresa, es sorpresa, no es nada más que eso, no entender qué está pasando, ¿lo entendería Hilda? ¿Podría ella darse cuenta de ese terror estúpido que de repente llegaba para avisarle a él que Hilda había muerto, justo a él que la había encontrado casi un año atrás, justo a él que casi no había podido seguir vivo después sin ella?, ¿avisarle qué?
Álvaro se quedó tres minutos enteros guardando la misma y exacta disposición de su cuerpo, la leve inclinación, la cercanía, la presión de sus brazos sobre la espalda de Hilda, su cabeza apoyada contra la de ella, el amor y el terror y los ojos abiertos (24-25).

Mucha ternura en estas líneas.

Álvaro había sentido el tiempo sin Hilda dos veces, tres veces, cuatro veces, cada día como un mes, cada mes como un año, pero recién ahora, con Hilda al lado, se daba cuenta de ese peso que había estado cargando. Sentados, con las manos juntas, encimadas, Álvaro atravesó de nuevo todo ese tiempo al preguntar:
–¿Qué pasó, Hildita?
Hilda bajó la mirada y levantó los hombros, encorvándose como si ella toda fuera un signo de pregunta (29).

Tremendo simil.

Este libro se encuentra en la biblioteca digital OverDrive de Banrepcultural y puede leerse en la aplicación Libby.


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Esper, Salomé. La segunda venida de Hilda Bustamante. Sigilo, 2023

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