Manuel: la casa de los Gómez
[Viene de Manuel: Motel en Radium]
MANUEL, ANABELLA Y JAVIER
CALGARY, AB, 1998
LA CASA DE LOS GÓMEZ
—¡Hola! —dijo con una mirada que viajaba en el tiempo, hasta la infancia en la casa de los abuelos. —Tú eres el españolito.
—Español, sólo el pasaporte. Nadie me ha llamado así en... ¿doce, trece años? ¡Hola!
—Bueno, sigan. —ordenó Anabella con un gesto que mutó de "Bienvenido" para Manuel a "Prosiga con cuidado" para Javier.
—Voy a llevar los maletines al sótano, ¿okay? Por favor, sírvenos alguito de tomar, Bee. Los zapatos por aquí, Javier… Y siéntate.
Cuando Anabella trajo en una bandeja tres vasos de Coca-Cola con hielo, Javier se transportó a la casa de los abuelos de Manuel en los años ochenta. Vio a don Hernando durante la cena golpeando el vaso con hielo dos veces en la mesa al decir “Manuel, Coca-Cola”. También vio a Manuel diciéndole a don Hernando, “Abue, Javier come con nosotros esta noche, entonces, ¿Coca-Cola?” y al abuelo sacando la billetera antes de darle la orden como si fuera su iniciativa. “Vea, vaya compre un litro de Coca-Cola donde doña Isabel”. No contuvo la sonrisa que le humedeció un ojo. Siempre había envidiado a Manuel por tener abuelos. Sobre todo por tener un abuelo que lo llevaba a pescar, que lo llevaba a viajes por el campo, que le daba plata “para los dulces” y que lo quería más que a sus hijos. Despertó de la ensoñación cuando escuchó la conversación de los primos.
—¿Qué decidiste?
—Lo estoy pensando, pero creo que no me voy a quedar para el Bachelor of Education. Tampoco tengo que quedarme para la graduación, me pueden mandar el diploma por correo.
—Ahora sos vos el que me va a dejar sola.
—Anabella, por Dios, esa es una línea de niños. Yo tenía nueve años, vos tenés 24 y una vida que funciona sin mí. Te iría mejor sin mí, ¿no? Yo soy tu lastre.
Anabella no respondió porque ella sentía esa verdad en su mente y la negaba en su corazón. Dejaba pasar oportunidades de trabajo, viajes y contactos sólo para estar cerca de Manuel y suplir la necesidad de sexo y conexión que él no había resuelto en Cali. Pero no había en su relación hacia dónde crecer como persona ni como pareja. No le daba miedo no tener un hombre en su vida, lo que temía era no estar con Manuel. Le parecía que era perderse a sí misma.
—Y, en serio me siento mal de no estar con Lucía, de no verla crecer y de mantenerla escondida. —continuó Manuel. —Me gustaría que me pusiera sus manos pequeñas en la cara y me llamara Manú, como lo hacía cuando yo estaba triste o algo me daba rabia. Son bobadas, pero ahí están esas necesidades primarias de afecto.
—¿Vos no me dijiste una vez que no te llamara Manú? —interrumpió Javier.
—Idiota. —comentó Anabella. Sólo Lucía lo llama Manú.
—Y vos, ¿cómo lo llamás? —la enfrentó Javier.
—My Man. —declaró Anabella con la barbilla alta.
—Ya veo. Es un grito para pasar desapercibida.
—Ajá. ¿No soy subversiva?
—Manuel no preguntaría eso —afirmó Javier sin quitarle los ojos del mentón a Anabella.
—Sss —aspiró Anabella. —No lo haría. Es verdad —dijo, bajando la cabeza.
Manuel se sintió como una mujer viendo a dos hombres peleándose por ella y les propuso ir a caminar por el parque aledaño a Robert Warren Middle School. Anabella fue por una pelota de baloncesto y una botella de agua.
Al caminar por la calle, Manuel iba sintiéndose incómodo entre Javier y Anabella. Su malestar creció cuando vio a un hombre mayor paseando a su hijo parapléjico en una bicicleta reclinada, a plena luz del día. Eso fue como una acumulación de signos para Manuel. Había visto en Vancouver a un hombre mayor bañando en la piscina a su hijo, un adulto con parálisis cerebral. El padre de la niña en Radium, el padre en Vancouver, el padre en Calgary, hombres que no esconden a sus hijos con discapacidad. Un ramalazo de culpa le hizo cerrar los ojos. Su padre no era un modelo para incluir en este grupo y él había internalizado esa actitud de mucho amor de las paredes para adentro.
De repente, se sintió supersticioso y miró a Anabella. Ella lo cubrió con su propia tristeza en un abrazo que se resistía a terminar en lágrimas.
—Ustedes dos. ¿Me pueden dejar solo un rato, por favor? —les pidió Manuel.
Javier lanzó la pelota de una mano a la otra y miró a Anabella al preguntar “¿Encestamos?”
Antes de ir a la cancha de baloncesto, Anabella le entregó a Manuel la botella de agua y lo besó en la frente, como una madre que le da la bendición al hijo que va a su primer viaje solo.
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