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Mostrando entradas de julio, 2025

Manuel: el cuarto de huéspedes

[Viene de Manuel: La casa de los abuelos ] Querida Anabella, Gracias por la carta que me enviaste, gracias de todo corazon, me alegra saber que te gusta donde estas. A mi tambien me gustaria ver los arboles cambiar de color y el poder cambiar la ropa por el frio sin cambiar de ciudad, hasta que me lo dijiste no cai en cuenta lo importante que es el pronostico del tiempo. Te voy a estrañar muchisisimo esta navidad, con mi abuelo ya empece a hacer sonajeros con las tapas de gaseosa y cerveza para repartir en la novena de la cuadra en diciembre, mi abuela se enojo porque casi me estripo un dedo con una piedra de moler. Ultimamente se enoja mucho conmigo, o con mi papa, no se bien, creo que es porque nos vamos a ir a vivir a tu casa porque mi tio dejo encargado a mi papa mientras ustedes estan en Canada. Tu casa es grande para nosotros tres pero es que dentro de poco seremos cuatro, mi mama esta embarasada, nos vamos a mudar apenas salga de vacaciones y me van a cambiar de colegio. Osea ...

Manuel: la casa de los abuelos

MANUEL CALI, 1984 LA CASA DE LOS ABUELOS  Cuando Manuel tenía nueve años, vivía en la casa de sus abuelos. Su prima Anabella, de diez, a menudo lo invitaba a ver la casa de la vecina. Subían a la terraza, movían unos guacales de gaseosa para estar a la altura del muro y miraban hacia abajo. La casa de los abuelos de Anabella y Manuel era la más alta de la manzana, tenía dos pisos y una terraza. La mayoría de las casas de los alrededores parecían coloniales, con dos patios interiores y baños lejos de las habitaciones. La propiedad que colindaba con la de los abuelos tenía la ducha en el patio posterior, al descubierto. En dos o tres de esos avistamientos Anabella y Manuel vieron a la vecina desnuda. La última vez que la vieron bañarse, Anabella no contuvo su curiosidad y habló. —¿Te gustan las tetas grandes? —Sí, mucho. —respondió Manuel y, con la misma curiosidad de su prima, agregó, —¿A ti también te gustan las tetas grandes? —Sí, mucho. —contestó Anabella sin dejar de ver a ...

Lana y Manuel: La sala de recuperación

     — No tenías que venir, es sólo un procedimiento ambulatorio. —dijo Lana con media sonrisa contenida.      — Nada de preocupaciones conmigo. Sé cuidar a una mujer vulnerable: mi hermanita... —empezó a decir Manuel, pero se pausó para no hacerse el protagonista de la conversación, pues Lana ya conocía la historia que le iba a contar. —¿Quieres un poco de agua?      — Hmn.      Manuel la ayudó a beber. Suavizó las cejas de Lana para desvanecer el gesto de incomodidad en su rostro. La vio dormitar unos minutos. No era el efecto de la sedación sino del cansancio, llevaba días de mal dormir. Luego, la escuchó quejarse de dolores que no entendía qué tenían que ver con el procedimiento.      Cuando Lana se sintió lúcida, retomó la conversación.      — ¿Por qué me comparas con tu hermana? ¿En qué nos parecemos Lucía y yo?      — Nada. Quería decir que puedo cuidar de ti, que quiero c...

Lana y Manuel: el comedor del apartestudio

     A un lado de la mesa estaba el libro de cocina asiática en el que Manuel había encontrado una receta de cerdo agridulce que quería probar. Al otro lado, estaba la agenda de Lana. Un lapicero de gel la mantenía abierta. Manuel nunca miraba los cuadernos o los papeles de Lana. Su abuela le había enseñado que un hombre nunca husmea el bolso de una mujer y para Manuel, la agenda o los cuadernos de una profesora son más sagrados que su bolso. Pero no pudo evitar ver tres flores diminutas dibujadas en el registro del día anterior, jueves. No había flores el miércoles, pero sí el martes.      Mientras cortaba pimentones rojos, empezó a especular sobre el significado de las flores. Había dibujos solo los días en los que Lana se había quedado a dormir. Una epifanía llevó a Manuel a dibujar seis espirales al lado de las flores.      Cuando Lana regresó a la mesa para planear la semana siguiente se sorprendió con las convenciones de Manuel.  ...

José: la sala de televisión

     — ¿A qué hora es lo de los niños perdidos? —le preguntó José a Leonardo, su compañero de camarote.      — ¿Qué cosa? —contestó Leonardo buscando en su memoria si había visto películas de niños perdidos y arrugó el entrecejo por el esfuerzo antes de comprender de qué se trataba.      — Eso de “Los niños buscan su hogar.”      — ¿Cómo así, home? ¿Usté cree que a usté lo están buscando?      — Sí. Mi mamá debe estar buscándome.      — Yo no conozco a nadie que lo hayan venido a buscar. Todos estamos aquí porque aquí estamos mejor que la casa de uno.      — Yo aquí no estoy mejor que en mi casa.      — Ja, ja, ja. Mucho bobo. Ja, ja, ja. Seguro que su mamá lo abandonó. Bobo.      — Pues, yo no creo que mi mamá me haya abandonado.      — ¿Usté tiene papá?      — No.      — Entonces por eso su mamá lo abandon...

Lana: el lavamanos

“Lana, Lana, Lana. ¿Qué vamos a hacer contigo?” Eso me preguntó la mamá de Cassandra, la trabajadora social. ¿Qué se les ocurre? ¿Cómo puede ser que me saquen de la biblioteca para llevarme a casa a recoger lo que más quiero porque no voy a volver a ver a mamá hasta que ella sea capaz de cuidarme, me pongan en hogares temporales dos veces y que ahora no sepan qué van a hacer conmigo? Ya han hecho lo mejor que han podido y es decirme que los adultos no pueden pegarme ni insultarme “sistemáticamente”. Me dicen que los adultos deben protegerme. Francamente, no sé qué es eso. En la escuela, nadie se dio cuenta de que me estaban maltratando en casa: mis morados pasaban inadvertidos. En la biblioteca, me dejaban tomar todo tipo de libros: leí y vi cosas sin censura, sin explicación. En el primer hogar de paso que me pusieron, la familia parecía jugar a Cenicienta conmigo y la pareja que me tomó después... Ya eran mayores y pensaban que yo estaba allí para cuidarlos a ellos. No me tocaron lo...

Javier: la cancha de fútbol

[Viene de Manuel: El polideportivo ] MANUEL Y JAVIER CALI, 1990 LA CANCHA DE FÚTBOL Javier se bajó del bus en el colegio en el que jugaría el último partido de fútbol del torneo con una emoción indescriptible. No sólo porque su equipo podría ser campeón: Había visto desde la ventanilla a Manuel y no resistía las ganas de saludarlo, darle un abrazo entre jugadores de equipos rivales. Hacía dos años no se veían. Lo de equipos contrarios arruinaba la idea del abrazo, pero igual lo buscó y le dio una palmada en el hombro.      —Vos qué.—le dijo Javier con una alegría visible en los ojos.       —Qué más, Javier.—contestó Manuel, mirándolo desde los guayos hasta la frente, antes de comentar— Ve, me pasaste.       Javier también escaneó a Manuel de arriba a abajo un par de veces y concluyó:      —Parecés abuelita, midiendo a todo el mundo. Pero, ajá, te llevo qué ¿dos dedos?        —Ja. No me había fijado...

Lana y Manuel: la cafetería

Theresa invitó a Lana a almorzar en la cafetería principal. En la fila, le comentó lo absurdo que le había parecido tener una reunión de profesores para informar cómo los chicos de octavo se tocaban las pantalonetas durante los partidos de fútbol y qué acciones iban a tomar las coordinaciones de la sección, de disciplina y la de deportes frente a este comportamiento. Lo único bueno sobre esa reunión, según Theresa, es que pudo conocer más a Manuel. Confirmó que ya le caía bien desde el comienzo del año escolar, pero que ahora le caía mejor desde que le escuchó decir que el asunto no merecía quitarles la hora de preparación de clase a los maestros porque al fin y al cabo todos los chicos a los trece son homosexuales.  Lana sonrió y se quedó pensando si la afirmación también sería válida para las chicas. Pero desde su perspectiva, no lo era. Consideró que el comentario revelaba la adolescencia de Manuel y no era una generalización probada con evidencias, pero también empezó un inven...