Lana y Manuel: La sala de recuperación
[Viene de Lana y Manuel: la habitación de Lana]
LANA Y MANUEL
CALI, 2005
LA SALA DE RECUPERACIÓN
En una sala de espera de la Clínica Valle del Lili, Manuel se sentó junto a Mamá Rosa, le entregó un vaso de café y un tarro pequeño de panderitos que había traído de Buga, en uno de sus viajes recientes con Lana y Lucía a la Laguna de Sonso. Le pidió a la abuela que lo dejara entrar cuando llamaran al acompañante de Lana a la sala de recuperación. Ella aceptó.
—No tenías que venir, es sólo un procedimiento ambulatorio —dijo Lana con media sonrisa contenida. La alegraba que Manuel se hubiera tomado un día de trabajo para acompañarla.
—Nada de preocupaciones conmigo. Sé cuidar a una mujer vulnerable: cuando mi hermanita… —empezó a decir Manuel, pero se pausó para no hacerse el protagonista de la conversación, pues Lana ya conocía la historia que le iba a contar. —¿Quieres un poco de agua?
—Hmn.
Manuel la ayudó a beber. Suavizó las cejas de Lana para desvanecer el gesto de incomodidad en su rostro. La vio dormitar unos minutos. No era el efecto de la sedación sino del cansancio, llevaba días de mal dormir. Luego, la escuchó quejarse de dolores que no entendía qué tenían que ver con el procedimiento.
Cuando Lana se sintió lúcida, retomó la conversación.
— ¿Por qué me comparas con tu hermana? ¿En qué nos parecemos Lucía y yo?
— Nada. Quería decir que puedo cuidar de ti, que quiero cuidarte.
—¿Ahora me ves vulnerable? ¿Como una niña?
— Tampoco —dijo Manuel, alargando las oes.
— Esto no es ni siquiera de cuidado. Además, me sé cuidar sola.
— Lo sé. Yo también me sé cuidar solo, pero eso no quita que a veces me sienta y a veces sea vulnerable. Y siempre es bueno tener a alguien que te acompañe en las buenas y en las malas. ¿No?
—Mmn.
—¿Qué te dijo la ginecóloga?
—Lo de esperarse, que llevan el pólipo a patología.
Manuel miró por un momento las piernas de Lana, cubiertas por la cobija hospitalaria, antes de animarse a hablar de nuevo.
—Es que… yo sí me siento vulnerable —dijo Manuel acercándose para acariciar la mejilla de Lana con el dorso de la mano.
Se miraron y Lana constató en esa mirada la fragilidad de Manuel.
—¿Recuerdas que te hablé de Karina y cómo murió? Se deterioró muy rápido. Y en este momento tengo mucho miedo de que algo así te pueda pasar. Yo creo que esta vez, eso yo no lo podría soportar —dijo, cerrando los ojos y escondiendo la cara en el pecho de Lana.
—Nada de eso va a pasar —susurró Lana, acariciando la cabeza de Manuel hasta que él empezó a respirar con calma. —Voy a estar bien. Vamos a estar bien. Okay?
Manuel asintió con la cabeza, tomó el vaso de papel del que había bebido Lana y escribió: “¿Quieres un futuro conmigo?”
No bastaba con asentir, Lana tomó el lapicero y contestó: “Sin dudarlo.”
Manuel continuó la conversación en el vaso: “¿Hijos? (no caninos).”
Lana se dijo a sí misma: “Juro por Angela Carter, Diana Wynne Jones y Ursula K. Le Guin que si hubiera dicho ‘hijitos’ lo hubiera tirado de una oreja.” Suspiró y se mordió los labios al escribir “Adoptados. No bebés.” La puntuación no estaba en el papel, sino en su ceja izquierda.
En el último espacio en blanco, Manuel escribió: “Trato hecho.”
[Sigue Inventarios de Lana I]
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