Lana y Manuel: La sala de recuperación
— No tenías que venir, es sólo un procedimiento ambulatorio. —dijo Lana con media sonrisa contenida.
— Nada de preocupaciones conmigo. Sé cuidar a una mujer vulnerable: mi hermanita... —empezó a decir Manuel, pero se pausó para no hacerse el protagonista de la conversación, pues Lana ya conocía la historia que le iba a contar. —¿Quieres un poco de agua?
— Hmn.
Manuel la ayudó a beber. Suavizó las cejas de Lana para desvanecer el gesto de incomodidad en su rostro. La vio dormitar unos minutos. No era el efecto de la sedación sino del cansancio, llevaba días de mal dormir. Luego, la escuchó quejarse de dolores que no entendía qué tenían que ver con el procedimiento.
Cuando Lana se sintió lúcida, retomó la conversación.
— ¿Por qué me comparas con tu hermana? ¿En qué nos parecemos Lucía y yo?
— Nada. Quería decir que puedo cuidar de ti, que quiero cuidarte.
— Qué. ¿Ahora me ves vulnerable? ¿Como una niña?
— Tampoco. —dijo Manuel, alargando las oes.
— Me sé cuidar sola.
— Lo sé. Yo también me sé cuidar solo, pero eso no quita que a veces me sienta y a veces sea vulnerable. Y siempre es bueno tener a alguien que te acompañe en las buenas y en las malas. ¿No?
— Hmn.
— ¿Qué te dijo la ginecóloga?
— Lo de esperarse, que lleva al pólipo a patología.
Manuel asintió con la cabeza, tomó el vaso de papel del que había bebido Lana y escribió: “¿Quieres un futuro conmigo?”
No bastaba con asentir, Lana tomó el lapicero y contestó: “Sin dudarlo”.
Manuel continuó la conversación en el vaso: “¿Hijos? (no caninos).”
Lana se dijo a sí misma “Juro por Angela Carter, Diana Wynne Jones y Ursula K. Le Guin, que si hubiera dicho hijitos, lo hubiera pateado.” Suspiró y se mordió los labios al escribir “Adoptados. No bebés.” La puntuación no estaba en el papel, sino en su ceja izquierda.
En el último espacio en blanco, Manuel escribió: “Trato hecho.”
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