Manuel: la casa de los abuelos

MANUEL
CALI, 1984
LA CASA DE LOS ABUELOS 

Cuando Manuel tenía nueve años, vivía en la casa de sus abuelos. Su prima Anabella, de diez, a menudo lo invitaba a ver la casa de la vecina. Subían a la terraza, movían unos guacales de gaseosa para estar a la altura del muro y miraban hacia abajo. La casa de los abuelos de Anabella y Manuel era la más alta de la manzana, tenía dos pisos y una terraza. La mayoría de las casas de los alrededores parecían coloniales, con dos patios interiores y baños lejos de las habitaciones. La propiedad que colindaba con la de los abuelos tenía la ducha en el patio posterior, al descubierto. En dos o tres de esos avistamientos Anabella y Manuel vieron a la vecina desnuda. La última vez que la vieron bañarse, Anabella no contuvo su curiosidad y habló.

—¿Te gustan las tetas grandes?

—Sí, mucho. —respondió Manuel y, con la misma curiosidad de su prima, agregó, —¿A ti también te gustan las tetas grandes?

—Sí, mucho. —contestó Anabella sin dejar de ver a la vecina y tocándose el pecho, masajeándose con la esperanza de que algo creciera ahí.

—Pero, ¿te gustaría tener las tetas grandes o tocar las de alguien más?

—Las dos cosas, creo. —aseguró Anabella con algo de duda. —No lo había pensado antes.

Era la primera vez que hablaban mientras observaban a la vecina y el perezoso chorro de agua no ocultó su conversación. La mujer los escuchó, pero no miró hacia arriba, intentaba discernir por las voces si la miraban niños o adultos. Cuando Manuel confesó que a él le gustaría tocar tetas grandes y chuparlas como un bebé, ella los enfrentó, apuntándoles con un estropajo.

—¡Culicagados! ¡Los voy a hacer regañar!

Los niños bajaron corriendo al segundo piso y entraron al cuarto de los padres de Manuel, se tiraron en la cama a reírse hasta que les dolió la barriga.

—De todos modos, era la última vez que iba a ver a la señora en pelota —dijo Anabella con resignación.

—¿Cómo así? Ni que no fueras a volver a visitar a los abuelos.

—¿Tus papás no te han dicho?

—No me han dicho qué.

—Nosotros nos vamos para Canadá.

—¿Dónde queda Canadá?

—Creo que es en Estados Unidos.

—¿Qué tan lejos es Estados Unidos?

—Eso no lo sé. Yo sé que es donde mi abuela consigue esas cosas que nadie más tiene por aquí: la máquina lavavajillas, la nevera de dos puertas, el Atari, esas cosas.

—¿Quiénes son nosotros? —preguntó Manuel exasperado, tratando de encauzar la conversación hacia lo verdaderamente importante.

—Pues, quiénes vamos a ser, mi papá, mi mamá, mis hermanos y yo. —enumeró, orgullosa, Anabella.

—¿Me vas a dejar solo?

—Cómo que solo, si vas a seguir viviendo con los abuelos y tus papás. Además, tenés a tus amigos de por aquí.

—No es lo mismo. A mis papás casi nunca los veo y con mis abuelos no me divierto tanto. ¿No me pueden llevar a mí también?

—No creo, si ni siquiera te han dicho que nos vamos, es porque no estás en el viaje.

—Ah, pero es un viaje de vacaciones.

—Qué va. No nos vamos de vacaciones, mis papás quieren que estudiemos allá.

Manuel se acurrucó en la cama con una rabia que le sacó lágrimas. Anabella intentó abrazarlo, pero él la esquivó. Y desde ese momento no pudieron hablarse más.

El último día que Manuel y Anabella pasaron juntos, él rio como siempre y lloró como nunca.

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