Lana y Manuel: el comedor del apartestudio
A un lado de la mesa estaba el libro de cocina asiática en el que Manuel había encontrado una receta de cerdo agridulce que quería probar. Al otro lado, estaba la agenda de Lana. Un lapicero de gel la mantenía abierta. Manuel nunca miraba los cuadernos o los papeles de Lana. Su abuela le había enseñado que un hombre nunca husmea el bolso de una mujer y para Manuel, la agenda o los cuadernos de una profesora son más sagrados que su bolso. Pero no pudo evitar ver tres flores diminutas dibujadas en el registro del día anterior, jueves. No había flores el miércoles, pero sí el martes.
Mientras cortaba pimentones rojos, empezó a especular sobre el significado de las flores. Había dibujos solo los días en los que Lana se había quedado a dormir. Una epifanía llevó a Manuel a dibujar seis espirales al lado de las flores.
Cuando Lana regresó a la mesa para planear la semana siguiente se sorprendió con las convenciones de Manuel.
—¿Y esto? —Preguntó un poco nerviosa, anticipando la respuesta.
—Si vas a inventariar algo, lleva la cuenta de tus orgasmos, no de mis condones.
Lana no dijo nada, pero su sonrisa interior recorrió sus extremidades.
—¿Qué tal si este fin de semana dibujamos en tu agenda un jardín lleno de florecitas y caracolitos? —Propuso Manuel, a media voz, abrazando a Lana por la espalda, llenándose las manos con sus senos.
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