Javier: la cancha de fútbol

[Viene de Manuel: El polideportivo]

MANUEL Y JAVIER

CALI, 1990

LA CANCHA DE FÚTBOL

Javier se bajó del bus en el colegio en el que jugaría el último partido de fútbol del torneo con una emoción indescriptible. No sólo porque su equipo podría ser campeón: Había visto desde la ventanilla a Manuel y no resistía las ganas de saludarlo, darle un abrazo entre jugadores de equipos rivales. Hacía dos años no se veían. Lo de equipos contrarios arruinaba la idea del abrazo, pero igual lo buscó y le dio una palmada en el hombro.

    —Vos qué.—le dijo Javier con una alegría visible en los ojos. 

    —Qué más, Javier.—contestó Manuel, mirándolo desde los guayos hasta la frente, antes de comentar— Ve, me pasaste. 

    Javier también escaneó a Manuel de arriba a abajo un par de veces y concluyó:

    —Parecés abuelita, midiendo a todo el mundo. Pero, ajá, te llevo qué ¿dos dedos?

     —Ja. No me había fijado. Es cierto, mi abuelita mide a todo el mundo. Ayer me dijo que en nada iba a dejar botado a mi papá. 

    —¿Cómo están tus abuelos? ¿Sabés que yo extraño los crepes de tu abuelita y ver a tu abuelo fumar con una pierna sobre el brazo de la poltrona?

    —Los crepes de mi abuela son imbatibles, pero ahora los hago yo para la family. Y lo de mi abuelo sí que lo vas extrañar el resto de tu vida porque ya no fuma. Un día dijo que cuando la paca costara más de $600 dejaría de fumar y así fue. Hombre de palabra, mi abuelo. Pero aún lee el periódico así, con una pata a un lado. 

    La sonrisa de Manuel decía que su mente estaba en otro lugar. Volviendo en sí, le puso la mano sobre la nuca a Javier y lo empujó en dirección de la cancha. Javier hubiera querido que esa mano en su nuca se quedara ahí un tiempo indefinido, pero un empujón lo separó de Manuel con un grito:

    —Perro. ¿Te vas a voltear de equipo o qué? —reclamó Óscar, el arquero de su colegio.

    —Dejá, güevón. Qué, ¿no tenés amigos en otros colegios?

    —Nos vemos lueguito. —dijo Manuel, empujando a Javier contra el arquero.

    Y por supuesto que se vieron y mucho. Manuel era defensa y Javier mediocampista. Hacia el final del segundo tiempo, los compañeros de Manuel no dejaban respirar a Javier, había armado tres de los cuatro goles de su equipo y si anotaban otro, serían los campeones. Desesperados, lo empujaban, lo agarraban de la camisa y finalmente un delantero le dio una patada que claramente no iba por el balón y la canillera no fue de ayuda contra ese ataque.

    Los compañeros se arremolinaron sobre un Javier inmóvil. Esperaban el grito, el gesto de dolor, pero Javier no se los dio. Sólo los caóticos, aunque medianamente contenidos movimientos de su tronco, de su respiración, revelaban su estado. El primero en enfrentar al delantero fue Manuel.

    —!Qué haces! ¡Qué hiciste! —gritó con las manos furiosamente abiertas. 

    La mirada del delantero saltó de Javier a Manuel y no supo qué decir.

    —Malparido tramposo —le gritó Manuel al agacharse a revisar a Javier.

    Hubo tarjeta roja para el delantero por el ataque personal y tarjeta roja para Manuel por abandonar el partido cuando llevaron a Javier a la enfermería. 

    —Te odian ya, Manú. Te odian. Si vos fueras de mi equipo y te salieras así, mejor dicho. —sentenció Javier negando con la cabeza.

    —Me vale huevo lo que piensen. Me vale huevo que no entiendan que estoy acompañando a un amigo de infancia que no puede caminar solo en este momento —dijo Manuel, denso el entrecejo mientras sostenía el paquete de hielo sobre la canilla inflamada. Y no me llamés Manú, que no soy una vieja.

    Javier apretó los labios y levantó la ceja izquierda para dar la razón. Unos segundos después, circulaban en su pecho admiración por Manuel y orgullo de saber que lo consideraba su amigo aunque no se hubieran hablado en meses. Intentó recordar qué había pasado la última vez que se vieron, pero se quedó dormido.


[Sigue Javier: Las aguas termales de Radium]


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