Lana y Manuel: la cama de Lana y Manuel (final)
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LANA Y MANUEL
CALI, 2006
LA CAMA DE LANA Y MANUEL
Manuel está a punto de levantarse de la cama, pero Lana se da la vuelta. En la oscuridad, ella tantea su rostro y le da un beso corto.
—Should we... peek into his room... to make sure he's asleep?
—In a minute.
Manuel abraza a Lana, su barbilla le roza la frente.
—¿Tú crees que otros padres hacen lo mismo con un hijo de diez años?
—Todos los padres quieren mirar a sus hijos dormir la primera vez que llegan a casa, tengan unas horas de nacidos o varios años. Yo recuerdo a los primeros padres temporales que tuve. Ellos hicieron lo mismo. Yo fingí dormir. Con los segundos, yo me dormí y me desperté cuando me di cuenta de que me miraban. Con Joseph, él se durmió primero, sentado en el suelo junto a mi cama.
—Ah, te fuiste tanto tiempo atrás.
—Incluso antes de eso. He estado recordando tantas cosas, tan de golpe. Cuando conocí a Cassandra y puso en mi cabeza la idea de que mi vida podía ser diferente. Hasta cuando me sentí traicionada por ella y por Margret por no hacerme saber que Yvonne era cercana a ellas, mucho más que yo. Pero, a su favor, tengo que Cass sí me preguntó si yo quería ver a mi madre y yo le dije que no estaba lista. Lo intentó. Esa vez, yo fui la estúpida ciega que no vio los signos, tanto de Joseph como de Cassandra, que me indicaban que Yvonne quería verme y dejé pasar quince años más antes de reencontrarme con ella. Una adolescencia. Hay sutilezas en las cautelas de los adultos que son padres, y yo no sé si las tengo en mí.
—Cassandra no era madre aún.
—Ya actuaba como una.
Sin deshacer el abrazo, Manuel busca la punta de la trenza de Lana y empieza a pasarla por su frente como si fuera una brocha.
—Tenemos que barrer esos recuerdos. Piensa más bien en lo que pasó hoy. Ya José está con nosotros. Ya somos sus padres.
—¿En eso has estado pensando tú? ¿No has podido dormir de felicidad?
—Quisiera decir que sí, y en parte sí es así, pero en parte… no dejo de tener aprehensión por lo que significa tener 10 años, estar tan cerca de la pubertad. Y me incomoda que haya tanto de José que no sabemos. Quisiera, como, tener todas las respuestas para no equivocarme con él. No hay un simulacro para esto, como sí lo hay para los exámenes de idiomas que tú manejas.
—¿En qué específicamente has estado pensando?
—En un montón de cosas. Los encuentros, las despedidas, los reencuentros. Mi tendencia a proteger a la gente que quiero. A veces me frustra no lograrlo o usar el medio equivocado. ¿Recuerdas cuando la trabajadora social de la fundación dijo que los chicos que crecen en el sistema de protección se encuentran después en la vida? Como que se buscaran inconscientemente, dijo. Quisiera saber si José tiene algún apego hacia algún amigo que lo haga sufrir ahora. Pero eso no se lo voy a preguntar, porque podría ser como sembrarle una idea innecesaria, una maleza.
—Te entiendo. Probablemente él esté negando eso ahora. Como lo hizo con su mamá en su momento. Esa seguridad de que su mamá no lo abandonaría, y que nadie sabía si era una convicción basada en su experiencia de amor maternal o simplemente un estadio del duelo, es lo que lo hace un niño con un semblante tranquilo. Y no queremos que pierda eso, ¿cierto?
—¿Vamos? —pregunta Manuel al encender su lámpara de noche.
Lana, en su pijama Baby Doll, y Manuel, en boxers, se miran y se ríen, considerando por primera vez si deberían cubrirse más para andar por la casa delante de José. Manuel coge dos camisetas suyas y las reparte para cubrirse. Se acercan a la puerta del cuarto de José, pero no la abren. Escuchan por un minuto largo. Con los ojos ya ajustados a la semioscuridad, se asoman. El remordimiento de interrumpir la privacidad del niño los retiene en la puerta. El niño duerme con la boca un poco abierta y parece tener los ojos abiertos a medias también, una imagen incómoda. Lana y Manuel no saben si José los ha visto, pero siguen mirando y el niño no se mueve, duerme profundamente. Cierran la puerta con mucho cuidado y sentimiento de culpa, pero también con tranquilidad.
—Eso es normal —dice Manuel. —Hay gente que duerme así. Los mellizos, los hermanos de Javier, sacaron eso de su papá. Si te asustaste viendo a uno, imagínate la pesadilla de ver a dos niños repetidos dormidos con los ojos medio abiertos.
—Me recordó una exposición de fotografías de comienzos del siglo XX que vi una vez en La Merced. Había fotografías de niños amortajados y algunos tenían los ojos así.
—Ver los ojos de los mellizos durmiendo me asustó más que ver a Lucía la primera vez. Debe ser por esa quietud que hace sospechar la muerte.
—¿De qué estamos hablando?
—Nada, vamos a dormir.
—¿Ya vas a poder dormir tranquilo?
—No sé, depende de ti. Si tú puedes, yo puedo.
—Yo tampoco sé si podré.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
—No sé por dónde empezar.
Lana se quitó la camiseta de Manuel y la puso de nuevo en un cajón. Se sentó en su lado de la cama, el del corazón, y luego puso los pies en el centro. Manuel se acercó y se sentó junto a ella, con los pies hacia el borde de la cama. Volvió a jugar con la trenza de Lana, pero esta vez, empezó a deshacerla.
—¿Es algo que tiene que ver con personas o con números? —propuso Manuel para facilitar la conversación.
Después de pensarlo frunciendo el ceño, Lana decidió.
—Con ambos. Con una persona o tres o cuatro. Con un calendario, con un cumpleaños.
Manuel también calló por un momento. Luego se acercó a Lana y la abrazó antes de hablarle al oído.
—Yo también sé hacer cuentas.
—Yo…
—Sé hacer cuentas mejor que tu calendario Ogino, porque yo cuento tus orgasmos también y conozco tu ciclo tanto como tú.
—¿Entonces?
—¿Tú qué sientes?
—Vergüenza.
—¿Por qué? Para adoptar un hijo no era necesario ser infértil. No fue la causa de que adoptáramos. Tampoco le prometimos a José que sería hijo único.
—Yo creo que él ya debe sentirse raro porque todos tenemos tonos de piel diferentes y en el colegio es posible que lo molesten por eso.
—¿Qué tiene de raro una familia que es una Colombia chiquita? ¿Con un blanquito, una mulatita, un mesticito y un pardito o una pardita?
—¿No se te da nada?
—Orgullo me da. Al final, sí resulté preñadorcito.
—¡Emma!
Y Manuel hizo ese gesto de ¿qué?, con el que Lana le perdonaba las bajezas y vulgaridades.
—¿No te da miedo?
—¿De ser una familia colombiana? Nah. Imagínate a estos dos niños nuestros: lo que tienen es un país detrás.
—¿Cómo así un país?
—¿Es que crees que estamos solos? ¿Crees que nuestras familias y amigos no van a estar con nosotros mientras levantamos a nuestras criaturitas? Mira no más cómo Willy trata a José: “Coterráneo”, lo llama. Ya son cercanos. Dentro de nada, José lo va a ver como un tío.
—Sí, así, contando a nuestras familias, sí se ve que tenemos todos los matices del país. Con gente que nació aquí y que su linaje puede trazarse siglos atrás, como José; con gente cuyos ancestros vinieron de África, como mis abuelos; con gente que vino de otros países y se quedó aquí para bien o para mal, como Joseph, Marietta, como yo y hasta esa Susana Nieto; con gente que nació aquí y emigró, como tus tíos y primos; con gente que pasó por aquí para criarse y luego siguió su camino, como Javier; con gente que nació aquí, se fue y volvió, como tú… Y con lazos en otros países también.
—Gracias, Evey.
—¿Por qué?
—Por darme el mundo —dijo Manuel, liberando por completo la melena de Lana.
Y con las manos en copa le acarició la cara primero, los hombros desnudos. La caricia descendió por sus senos, su cintura y sus caderas, donde se detuvo el aro de tela que ya no era pijama. La respiración de Lana cambió.
—¿Estás ansiosa? ¿Quieres darle vuelta a José otra vez?
—Para nada. Sólo pienso que la próxima vez que venga un hijo nuestro a dormir a casa por primera vez, no podremos hacer el amor.
—¿Y entonces?
Lana acarició la cabeza de Manuel, lamentando que ya no tuviera la melena como la de un pony, pero confirmó que su reacción era la misma que cuando tenía el pelo largo.
—Florecitas y caracolitos —propuso Lana, su respiración agitada.
Manuel descendió para abrazar la cintura de Lana y besarla debajo del ombligo.
—As you wish.
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