Lana y Manuel: la habitación de Lana

[Viene de Lana, Manuel, Anabella y Javier: el apartamento de Lana]

LANA Y MANUEL
CALI, 2004
LA HABITACIÓN DE LANA

Lana les ofreció a Anabella y a Javier quedarse en su apartamento esa noche, pues era la semana que Manuel pasaba con ella. Desde que no trabajaban en el mismo colegio, alternaban residencias para pasar las noches juntos, una semana Lana se quedaba en el apartaestudio de Manuel, otra semana él se quedaba en el apartamento de ella. Anabella y Javier, desde el día siguiente, se quedarían donde Manuel. Cuando los anfitriones se retiraron a dormir, los huéspedes se quedaron en la sala hojeando la biblioteca de Lana. No había más opción, Lana no tenía un televisor en su apartamento.

En su habitación, Lana empezó a darle un masaje quiropráctico en la espalda a Manuel. Con los pulgares oleosos, iba recorriendo las vértebras dorsales y descubriendo que había estrés en ese cuerpo.

—¿Por qué te presentaste como Patética? —preguntó Manuel.

Lana se quedó en silencio mientras trataba las vértebras lumbares. Sólo cuando empezó a pasar las manos abiertas por la espalda de Manuel, tuvo algo que decir.

—Porque lo soy.

—Yo coincido con Willy. Tú, patética, nunca.

Lana detuvo el masaje.

—Eso es algo que tú no puedes juzgar.

—Ilumíname. No te quiero juzgar, quiero entender por qué te ves así.

—Ahora que se adelantó nuestro viaje a Chicago…

Manuel se volteó para mirar a Lana y estar presente con toda su atención.

—Últimamente yo he estado pensando mucho en Yvonne y mi conclusión es que yo no he querido verla porque me siento culpable. Y no he sido capaz de asumir mi responsabilidad por todo lo que pasó hace veinte años.

—¿Culpable de qué? Eras una niña. 

—Sí, era una niña, pero yo me daba cuenta de que ella no estaba bien, de que se sentía perseguida por mí y yo la acosaba con preguntas. Yo era muy preguntona, pero eso lo cambié cuando empecé a sospechar que hacer muchas preguntas ahuyentaba a la gente de mí y no quería seguir perdiendo gente. Por eso siento que soy patética. 

—Sigo en desacuerdo. 

—La primera prueba fue con Cassandra. Yo no hice preguntas y ella volvió a hablar conmigo. Luego quise probar a mi familia temporal y los acosé tanto que terminé de nuevo en el orfanato. Y así seguí. Cuando conocí a Joseph, me moderé un poco, porque al fin y al cabo, éramos familia y no quise arriesgarme a que mi propia sangre me rechazara. Cuando llegué a Colombia, ya estaba domesticada. Si hubiera sido “calladita para verme bonita” desde el comienzo, ni Yvonne ni yo lo habríamos pasado tan mal. Fui calladita y sonriente mientras bailaba para mi abuela y por eso ella me quiso desde el comienzo. Aprendí finalmente cómo hacerme querer de los adultos.

—Tu mamá necesitaba ayuda, pero tú también. Su estado mental no era algo que pudieras controlar, incluso si no hicieras preguntas o la acosaras, como dices. Nadie esperaría eso de ti. Los niños son curiosos y retadores por naturaleza. Culparte ahora de algo que no se puede cambiar, ¿cómo las beneficia a las dos mientras no se vean? 

—La última vez que estuve en Chicago tuve esta intuición y aun así no quise verla. Preferí sentirme víctima para eludir la responsabilidad de darle la cara. Eso me hace patética.

—¿Te sentirías mejor si te presentara a una persona verdaderamente patética?

—¿A quién?

Manuel se apuntó varias veces con los pulgares contra el pecho.

—Malparido Patético. ¿O Patético Malparido?

—No… No… —dijo Lana con una entonación que le recordó el Stabat Mater de Pergolesi, dolorosa.

—Si por patético nombramos a alguien que deliberadamente entorpece la vida de la gente que quiere y no repara sus propios errores hasta que es tarde, yo soy el patético de los patéticos.

—Pero ¿cómo?

—Mi relación con Anabella y Javier no es como te la imaginas. Lo que vivimos como adolescentes y jóvenes adultos no me hace sentir orgulloso. 

—¿Te refieres a lo que mencionó Javier ayer, lo del mundial y lo de Canadá?

—Esta es quizás mi confesión de noviembre más íntima: antes de que Anabella se diera cuenta de que le gustaba Javier, yo ya lo sabía. Y eso fue cuando éramos pequeños, en la casa de mis abuelos. Creo que la conmovía lo que pasaba con sus hermanos, porque la relación de ella con Andrés y Alex, mis primos, nunca fue tan mala como la de Javier con los mellizos. Cuando ella llegaba a la casa, antes de preguntarme por cómo me había ido o por algo acerca de mí, preguntaba por el españolito. Y yo creo que, de alguna manera, me daba rabia de que nos pareciéramos tanto que hasta nos gustaba el mismo niño. Me daban celos. 

Lana, sentada frente a Manuel, dejó de abrazarse las piernas para tocarle una rodilla.

—Anabella es muy atlética, ella hubiera podido salir a jugar fútbol con nosotros, pero yo no la invitaba porque no confiaba en un par de mis amigos y porque no quería que pasara más tiempo con Javier. La estaba protegiendo de un par de malandros, pero también buscaba alejarla del niño que yo quería solo para mí. En ese momento no era nada romántico ni sexual, éramos peladitos. Pero yo no quería compartir a Javier con Anabella. Y tampoco quería compartir a Anabella con Javier. Qué patético.

Manuel se abrazó las piernas.

—Luego vino lo de reencontrarnos en un intercolegiado y anduvimos "de pipí cogido", literal y metafóricamente, por un tiempo. 

Lana abrió los ojos ante la expresión, y Manuel se disculpó con un gesto de "¿Qué?" 

—Pero uno a los quince es una bomba de hormonas, y yo quería acostarme con una mujer para saber si Javier era lo que yo quería para el resto de mi vida o no. Intenté salir con un par de peladas que sabía que estaban tragadas de mí, pero en cuanto conocieron a Lucía, se les pasó la traga. 

Manuel se enderezó y se recostó contra la cabecera de la cama.

—Entonces, Anabella vino a Cali y me dije que esta era mi oportunidad de estar con una mujer. Ella se conmueve fácil. A veces pienso que estudié biología no por mis padres, sino porque Anabella y yo cuidábamos los animales y las flores en la casa de mis abuelos: el perro, los pájaros, las bifloras, las rosas, los jazmines y las orquídeas. Ella es así, andrógina, pero si le quieres ver el lado delicado, déjala en medio de animales pequeños y plantas. Y si quieres conmoverla, muéstrale tu lado débil y ella intentará protegerte y cuidarte.

Manuel estiró las piernas de nuevo.

—Ahora, apenas Anabella me vio, adivina por quién preguntó. ¿El españolito? No, no lo veo desde hace mucho tiempo. Le mentí: había estado con él en la mañana. A estas alturas, Javier también quería probar qué era estar con una chica, y yo sabía que si los presentaba, se iban a cuadrar. 

Las cejas de Lana llamaban a Manuel "exagerado", pero él continuó con su verdad.

—Entonces, no hablamos por unos días y en Navidad pasó lo que pasó y le conté. Le dije que iba a estar ocupado con mi prima durante la visita y que lo volvería a llamar cuando estuviera libre otra vez. Pero después de que Anabella se fue y yo quería volver con él, se supo en la casa de mis abuelos lo del abuso a un niño con síndrome de Down y a Javier lo nombraron entre los perpetradores. Y eso a mí me dolió tanto. Yo sabía que si Javier había estado involucrado era porque César y Mauricio, los malandros, lo habían obligado. No le pude perdonar que no confiara en mí. Y no volví a llamar.

Lana se sentó junto a Manuel, preparándose para abrazarlo.

—Pero yo también había mentido y tampoco había confiado en él. Nunca lo invité a mi casa para ocultar a mi hermanita. Sentí que si no había confiado en Javier, no tenía a nadie más en quien confiar en el mundo sino Anabella. ¿Puedes creer que ese juego de nombres de Theresa nos describe a la perfección? Anabella es una idiota. Que no viera que soy un malparido, capaz de engañar a mi prima y de aprovecharme de ella, la hace una idiota.

Manuel aplanó los labios, recogió las piernas para abrazarlas y escondió la cabeza en ese abrazo.

—Tenía amigos, pero ninguno como Javier y lo extrañé muchísimo.

—¿Él no te llamó?

—No lo sé. Si lo hizo, después de saberse lo de Felipe, seguramente no me lo pasaron. Juana, la empleada de mis padres, le conocía la voz.

Manuel volvió a estirar las piernas y puso los dorsos de las manos sobre los muslos.

—Cuando nos encotramos en Radium yo, maldito egoísta, quise retenerlo conmigo un ratico antes de entregárselo a quien debía. Y ¿sabes una cosa? Cuando Willy no quiso presentarnos a ti y a mí, sentí que me lo merecía por mantener a Anabella y Javier alejados. Soy un maldito afortunado: ellos finalmente se reencontraron y yo no tuve que esperar 13 años para volverte a ver.

—Estás maldiciendo demasiado. Tú no sabes si fue mejor así. Llevan seis años juntos, ¿no? A lo mejor si hubieran empezado una relación cuando ella vino a Cali, no les hubiera durado. Me queda claro que a Anabella le interesaba Javier, pero ¿era recíproco? 

—A ver. De chiquito, Anabella lo impresionaba porque era mayor y más grande que nosotros. Él era más pequeño que yo. Y luego, si yo hablaba de Canadá es porque él me preguntaba por ella. Y después del después, si no era recíproco, ¿por qué se encamaron apenas se vieron y no se separaron más? Como veo las cosas, para ambos yo era como un premio de consolación. Pero dejarlo así sería hacerme la víctima y, como queda claro, inocente yo no era. Morrongo, como me llamó la tía Alicia cuando les di la cara a mis tíos. Eso sí era yo.  Ser la pareja sexual de mi prima a escondidas, bajo el techo de mis tíos, que me quieren como padres, es el colmo de mi patetismo.

—¿Estás tenso porque le temes al reclamo?

—No me acordaba de que le había ocultado a Anabella que Javier y yo estábamos saliendo cuando ella vino. Me sorprende que no se haya despelucado cuando él lo mencionó. Eso sólo puede significar tres cosas: que la distracción de Javier funcionó, que no le importa porque lo pasado es pasado, o que está esperando a que nos quedemos solos para armar un terremoto. No sé cuál. Pero sí siento que tengo que pedirle disculpas, perdón. 

Lana no abrazó a Manuel. Él tampoco esperaba el abrazo. Ella consideró que esta confesión era del tipo que nunca debería ocurrir, pero se alegraba de haberla escuchado. Manuel esperaba de ella, con mucho temor, el rechazo. No era capaz de decirle algo como "si no quieres salir más conmigo, lo entiendo", porque eso sería apelar a la lástima y no quería que ese fuera el motor de la relación con Lana. Los dos callaron por un tiempo. 

—Como profesores, sabemos que los adolescentes actúan de acuerdo con sus emociones antes que con la razón —dijo Lana. —No es extraño que tus necesidades emocionales te llevaran a actuar así. Que puedas mirar atrás sin justificarte y entendiendo dónde y cuándo hiciste lo incorrecto te exime de llamarte patético. Sobre todo cuando ya compareciste ante adultos una vez por algo parecido.

—Qué pichurria de gente sería yo si no hubiera hablado con mis tíos. 

—Pedir perdón a los adultos no siempre es fácil. Y cuando pienso en Yvonne, no sé por dónde empezar. Pero dilatar el reencuentro sería peor que patético. 

—Evey, sólo por hoy no te culpes. Okay? —dijo Manuel, tomando una mano de Lana entre las suyas.

—Emma, date vuelta y repito el masaje. Luego me devuelves el favor —dijo Lana, acercando el nudo de manos a la boca para besar los pulgares de Manuel.


[Sigue Lana y Manuel: la sala de recuperación]

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