Lana, Manuel, Anabella y Javier: el apartamento de Lana
[Viene de Lana, Manuel, Anabella y Javier: el apartaestudio de Manuel]
LANA, MANUEL, ANABELLA Y JAVIER
CALI, 2004
EL APARTAMENTO DE LANA
Lana estaba preparando hojaldras, como Manuel le había enseñado, según la receta de su abuela Leticia, cuando Theresa llamó.
—¿Estás con Manuel?
—No, pero él no demora. Fue a recoger a unos amigos. Vamos a desayunar aquí.
—Ah, ¿entonces son cuatro bocas que alimentar?
—Sí, ¿por qué preguntas? ¿Te vas a invitar a comer?
—Más bien yo los voy a alimentar, mamita. Mi mamá hizo lechona para vender, pero sale más rápido de eso si yo les reparto a mis amigos. Para no ponerme a dar vueltas, yo le compro las porciones. ¿Cuatro para ti?
—Bueno, entonces, el próximo domingo invito yo. ¿Vendrías acompañada, no?
—Eso no se sabe todavía. Si se le ocurre llamarme, a lo mejor sabremos.
—¿Te ofendiste por lo que dijo Manuel?
—Pendeja. Qué me va a ofender ese man. Si te hace feliz, le perdono todo. Si te hace llorar, lo haré llorar lágrimas de sangre.
—¿Te guardo hojaldras?
—Uy, sí. Más vale una fría que ninguna. Paso al mediodía.
Colgaron sin despedirse. Se hablaban por teléfono como si estuvieran frente a frente en todo momento: sin saludos ni palabras o expresiones cariñosas.
El desayuno colombiano, huevos pericos, hojaldras y chocolate con queso, puso a Anabella y a Javier sentimentales. Según Anabella, las hojaldras de Lana eran iguales a las de mamita Leticia, al menos como ella las recordaba, y se comió hasta las que habían quedado separadas. Lana no tuvo corazón para negárselas.
Luego del desayuno, Manuel y Javier se encargaron de limpiar la cocina, muy despacio, porque entre plato lavado y plato secado iban cantando y bailando como dos adolescentes: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro…”
Lana había dejado el morral de Javier y el bolso de Anabella en el cuarto de invitados. Allí, Anabella sacó los regalos que les habían traído: un juego de tres cuadernos de diario y una caja de marcadores micropunta de colores surtidos para Lana y CDs de Barenaked Ladies y otras bandas canadienses para Manuel. Y unos libros de Ursula K. Le Guin, que sabía que no tenían, para los dos: The Left Hand of Darkness y The Birthday of the World and Other Stories.
Lana desenvolvió primero los diarios para no parecer esnob, pero le picaba la curiosidad por los libros. Mientras admiraba la textura de los papeles y las guardas de los diarios, Anabella propuso un tema de conversación.
—¿Qué pensaste ayer, cuando Este Man y Español-solo-el-pasaporte-Nieto-solo-el-apellido contaron sus aventuras de infancia?
Lana se rio de la irreverencia de Anabella antes de contestar.
—Primero, los imaginé un poco como los niños de Lord of the Flies, cuando comienzan a descubrir que no hay adultos a su alrededor, pero esa imagen no duró mucho, porque lo que Manuel y Javier observaron era un mundo poblado de adultos. Luego se me hizo que su ambiente era más como en The Outsiders, donde los jóvenes se vuelven paternales y cuidan de los menos fuertes, de los más jóvenes, o simplemente se cuidan entre sí. La ausencia de los adultos los hace madurar más rápido.
—Okay, ya lo confirmé. Manuel dice que tú todo lo miras con los lentes de la literatura. Entonces, ¿qué haces perdiendo el tiempo mirando los cuadernos? ¡Abre los libros de una vez!
—Quería ser paciente y esperar a Manuel para abrir los libros porque son para los dos, ¿no? —dijo Lana, pensando que no le parecía inquietante la idea de una biblioteca compartida.
—Manuel también dice que un tema que buscas en la literatura es la familia y cuando le pregunté por esta autora, me dijo que tenías sólo los libros de fantasía. Entonces, se me ocurrió que estos serían una buena introducción a su obra de ciencia ficción. Ella se refiere a esta novela—dijo Anabella, pasándole The Left Hand of Darkness, —como un ejercicio de pensamiento. Lo mismo puede decirse de los cuentos del otro volumen, son un pensamiento novedoso sobre género, sexualidad y familia.
—¿Eso dice Manuel, que mi tema es la familia?
—¿Tú quieres una familia con él?
—Tengo un asunto por resolver antes de permitirme pensar en eso.
—Pues, resuélvelo pronto porque él está listo y ya casi cumple 30. ¿Cuántos años tienes?
—30.
—¡Como yo!
Se acercaba un grito “Me voy yendo como el mar, lento y salvaje como tú…”
—Hey, que tal si vamos ya a la piscina —propuso Manuel.
—Pero está medio nublado —dijo Lana.
—Esta gente viene de Vancouver, 22 °C es caliente para ellos.
—Casi —convino Anabella.
—Es solo para no quedarnos encerrados todo el día.
—Pero volvemos antes del mediodía, Theresa nos va a traer lechona hecha con amor por su mamá.
—Imperdible. Vamos, pues.
Y frente a la piscina jugaron tres rondas de cartas y tres de dominó, antes de tirarse diez insoportables minutos al agua.
A las 12:00 m., entró Theresa con su avasalladora voz.
—Acabo de ver a dos efebos en la calle, batiéndose en franca lid.
—En español de Colombia… —dijo Manuel.
—Allá afuera había un par de ñeros sacándose la mierda a golpes.
Y antes de que Lana y Anabella pudieran cambiar la imagen mental literal por la figurada, entró William, cargando las cajas de lechona.
—Gentuza, ¿qué más? —le dijo William a Manuel y agitó la mano para saludar a los demás.
—Todo bien, todo bien, como el Pibe, Malparido —contestó Manuel.
—Ay, sí, hagamos las introducciones de esa manera: cada quien se presenta con el insulto que más usa. Mucho gusto, yo soy Pendeja. Ya conocieron a Gentuza y a Malparido. Y por aquí, ¿a quién tenemos? —preguntó Theresa.
—Hijo de puta e Idiota —dijo Anabella, señalando a Javier y a sí misma con la palma de la mano. Su sonrisa aprobaba el juego.
—¿Hijo de puta? Ni que fuera español.
—Pero lo es —afirmó Anabella.
—Sólo el pasaporte —aclaró Javier, entornando los ojos.
Y en ese momento, todos miraron a Lana, tratando de anticipar cómo se presentaría, ninguno la asociaba con un insulto.
—I’m Pathetic, nice to meet you all.
Un círculo de bocas abiertas.
—Por aquí te traje lo anunciado, amiga —dijo Theresa, tomando las cajas y llevándolas a la cocina, con una expresión de “¡Trágame, tierra!”.
William se acercó a Lana, la abrazó y le dijo al oído “Eso nunca”.
—Mucho gusto en conocerlos, hasta la próxima —dijo William con una reverencia para todos.
—¿No se quedan a comer con nosotros? —preguntó Manuel.
—Gracias, lindo, pero vamos a seguir repartiendo lechona por la ciudad —dijo Theresa. —Hasta pronto.
—Dentro de ocho días vienen a comer acá. Los esperamos —dijo Lana.
Theresa y William salieron tomados de la mano y Lana se sintió feliz por los dos.
Luego de la lechona, las parejas se retiraron cada una a su cuarto para la siesta. Anabella y Javier durmieron de verdad. En su habitación, Lana buscó una historia para leer con Manuel en la cama. Dudó entre “Unchosen Love” y “Mountain Ways”. A favor de la primera, le gustaba el título porque señalaba la idea de destino, de sentimiento inevitable, irremediable, ineludible, como sentía que era lo que tenía con Manuel, especialmente desde ayer, cuando se dio cuenta de que la noche en la que vio a William, a Eduardo y a Alberto en el bar, él también estaba ahí. A favor de la segunda, pensó que Manuel la escogería porque a él le gustaban las montañas. Lana escogió la primera y empezó a leer: “Sex, for everybody, on every world, is a complicated business, but nobody seems to have complicated marriage quite as much as my people have…”
Acordaron que la explicación del sedoretu, un matrimonio de cuatro, necesitaba una representación en el papel y que la harían después. No era un acertijo de Einstein, pero sí un poco complejo el pensamiento que proponía Le Guin sobre la constitución familiar. A ambos les gustó la historia, aunque estaba más del lado de la fantasía que de la ciencia ficción. Al terminarla, durmieron un rato.
Los despertó el citófono. Más visitantes.
—Ciao, Bella —saludó Marietta con dos besos.
—Hola, mami —dijo Joseph con un beso en la frente.
Manuel apareció y saludó a los visitantes con un apretón de manos. Marietta dejó en la cocina una bolsa con rollos de canela y minidaneses de El Molino. Joseph tenía un anuncio.
—Marietta y yo queremos pasar la Navidad en Chicago. Me pregunto si les gustaría venir con nosotros.
Lana miró a Manuel.
—¿Tienes visa para Estados Unidos? —preguntó Joseph.
Manuel asintió.
—Llevamos a Lucy a Disney World el año pasado.
—Perfecto. Entonces, mami, si quieren venir los dos, me escribes la fecha de las vacaciones de sus colegios y los datos de sus pasaportes, y yo me encargo de todo.
Cuando se fue la visita, Manuel abrazó a Lana.
—Vas a ver que todo va a salir bien. Vas a poder hablar con tu mamá antes de lo que teníamos planeado y todo va a salir bien. Tranquila, voy a estar contigo.
Eran casi las 4:00 p.m. y Anabella se despertó y le recordó a Manuel que si fuera día de semana y estuvieran en la casa de mamita Leticia, estarían esperando el café con natas de leche con el que atendía a los vecinos de enfrente. Lana preparó café con leche y Manuel despertó a Javier para merendar juntos. Hablaron del viaje a Chicago en diciembre, pero Lana no parecía interesada en tocar el asunto. En su lugar, trajo a la mesa el tema del sedoretu, todavía quería hacer un dibujo para entender las divisiones.
—Es muy sencillo. Es mejor si nos sentamos Lana frente a Javier y yo frente a Manuel, con Lana a mi lado. Entonces, digamos que Lana y Javier, que nacieron en el hemisferio norte, pertenecen a la mitad de la mañana y como Manuel y yo somos los de abajo, pertenecemos a la mitad de la tarde. El sedoretu se forma con dos parejas heterosexuales y dos parejas homosexuales. En cada configuración hay una persona de las cuatro con la que está prohibido tener sexo. Esa es la persona de la mitad originaria, la compartida: mañana o tarde. Si nosotros fuéramos un matrimonio de cuatro. Lana y yo y Javier y Manuel seríamos las parejas homosexuales, y Lana y Manuel y Javier y yo seríamos las parejas heterosexuales. Eso implica que Lana no puede tener sexo con Javier, porque los dos son de la mañana, y yo no puedo tener sexo con Manuel, porque los dos somos de la tarde. Lana y yo, como pareja homosexual de mujeres, nos llamaríamos el matrimonio del día y Javier y Manuel se llamarían el matrimonio de la noche —terminó Anabella con orgullo como si en verdad hubiera resuelto un acertijo de Einstein sin papel.
Lana tomó tres sorbos de café sin pausa. Mucho de esto parecía bastante real. Ella y Javier: Jamás. No problem. Javier y Manuel: Posible. Eso era historia. Ella y Manuel: Perfecto. Ayer, hoy y siempre. Manuel y Anabella: Nunca más. Lo ideal. Ella y Anabella: Wrong, wrong, wrong. No importaba cuánto Anabella de verdad se pareciera a Manuel.
—Te veo muy sonriente, Busy Bee —dijo Manuel.
—Es que me parece perfecto. De verdad podríamos tener este tipo de matrimonio. Los cuatro.
—Annie, vida mía, mira a Lana. Ella está en total desacuerdo contigo.
—Uno tiene derecho a soñar, ¿no?
—¿Y ya estás soñando con los pechos de Lana o qué? —preguntó Manuel.
—Sí, pero es más envidia que deseo —confesó Anabella.
—¿Leyeron las dos historias sobre sedoretu? —preguntó Javier.
—Sólo una —respondió Lana.
—La segunda historia es una corrección de la teoría, yo creo —explicó Javier. —“Unchosen Love” sugiere que todos los seres humanos son bisexuales y tienen protección legal para tener parejas de ambos sexos. Pero “Mountain Ways” problematiza esa generalización, porque si la única manera de constituir una familia legal es a través de un matrimonio con esa configuración de dos parejas donde todo el mundo es bisexual, ¿qué pasa con las personas que no lo son, las homosexuales o las heterosexuales? La ley sería injusta con ellas. Bueno, es una manera de hacernos ver las injusticias legales que enfrentan muchas personas en el mundo. Lo único bueno que le veo a la teoría es que una persona se sentiría tranquila al arriesgar su vida, sabiendo que su pareja no quedará sola cuando falte.
Todos callaron, ya fuera mordiendo su minidanés o bebiendo el café con leche.
—¿Estás sugiriendo algo con ese comentario? —preguntó Manuel.
—Para nada.
—¿Tú estás arriesgando tu vida con lo que vienes a hacer? —preguntó Lana.
—¿Cómo se te ocurre? No soy un espía. No voy a hacer nada a escondidas. Lo único a lo que me expongo es a aburrirme sabiendo que es un proceso con muchas irregularidades.
—¿Puedes ser honesto conmigo? —preguntó Manuel.
—Psí.
—¿Estás deprimido porque quieres ver a tu mamá?
Javier hizo ese sonido indiscernible del comienzo de una risa o de un llanto, se cubrió la nariz y la boca con la mano y evadió la mirada de todos.
—No puedo evitarlo —musitó Javier.
—Javi, yo estoy aquí, yo vine contigo para acompañarte, para que no te sintieras solo si tenías que enfrentar esto. Manuel y yo somos tu familia. Por favor, apóyate en nosotros. Estamos aquí para ti.
—Yo también estoy aquí para ti —dijo Lana.
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