Lana: Jazz Bar
[Viene de Fragmentos de diarios de Lana 1993-2001]
LANA
CALI, 2001
JAZZ BAR
Lana acababa de bajarse del carro en el parqueadero cuando Heidy la llamó para saber si estaba cerca.
—Hay un tipo que preguntó por ti como Lana Walker-Castillo. Y le dije que no sabía si ibas a venir, pero que te podía llamar para confirmar. Dice que se llama William Arboleda. Si no lo quieres ver, yo me encargo de todo esta noche. ¿Okay?
—No te preocupes, Heidy, yo entro. Yo voy.
—Bueno, pero si necesitas algo. Me avisas.
Antes de entrar, Lana se agitó el cabello, hizo círculos con los hombros para ver cómo calzaba el brasier y respiró hondo. Ya en el bar, escuchó “Your Love is King” de Sade y consideró la canción incongruente con el momento, pero relajante.
William estaba tomando una limonada cuando la vio y se paró para llamar su atención. Dio unos pasos hacia ella sin saber qué hacer con las manos. Lana sonrió, dijo “Hola” y cruzó los brazos. William hizo exactamente lo mismo.
—¿Vamos a jugar al espejo o qué? —dijo Lana sonriendo.
—Sería deseable porque eso me evitaría hablar —dijo William moviendo la cabeza a un lado y al otro, —pero no. ¿Tienes un momento?
—Sí, sentémonos.
—Hmn. ¿Quieres pedir algo?
—Yo me encargo.
Lana miró a Heidy, apuntó a la limonada con el índice y el medio y sonrió.
Tras un silencio largo en el que ambos se examinaron para reconocerse, William tomó la iniciativa.
—Te vi la semana pasada y todos estos días no he dejado de pensar en ti. Y sentí que tenía que verte de nuevo.
—También me viste cuando volviste a la universidad después de tu estancia en Utah, entonces, ¿por qué ahora sí y antes no?
—Cómo no verte, pero estabas muy bien acompañada y me pareció que habías cambiado mucho. Hasta te alisaste el pelo y te veías mayor. Cuando te vi la semana pasada, me pareció que eras de nuevo la Lana que fue mi amiga. Sentí nostalgia y quise venir a pedirte perdón por… todo lo malo que pasó.
Lana empezaba a inquietarse. No consideraba perdido el tiempo que pasó con Alberto, pero se recriminaba a sí misma su falta de autenticidad. Sentía que había dejado de ser Lana, o que había sido Lana parcialmente. Su mente planificadora le falló en ese momento. No podía empezar una lluvia de ideas para posibles respuestas. Por suerte, Heidy trajo la limonada, antes de que ella empezara a decir algo anodino y Lana pudo cambiar su expresión por una sonrisa de agradecimiento a su amiga.
—¿Tú crees que es muy tarde para decir "lo siento"? —preguntó William mirando el pitillo en los labios de Lana.
—Para nada. Yo también lo sentí en esa época. Me sentí culpable de tenerte suspendido en una relación inefable, en la que ninguno de los dos sabíamos dónde estábamos parados. ¿Qué éramos? ¿Amigos? ¿Amigos con derechos? ¿Novios? Nunca se me ocurrió preguntármelo ni preguntártelo. Cualquier sentimiento que tuviéramos nunca lo dijimos. Y nunca pensamos en los demás. Cuando te fuiste, lloré más por lo mal que lo estarías pasando con tu familia que por no volverte a ver.
—¿Te sentiste mal por mí?
—¿No se puede o qué?
—Es que esa es una de las cosas que me sorprenden. No es la reacción que uno espera de una mujer.
—Excuse me? —preguntó Lana con los ojos muy abiertos.
—You were always out of my league.
—Okay, no es muy tarde para decir "lo siento" —dijo Lana, revolviendo la limonada con el pitillo.
—Quiero pedirte perdón por soltarte la mano cuando nos encontramos con mis padres, por presentarte como mi amiga, no se me ocurrió cómo más presentarte porque yo tampoco tenía las cosas claras y porque aunque hacíamos cosas de pareja no me sentía boyfriend material. Y sobre todo, quiero que me perdones por no defenderte, por no enfrentar a mis padres cuando te trataron tan mal. Por abandonarte sin adiós, sin explicación. Por no buscarte antes para esto, para decir que perder tu amistad ha sido una de las mayores pérdidas en mi vida.
—Más vale tarde que nunca. ¿No? Pero ¿por qué una pérdida tan grande?
—¿Recuerdas la primera vez que salimos juntos? Por fuera de la universidad, estábamos en vacaciones de enero.
—Hmn.
—Cuando íbamos en el bus para el centro me preguntaste si tenía planes con otros amigos para la semana, porque había muchas cosas para hacer en Cali. Y yo te dije que sí, que tenía planes con El libro de Manuel de Julio Cortázar, Un hombre de Oriana Fallaci y una antología poética de Luis Cernuda. Tú creíste que estaba bromeando y me dijiste que necesitaba mejores amigos. Pero no era broma. Yo no hice amigos en la primaria, ni en el bachillerato, por eso para mí fue fácil dejar Popayán, y tú fuiste mi primera amiga y por eso para mí fue difícil dejar Cali. Sin haber pasado esa temporada contigo, hubiera tardado más en aprender a ser amigable.
—How sweet, William.
—¿Piensas que soy dulce? La mayoría de mis amigos no me bajan de hijueputa. Y algunas mujeres están de acuerdo.
—No tú, lo que dijiste fue dulce. Y sí sé de tu fama. Crié un monstruo. Te di el empujoncito para ser amigable y luego te volviste un seductor —dijo Lana, tocándose la cabeza, detrás de la oreja como jugando con la melena de un pony.
William reconoció el gesto y decidió imitarlo, como si estuvieran jugando al espejo.
—Tenías el pelo suelto así, una blusa roja de manga sisa y una falda larga, como hindú, con mucho rojo también. Vimos libros viejos, pero no compramos ninguno y fuimos al Teatro Bolívar a ver Drácula, de Bram Stoker.
Mientras William enumeraba los detalles de lo que él recordaba como el comienzo de su amistad, Lana consideró dos cosas: la primera, que sí le creyó a William cuando habló de los libros como amigos y que sólo por eso pasó todo lo que vino después. La segunda, que, si bien el inicio de su vida sexual estuvo enmarcado en un plan con una meta por fuera de sí mismos, en realidad, ella nunca había visto a William como un medio para un fin; pero como no se lo dijo, él había quedado con la impresión de sí mismo como instrumento y de ella como inalcanzable. Decidió que esta conversación no necesitaba esas revelaciones y simplemente dijo:
—No compramos libros porque yo tenía uno que nos bastó esa vez. A propósito de libros como amigos, desde ese día tienes mi poemario de Alejandra Pizarnik.
—No es el único amigo tuyo que aún tengo. Conservo tus libros de Toni Morrison y Maya Angelou, pero creo que esos nunca los leíste. Cuando quieras, puedes venir a mi casa a recuperar a tus amigos. Estoy incluido en la oferta.
—La oferta de amistad la acepto, pero ninguna otra.
—No te preocupes, es una oferta literal, sin segundas intenciones. Reconozco mi lugar en el mundo y sé que no es a tu lado, pero… Corrijo: en un sistema solar, donde Lana es el Sol, me conformo con ser Plutón.
—Okay, Plutón. Te perdono.
Terminaron las limonadas y William se animó a preguntar:
—¿Estás trabajando aquí? ¿No eres maestra?
—Estoy en una pausa porque… a ti te puedo contar. Marietta ahora es abuela y decidió irse por seis meses a Italia y se llevó a Joseph por tres. Entonces, estoy encargada de la mascota de Marietta y del bar de Joseph.
—¿Nina?
—Robertino.
—¿Y piensas volver a ser profesora?
—Sí, para el próximo año podré mandar la hoja de vida a colegios.
—Con eso yo te puedo ayudar.
“Ain’t No Sunshine” de Bill Withers los dejó sin palabras, mirándose y auscultando en la memoria el recuerdo que les daba el lugar a cada uno en su historia sentimental.
—¿Puedo saber con qué te despediste de mí? —preguntó Lana, moviendo el vaso como esperando conjurar más limonada con el movimiento.
William entendió la pregunta perfectamente:
—Telarañas cuelgan de la razón
En un paisaje de ceniza absorta; —empezó, mirando los labios de Lana.
—Ha pasado el huracán de amor,
Ya ningún pájaro queda —dijeron los dos.
Ahora hace falta recoger los trozos de prudencia,
Aunque siempre nos falte alguno;
Recoger la vida vacía
Y caminar esperando que lentamente se llene,
Si es posible, otra vez, como antes,
De sueños desconocidos y deseos invisibles.
William terminó esta estrofa solo. Lana tenía los ojos cerrados, intentaba aislar la música de fondo. El silencio del poema incompleto la hizo reaccionar.
—Luis Cernuda —musitó Lana.
—¿Y tú?
—The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.
Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master —recitó Lana. —Tú sabes el resto.
—Wow. Elizabeth Bishop. Ya veo —dijo William, viendo su pulgar izquierdo deslizarse sobre el derecho.
—Esto es lo que llaman el cierre —sonrió Lana. —No te preocupes por la cuenta. Yo invito.
[Sigue Lana y Manuel: Unicentro]
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