Lana y Manuel: Unicentro
LANA Y MANUEL
CALI, 2003
UNICENTRO
En la plazoleta de comidas de Unicentro, Manuel almuerza con su hermana Lucía. Ve pasar a Lana, su colega del trabajo, con un hombre mayor que ella. Es más claro y más alto que Lana. Tiene una sonrisa cautivadora. Mirándolo bien, Manuel piensa que el hombre es muy atractivo. Más allá de la elegancia al caminar, lo que nota es que este hombre se quiere mucho a sí mismo y se pregunta si quiere a Lana de la misma manera. Lucía advierte la concentración de su hermano en esta pareja y le dice que se ven lindos juntos. Manuel mira a Lucía, pero sus oídos están atentos a la conversación de Lana con el hombre. Se da cuenta de que hablan en Spanglish y que él la llama Mami. Hace un gesto de incomodidad al pensar en un hombre en sus cuarenta trayendo a Lana a una cita barata en un centro comercial.
—¡Hola! —dice Lana, alternando la mirada entre los hermanos, intentando confirmar el parentesco entre ellos.
Sorprendido, Manuel se levanta para saludar.
—Hola, Lana, ¿cómo estás? —pregunta y traza un puente de miradas entre Lana y Lucía. —Lucy, ella es Lana, mi compañera de trabajo, Lana, ella es Lucía, my baby sister.
Lana sonríe ante la introducción y se dirige exclusivamente a la chica.
—Mucho gusto, Lucía —dice Lana, extendiendo su mano. —Me encanta tu camiseta. ¿La hiciste tú?
Lucía asienta, dándose una vuelta para mostrar ambos lados y explicar con algún detalle las técnicas que usa para teñir camisetas y diseñar bolsos de lona. La invita a su casa para que conozca sus diseños. Detrás de Lana, Joseph la llama a la mesa.
—Mami, your fries are getting cold. —dice Joseph, observando cómo Manuel sigue de pie frente a Lana, sin quitarle los ojos de encima.
—Okay, Dad. —dice Lana mirando a Manuel, y volviendo a Lucía, le pide que le mande la dirección y el teléfono con su hermano y le promete que la visitará la próxima semana.
Manuel se acerca a la mesa contigua para presentarse.
—Mucho gusto, señor Walker, soy Manuel, compañero de trabajo de Lana.
—Joseph Castillo, un placer. —dice Joseph con una sonrisa que se estira y se contrae con picardía.
Lana no puede contener la risa y le pone las manos sobre los hombros a Manuel.
—No te preocupes, eso pasa. Mi madre decidió que su apellido quedara primero en mi certificado de nacimiento.
—Qué pena, Sr. Castillo.
Lucía se acerca a Lana para despedirse y la abraza, dándole palmadas en la espalda.
—Los amigos de Manuel son mis amigos. —dice con una sonrisa Lucía, —Nos vemos pronto.
—Nos vemos pronto. —repiten al unísono Lana y Manuel.
Joseph ve a los hermanos alejarse y deshacerse de la basura en los contenedores. Insiste en observarlos hasta perderlos de vista.
—¿Y este joven qué?
—Qué de qué. —pregunta Lana sin mirar a Joseph.
—No te refieres a mí como papá ni dad desde hace mucho tiempo. Todavía recuerdo cuándo empezaste a llamarme dad. Fue la noche del carro bomba en Capri. En 1989. Tenías quince años. Muchas cosas pasaron ese día. Natalia me había llamado para decirme que tenía un retraso. Estaba muy molesto porque ella sabía que tú y solamente tú eras mi familia. Pero la prueba de embarazo casera que le llevé salió negativa y ella confirmó que yo no era un buen candidato a pareja estable cuando sonó la explosión y yo en vez de preocuparme por ella, salí a buscarte. Cuando llegué a casa, recibí el mejor regalo de toda mi vida. Estabas llorando, preocupada por mí y cuando me viste, me abrazaste y me llamaste dad como diez veces. Ese día confirmé que yo no necesitaba más familia que tú.
—¿Y por eso empezaste a salir sólo con mujeres menopáusicas? Te volviste tinieblo desde entonces. —recrimina Lana. A mí me caía bien Natalia y me hubiera gustado tener hermanas o hermanos. Ella me llamó la noche de la bomba para decirme que tú estabas bien, pero yo no iba a creerlo hasta verte, dad.
—Yo estaba tan orgulloso de que me llamaras dad, que por eso te llevé a Chicago ese año. Quería que hablaras con tu mamá, refiriéndote a mí como tu daddy.
—¿En serio?
—Claro que no. —sonrió Joseph. —Es que me daban miedo los atentados en Cali contra el cartel y los sobrevuelos del bloque de búsqueda. Pero estando allá, pensé que había más peligros para ti en Chicago que en Cali. Miedo de verdad-verdad me dio pensar que te podrías volver una madre adolescente, soltera y drogadicta como tu mamá. Estaba seguro de que en Cali eso no iba a pasar. Y atiné.
—Gracias a ese viaje volví a ver a Cassandra y descubrí que quería ser maestra. Well done, Lord Prospero. Me salvaste de la deshonra y, a cambio de un marido, me procuraste una vida en la que pudiera ser independiente. Thank you, daddy.
—Y volviendo al tema, dejaste de llamarme dad, daddy, cuando empezaste a salir con hombres mayores. Entonces, ¿qué es eso de llamarme dad ahora? —interroga Joseph, sin rabia, sin celos, sólo con sincera curiosidad, —¿Te gusta el blanquito ese? Parece gringo. Tiene el pelo muy largo para ser profesor, ¿no? Además, está como muy joven para tus gustos.
Lana mastica por mucho tiempo el último bocado de su hamburguesa Magnífica, dándose tiempo para pensar la respuesta.
—Yo no sé si me gustaba antes. —reflexiona Lana. —Si me gusta es cosa de hace un rato. Me parece muy varonil un hombre que no se avergüenza de salir con su hermana con síndrome de Down. Y debo admitir que quería que supiera que eres mi papá y no un novio por ahí. Mucha gente piensa que yo soy tu novia porque no te dejas ver con tus amantes. Yo soy tu mujer de mostrar.
—Mami, ¿tú crees que porque sale con una mujer con síndrome de Down, va a salir con una negrita como tú?
—Dad!
—Ningún dad!, dime papi. A estas alturas somos más colombianos que cualquier otra cosa.
En el parqueadero, Manuel abre la puerta de su carro para Lucía. No dice nada hasta salir del centro comercial.
—¿Qué te pareció Lana? —se anima a preguntar Manuel.
—Bonita, oscurita, muy bonita. —responde Lucía con una sonrisa. —Me gusta.
—A mí también me gusta.
—Tráela a mi casa el sábado. —ordenó Lucía, levantando el mentón y mirando a Manuel de reojo.
—“As you wish!” —contestó Manuel.
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