Anabella y Javier: la sala de televisión

[Viene de Anabella y Javier: el jardín bajo el manzano]

ANABELLA Y JAVIER
CALGARY, AB, 1998
LA SALA DE TELEVISIÓN

Después del almuerzo, Javier pone los platos y cubiertos en la máquina lavavajillas y Anabella limpia la mesa. Manuel se prepara para ir a la universidad solo. Se despide de ellos con un beso y un abrazo para cada uno, un saludo que se repetirá cuando lo lleven al aeropuerto para su regreso a Colombia.

—Entonces, ahora sí te escucho. ¿Cuál es la historia del niño Felipe? —exige Anabella sentada en posición de loto, esta vez en la sala, como diciendo “tengo toda la paciencia para escuchar sin afán y sin que me importe si el mundo se acaba”.

Javier también se sienta sobre la alfombra, pero se recuesta contra un sofá. 

—No sé si te acuerdas de nuestros amigos, Carlos, César y Mauricio —empieza Javier. —La idea fue de César. Es cierto que invitábamos a Felipe a jugar. César fue el que lo trajo. Eran primos en segundo grado, creo. Eso ganó la confianza de la mamá para dejarlo venir con nosotros al centro deportivo. 

Yo, la verdad, era muy cobarde y no estaba bien con lo que estaba pasando y no quería, pero no dije nada —afirma, mirando su rodilla izquierda. —De hecho, fui el último en tener un turno con Felipe y no fue bueno… Yo había visto a Felipe mamando a Mauricio y, la verdad, a mí eso me causó una erección, pero no quiere decir que quería que el chico me tocara. Yo podía calmarme solo… 

Javier vuelve a sostener la mirada de Anabella. 

—Pero César les dijo a los otros que ya no había marcha atrás y que si yo había visto, yo también tenía que tomar parte —continúa Javier con los párpados enrojecidos. —Entonces, me agarraron contra la banca, César le dijo a Felipe lo que tenía que hacer y el chico empezó… César me amenazó con hacer de mi cabeza un balón de fútbol, o la de Felipe, y yo dejé… que las cosas pasaran.

Por un momento no hay palabras, pero tampoco silencio. Javier tiene los ojos rojos y se escuchan los mocos en su respiración.

—Y luego apareció Manuel esa semana y lo invitamos al centro deportivo y él ni siquiera consideró la posibilidad de “jugar” con Felipe —dice entre dientes, como un susurro rabioso y forzado, —y me sentí tan desgraciado, tan hijo de puta, —declara liberando su voz quebrada y dando un golpe con el puño cerrado contra el sofá, —que lo que hice fue pegármele a Manuel para que nadie pensara que yo tenía algo que ver con lo de Felipe si se llegaba a saber… Como si eso fuera suficiente.

Javier va al baño para deshacerse de la cara sonrojada, los ojos llorosos y la nariz congestionada. En la sala, Anabella piensa que Javier de verdad tenía que haber sido un muchacho muy cobarde. Ella también recordaba una historia con César y le parecía que el chico no era de temer. Ocurrió unas semanas antes del viaje a Calgary. Manuel estaba jugando al escondite con sus amigos y con ella. Anabella se escondió en el cuarto de planchar y César la siguió. Ella, al principio, no hizo ruido para no dar pistas. Pero el chico se paró enfrente.

—Quiero conocer las vanidades de la mujer —le dijo César en voz baja, con una mirada penetrante.

—Mi abuela tiene montones de Vanidades aquí en este armario —susurró Anabella, ignorando la mirada fija de César. —A mí también me gusta ver esas revistas, pero ahora estamos jugando. 

—No las revistas, las vanidades de la mujer —insistió César.

Y estiró el resorte de la pantaloneta de Anabella y de su ropa interior también para mirar su pubis sin vello aún. Anabella miró abajo también con curiosidad, ¿qué sería lo que César quería ver? Pero cuando él intentó tocarla con la mano libre, ella lo empujó con sus dos manos y le dijo:

—No he dicho que sí, atrevido. Lárguese. 

En ese momento, escucharon la voz de Manuel llamando a su prima y César se paralizó. Tenía miedo. A Anabella le causó gracia que el niño fuera tan lanzado cuando Manuel no estaba, pero que al escuchar su voz se le escurriera lo valiente. Lo miró con desdén. No confiaba en él por una razón simple: César era el único chico al que Manuel nunca había invitado a la casa solo. Él únicamente iba cuando estaban los otros. Entonces, pensó que si a esas alturas no se había ganado a Manuel, ya no se lo iba a ganar. La impresión general que le daba era que César intentaba congraciarse con Manuel, pero entre más intentaba acercarse, más inútil resultaba el esfuerzo.

—Todos tenemos algo de qué arrepentirnos y lo que pasó con Felipe siempre será uno de los mayores arrepentimientos en mi vida —retoma Javier.

—¿César sigue siendo amigo tuyo?

—De nadie. No es amigo de nadie. Se hizo traqueto. Yo creo que está muerto.


[Sigue Manuel: la casa de los Gómez. 2001]


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