Manuel: la casa de los Gómez. 2001

MANUEL

CALI, 2001

LA CASA DE LOS GÓMEZ


Manuel parqueó frente al jardín de la casa de sus padres y se quedó un rato en el carro, esperando a que amainara un poco la lluvia de noviembre. Lucía no salió a recibirlo. En la cocina, Manuel encontró a su madre haciendo una lista de compras. Cuando ella lo vio, se acercó para abrazarlo. Le repetía “ya, hijo, ya” con cada pasada de la mano por su espalda. Conservando el abrazo, lo llevó hasta la sala.

En el sofá, Luz Marina acunó la cabeza de Manuel en sus piernas, sin decirle nada. Simplemente estuvo ahí para él. Le alcanzó pañuelos desechables varias veces y empezó a acumular los usados sobre la mesa auxiliar.

—Manuel, es natural sentirse triste por la ausencia de los seres queridos. Pero dime, ¿en algún momento pensaste en volver con Karina? —preguntó ella.

Manuel contestó moviendo la cabeza para negar. 

—¿Y cuántas veces se habían visto desde que terminaron?

Él hizo un círculo con el índice y el pulgar.

—Y ¿entonces?

 Manuel siguió callado un buen rato. Su madre alternaba sus caricias entre la cabeza y un brazo.

—Quedamos en que nos llamábamos para fechas especiales como los cumpleaños y Navidad. Y en julio cuando la llamé para su cumpleaños, no me dijo que estaba enferma. Y yo sé que se dejó morir. —dijo Manuel, con la nariz congestionada.

—Bueno, aclaremos. —propuso Luz Marina. —Si en las vacaciones ella te hubiera dicho que la habían diagnosticado y que el cáncer estaba muy avanzado, ¿qué hubieras hecho? 

—No sé, mamá.

—¿Cuál hubiera sido el propósito de decírtelo, hijo? Poniéndome en el lugar de Karina, pues yo no le veo sentido a decirte nada, porque ya ustedes no eran pareja. Ella quería hijos, tú no. Probablemente se sentía mal, qué sé yo, avergonzada, de confirmar que no podría tenerlos ni contigo ni con nadie. 

—Por eso creo que se dejó morir.—dijo Manuel, restregándose la nariz en círculos.

—Seguramente no quería tu lástima, hijo. —propuso Luz Marina para tranquilizarlo.

—Pues ya no éramos pareja, pero yo creí que seguía siendo su amigo y uno a los amigos les cuenta cosas. Me da mucha rabia que no hubiera confiado en mí. ¿A mí qué me costaba visitarla o acompañarla alguna vez?

—Fíjate en lo que estás diciendo. Si no te costaba nada y si todavía eras su amigo, hubieras estado presente de alguna manera y ahí te hubieras dado cuenta. Pero tenías miedo, creo yo, de que ella pensara que te estabas ablandando. Eso hubiera dado lugar a confusiones. La amistad es una relación bilateral y recíproca. Y es una que ya no existía entre ustedes después de la separación.

Manuel no contestó.

—Ya te habías acostumbrado a estar sin ella cuando vivía. No te desacostumbres ahora que está muerta.

Luz Marina le tocó la frente a Manuel y pensó que tenía fiebre. Fue a buscar acetaminofén y a preparar un snack para él. 

—Te traje una merienda que te gusta y una saludable. —le dijo al sacudirlo para despertarlo.

En la mesa de centro, Luz Marina puso una bandeja con un plato de galletas de soda con mantequilla, otro con una manzana cortada en ocho partes y una cucharada de mantequilla de maní, un vaso de agua para las pastillas y otro de Coca-Cola.

—Hijo. Báñate para que te baje la fiebre más rápido. —dijo Luz Marina, masticando un trozo de manzana. —Y cuando salgas de la ducha, deja de llorar por los ovarios de Karina y preocúpate por el endometrio de Lucy. Sigue en cama, la pobre. Es mejor que te quedes aquí hasta mañana, ¿no? Yo voy a LA 14 a hacer mercado y les puedo sacar una película de Blockbuster. 

—Gracias, mamá. Sí me quedo. —dijo Manuel, masajeándose los lagrimales. —Y tráenos The Princess Bride. A Lucy le gusta ver esa cuando está maluca.


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