Anabella y Javier: el jardín bajo el manzano
[Viene de: Anabella: la cocina]
ANABELLA Y JAVIER
CALGARY, AB, 1998
EL JARDÍN BAJO EL MANZANO
Sobre el pasto del jardín posterior, bajo la sombra de un manzano, Anabella está sentada frente a Javier, ambos con las piernas cruzadas, criss cross applesauce. Le pone las manos sobre los hombros y lo mira fijamente.
—¿Qué quieres saber de mí y de Manuel?
—¿Por qué tienes sexo con tu primo?
—Uy, qué básico —rezonga Anabella, alargando las sílabas tónicas.
—Entonces, ¿qué quieres que te pregunte, o qué quieres decirme? —se defiende Javier. —¿Necesitas tiempo?
—No, yo tengo las cosas claras. Te voy a contar la historia.
Anabella estira la manta tejida para darse más espacio en ella.
—Desde que éramos pequeños, Manuel era todo para mí. Cuando yo me quedaba en la casa de los abuelos, yo dormía con él, porque la cama de él era doble. Algunas veces, abuelita Leticia nos acompañaba. Mis hermanos nunca se quedaron a dormir. Y Manuel y yo jugábamos a cosas que a mis hermanos no les interesaba. A la familia, por ejemplo, o a las amigas.
Anabella hace el gesto de mover pulseras y collares. Se ajusta unas gafas de sol imaginarias y mira hacia el techo de la casa de al lado.
—Manuel siempre fue muy versátil. Podía salir a jugar fútbol con ustedes y luego venía a jugar a las amigas conmigo, o al contrario. Eso me encantaba de él. Con mis hermanos sólo jugaba Atari, o juegos de mesa. Pero Manuel y yo aprendimos a cocinar juntos, bueno, no a cocinar cocinar, sólo a hacer desayunos. Y hacíamos muchas cosas que nadie más hacía: alimentar a los canarios y torcazas de mi abuela, regarle las bifloras de todos los patios, hasta las de la terraza, extender la ropa, bañar al perro, lavar el carro de mi abuelo. Lo que nadie quería hacer, nosotros lo hacíamos juntos.
Javier recuerda la casa de doña Leticia y don Hernando, los abuelos que hubiera querido tener, y se va haciendo la película mental de la infancia de Anabella y Manuel.
—Yo no me di cuenta de lo apegada que estaba a Manuel hasta que nos vinimos para Calgary —continúa Anabella. —El primer año fue maluco. Por las estaciones. Cuando llegamos había flores por todos los jardines de los alrededores y después todo se fue poniendo amarillo y seco y luego, pues, ya no había color.
Como todo lo que tenía colores de verano me recordaba a Cali y a Manuel, el invierno fue un tiempo triste, porque el frío me recordaba que él estaba lejos. Pero como este es un barrio de familias y hay escuelas cerca —dice Anabella apuntando a cuatro direcciones, —hay muchos niños y niñas y yo hice amigos pronto.
Cuando nació Lucía, eso fue como que Manuel ya no me necesitara más, porque tenía su propia hermana. Escribió cada vez menos y eso me dolió. Cuando cumplí 16, mis papás me mandaron a Cali de vacaciones para Navidad. Eso fue en 1990. La única explicación posible para que me mandaran es que ellos no sabían mucho de lo que estaba pasando en Colombia. Esa vez, lo que me dolió fue ver a Manuel bajoneado porque había intentado salir con unas chicas, pero en cuanto se daban cuenta de que tenía una hermanita con síndrome de Down, no querían volver a verlo —recuerda Anabella con un semblante de preocupación.
Esa Navidad, como todas, hubo fiesta en la casa de los abuelos y ese gentío y esa bulla ya no eran para mí —dice Anabella, entornando los ojos. —Entonces, subimos al segundo piso, al cuarto que era de mis tíos cuando vivían con los abuelos. Y nos recostamos en la cama para hablar. Manuel dijo una cosa que me sonó muy dulce. “La última vez que estuvimos en esta cama, intentaste abrazarme y yo te rechacé. Si me abrazas ahora, no te voy a esquivar”. Y fue así, no evitamos nada.
Anabella pone sus manos sobre las rodillas de Javier y lo mira fijo a los ojos.
—Esa fue la primera vez que Manuel estuvo con una mujer —dice con orgullo. —La primera vez con un hombre, creo que tú tienes esos detalles —conjetura arqueando la ceja izquierda. —Ah, Manuel no fue mi primer chico. No sé si te importa saber.
Javier, sin dejarse vencer por la mirada fija de Anabella, se acuesta de lado sobre la manta y se muerde la sonrisa con un recuerdo de Manuel adolescente.
—No nos volvimos a ver por varios años y cuando Manuel viajó a Calgary, él no llegó a vivir de una con nosotros —retoma Anabella. —Él primero estuvo en la residencia universitaria dos años. Los veranos sí los pasaba aquí, pero para el tercer año mi papá le dijo que se viniera para acá del todo, porque mis hermanos ya no estaban. Yo ya tenía planes de irme de la casa, pero cuando supe que Manuel se mudaba con nosotros los borré.
Anabella también se recuesta sobre la manta. Desde la cocina, Manuel ve dos figuras paralelas. No sabe de qué hablan, pero se alegra de verlos juntos así y sigue cocinando.
—Y luego todo fue muy natural entre nosotros, como siempre fue cuando éramos niños —prosigue Anabella. —Nos poníamos de acuerdo para hacer cosas juntos muy rápidamente: hacer voluntariados en el Community Center en verano, ayudar a los vecinos mayores a remover la nieve de los andenes en invierno, decorar la casa de acuerdo con el tema de la temporada, cosas muy propias de acá. A veces, llevábamos días sin vernos y cuando nos encontrábamos nos dábamos cuenta de que estábamos vestidos igualitos: la camiseta azul turquí, jeans y sandalias, o la camisa lumberjack sobre la camiseta oscura, jeans y botas de hiking. Vernos iguales para mí era reafirmante. ¿De qué? No sé, pero se sentía muy bien. Y no habría sentido lo mismo si me hubiera coordinado con mis hermanos. Que él se viniera para acá, creo que nos hizo felices a los dos.
Javier juntó las cejas un momento al darse cuenta de algo importante. Dos días atrás, cuando él pensaba en lo mucho que se parecían Manuel y Anabella, no había notado que su ropa era similar. Ambos usaban shorts caqui y sus camisetas eran azules, el tank top de Anabella era más claro que la polo de Manuel. Diferentes tonos, diferentes estilos, pero la coincidencia estaba.
—Aunque Manuel es muy carismático —avanza la confidencia de Anabella, —salir con mujeres había sido un problema para él en Cali, porque él es como todo atento, cuidador, generoso, más bien constante, y sí llama cuando lo promete, pero eso de que las peladas no quisieran salir con él después de conocer a Lucía fue traumático.
Por un tiempo se puso cínico y tuvo uno o dos levantes de una noche y ni siquiera intercambió números de teléfono porque para qué. Pero él no es para eso. Manuel es amiguero, le gusta conservar a la gente y para él ser amigo es alimentar a los otros. Herencia de mi abuela Leticia, ¿ves? ¡Vos te acordás! —dice Anabella con un sobresalto y pone su mano sobre el pecho de Javier. —Y no volver a ver a una persona que le interesó para cocinarles o invitarlos a comer, eso es como un fracaso para él.
Javier cierra los ojos para recordar la confianza con la que Manuel lo llevaba a casa de sus abuelos para meriendas y cenas, sin pedir permiso a nadie. Se pregunta cómo habrá sido la vida de Manuel después de irse del barrio, porque, según recuerda, su mamá ni siquiera sabía cocinar.
Esa es la razón por la que él emigró —explica Anabella. —Una vez le dijo a Lucía, “¡¿por qué no te mueres?!” Por supuesto que se arrepintió ahí mismo, porque Manuel es Manuel, pero el resentimiento estaba y para que no creciera, prefirió irse. Y pues, aquí me encontró a mí, una persona que no le teme ni a su cuerpo ni a su hermana y lo demás, como dicen, es historia.
A Javier le cuesta imaginarse a Manuel de hermano. El haber descubierto recientemente que tenía una hermana le hace pensar que no es la misma persona de sus recuerdos, pero al mismo tiempo cree que sí lo es. ¿No lo veía, a veces, como su protector, su salvavidas? Se siente agradecido por estas revelaciones y se obliga a la reciprocidad.
—¿Y tú qué quieres saber de mí y de Manuel? —pregunta Javier, sin ganas de describir nada íntimo, pero dispuesto a hacerlo para tener con Anabella una relación tan honesta como la que ambos tienen con Manuel.
—¿Cuál es la historia de ustedes con un niño llamado Felipe?
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