Lana: La biblioteca regional Sulzer
[Viene de Lana: la sala de estar]
LANA
CHICAGO, IL, 1990
LA BIBLIOTECA REGIONAL SULZER
Lana no podía ocultarle a su padre cuán emocionada estaba de ir a la biblioteca regional, pero hizo un esfuerzo por que no se le notara ante Cassandra. Antes de salir del apartamento de sus amigas, Cassandra le advirtió que no se dirigiera a Margret por ese nombre en público. Que en la biblioteca, lo mejor sería dirigirse a ella como Mr. Lynn o Julian, dependiendo de cómo se sintiera cuando se encontraran. Fue ahí cuando Lana empezó a sospechar que el día a día de Margret era bastante diferente del domingo del cual ella había sido testigo. Y consideró que su incredulidad frente a cómo el niño o la niña llamaría a Margret cuando pudiera hablar no era un simple prejuicio. Se daba cuenta de que Margret era quien quería ser sólo dentro de su hogar. ¿Y cómo mantener eso con la franqueza de los niños?
Cassandra y Lana recorrieron el primer piso de la biblioteca, la sección infantil, y subieron a buscar a Margret. Para sorpresa de Lana, también había personas muy jóvenes ahí arriba. Gracias a los comentarios de Cassandra del día anterior, recordó y reconoció la situación. Cuando ella era una niña, no se quedaba en la sección infantil de la biblioteca aunque estuviera ahí para esperar a su madre. Estos niños que veía ahora probablemente estaban en la biblioteca escondiéndose de alguien o huyendo de algo.
Una de las bibliotecarias, en cuanto vio a Cassandra, la saludó con un abrazo, llamándola Ms. Cantone, y dijo que iba a llamar a Julian. Y cuando Margret salió, en vez de caminar directo hacia ellas, se acercó a saludar a tres personas: una señora mayor, una persona sin hogar y un chico preadolescente. Lana estaba conmovida. Primero por el aura masculina de Margret y segundo por el aura humana: había escogido muy bien a quién acercarse, había notado a quienes a diario pasan inadvertidos, a quienes más necesitaban una palabra en esa tarde. No era la presencia de una mesera, confirmando el buen servicio del restaurante, era la mirada de una persona que intenta conocer las necesidades vitales de los demás.
Margret saludó con el beso a cada lado a Cassandra, pero no a Lana, y eso la desconcertó. Simplemente le dio la mano. Lana no sabía qué pasaría en esta visita ni cómo traer a colación el nombre de niña que había descubierto en la novela. Para su frustración, Cassandra no había venido a la biblioteca para tener una sesión de club de lectura con ella, sino para pedirle a Margret que fueran juntas a ver a Mr Larkhill, un profesor de la escuela que se estaba muriendo de complicaciones por el SIDA en Ascension St. Joseph, el hospital de caridad.
—Yo voy sola, Love —dijo Margret. No te van a dejar entrar por estar embarazada y, además, la última vez que lo vi ya estaba irreconocible. No quiero que lo recuerdes así. Te puede afectar a ti y a la bebé.
—¡Clarisse! —dijo Lana para hacerles notar que había hecho la tarea.
—Clarisse —dijeron al mismo tiempo Cassandra y Margret, un dúo con voces llenas de amor y cejas arqueadas.
—Al terminar mi turno, voy a acompañar a Mark, a ver en qué podemos ayudar —anunció Margret antes de volver a su estación de trabajo.
El plural resonó en Lana. Le causó admiración ver el uso del plural en la oración de Margret, observó cómo incluía a Cassandra, aunque ella no fuera al hospital a ver al amigo moribundo y a su compañero.
Cassandra entonces llevó a Lana a mirar una colección de obras de las Hermanas Brontë.
—¿Has leído alguna de las obras de las Brontë?
Lana negó con la cabeza.
—Si quieres ser maestra, tienes que leerlas a las tres. Todas escriben sobre un tema que te interesa mucho, las relaciones familiares.
—¿Hay huérfanos y adoptados?
—Hay muchas versiones de orfandad, acogimiento y rechazo. De todo un poco. Y en todas hay alguien que enseña, con mayor o menor pericia, pero enseña.
—¿Por ejemplo?
—Wuthering Heights de Emily es una novela sobre el resentimiento de Heathcliff al ser rechazado y abusado por el heredero de la casa, después de que Mr. Earnshaw, el padre adoptante, muere. Y por el aislamiento de su hermana, Catherine, que es el amor de su vida. Heathcliff se venga de las familias que lo despreciaron en sus hijos. Es muy fuerte. Hay mucha violencia física contra las mujeres. A Hareton le quita su propiedad y lo cría como un peón. Pero Cathy, la hija de Catherine, le enseña a leer y a escribir, y eso es lo único romántico en toda la historia, porque los besos son la motivación para aprender. Es la parte que más me gusta —suspiró Cassandra con un gesto en el que Lana reconoció a Margret. Heathcliff es un personaje icónico que despierta muchos sentimientos encontrados. ¿Has escuchado la canción de Kate Bush?
—¿Cuál?
—Wuthering Heights. Deberías escucharla. Te va a gustar.
—Lo anotaré en mi diario. ¿Otra novela de orfandad?
—La más notoria es Jane Eyre de Charlotte. Jane Eyre es una niña huérfana de padre y madre que es adoptada por su tío, pero al morir, la tía la maltrata y la envía a un internado “de mala muerte” —dijo Cassandra esto último en español. —De la escuela se gradúa como institutriz y en su primer trabajo conoce al amor de su vida. El Mr. Rochester del que me quejo tanto. Es otra historia con mucho sufrimiento. Ahí se conocen las penurias de las maestras rurales, que trabajan por amor a la enseñanza. Esa parte nunca la verás en una adaptación cinematográfica, por eso tienes que leer la novela.
—¿También hay canción?
—No que yo sepa —dijo Cassandra después de pensar un rato. —Otra novela sobre la enseñanza es The Professor, la primera novela de Charlotte, aunque se publicó póstumamente. Sí hay huérfano, William. La orfandad aquí tiene que ver con su carrera. Él no quiere ser aristócrata como la familia de la madre ni comerciante como el padre y el hermano mayor. Entonces, tras sufrir ciertos abusos en el trabajo de oficina que le dio su hermano, un amigo incómodo, que yo creo que estaba enamorado de él, le consigue trabajo como profesor en Bélgica y allí conoce a una chica que primero es su estudiante y luego su esposa.
—¿Eso es posible, que una estudiante se case con el profesor? —se alarmó Lana.
—Bueno, ya no era la estudiante cuando se casaron, pero… léete la novela. Es muy buena, porque se supone que el protagonista es el profesor, pero desde que se casan, Frances toma el rol protagónico. Además, te vas a reír leyendo cómo William trata a las estudiantes tramposas.
—¿De qué época son estas novelas?
—Victorianas.
—Ya van tres. ¿Alguna otra recomendación?
—Las dos novelas de Anne Brontë: Agnes Grey y The Tenant of Wildfell Hall. Agnes es una joven que, ante las dificultades económicas de su padre, para ayudar en casa se convierte en institutriz. Se enamora de un párroco, Edward, que no es un hombre apuesto, pero sí el de mejor corazón en toda la novela. Cuando su padre muere, deja su trabajo como institutriz y abre una escuela con su madre. Y el párroco reaparece, él y Agnes se casan y tienen hijos. En esa novela se muestra la crueldad de las familias acaudaladas con los trabajadores y con los animales. Lo malcriados y malos estudiantes que pueden llegar a ser los niños de esas familias. Yo no serviría para ser institutriz. A mí me gusta tener más niños para escucharlos a todos.
—¿Y en la otra novela también hay huérfanos y maestras?
—The Tenant of Wildfell Hall. Helen es huérfana de ambos padres y la crían los tíos que no tuvieron hijos. Ella se casa muy mal, con un tipo muy hermoso y muy podrido, alcohólico, jugador, adúltero, que incluso trae a su amante a la casa. Helen no es maestra ni institutriz, pero leer cómo ella educa a su hijo y al que se convierte en su segundo esposo es fenomenal. Al niño le enseña a leer, a escribir y a aborrecer el alcohol, y a Markham, esto es buenísimo, lo educa sentimentalmente para que sea su esposo por el resto de su vida. Hay una manera especial de ser maestra a través de o a partir de la maternidad. Yo espero encontrar la mía propia.
—Tú crees que Clarisse te va a ayudar a ser una mejor maestra.
—Estoy absolutamente segura.
—Me gustó mucho Fahrenheit 451. Pero ¿crees que lleguemos a un punto con clases virtuales, dedales para escuchar música en los oídos y que no haya libros sino pantallas que hagan que la gente no quiera leer?
—Todo eso es posible. Pero tenemos que hacer que se demore en llegar la falta de interés en los libros.
—¿Qué no te gusta de la novela?
—Que no haya creadores, maestras de primaria ni bibliotecarias —dijo Cassandra, riendo.
—A mí no me gusta que Clarisse muera. ¿Por qué no se muere Montag si él es tan tonto?
—Yo creo que ahí está la genialidad de Bradbury. Un protagonista sin ninguna formación intelectual, pero que intenta entender la amenaza que la falta de libros representa para la sociedad, nos da la esperanza de que la curiosidad humana nos puede salvar incluso en los momentos más difíciles, ¿no te parece?
—Yo me quedé con ganas de más Clarisse. Me hubiera gustado que la hubiera resucitado de alguna manera. Eso me daría más esperanza.
[Sigue Lana: la cocina de Mamá Rosa]
Comentarios
Publicar un comentario