Lana: la sala de estar

LANA

CHICAGO, IL. 1990

LA SALA DE ESTAR


¡Click!

—¡Qué nido más hermoso para nuestro bebé! —dijo Margret al capturar ese segundo. 

El segundo en el que Lana exhaló aliviada al escuchar el temporizador y se encontró con la mirada y la sonrisa de Cassandra, las manos de las mujeres, claras y oscuras, aún entrelazadas sobre la camiseta blanca. 

Margret vestía una minifalda de denim, un tank top de escote en V y un chal de satín con estampado de cachemira. Lana se imaginó a sí misma en los brazos de Margret, bajo el chal. Quiso llorar al recordar las palabras de Cassandra, que no creyó: “ lo descubriste de una manera inesperada, ahora es una persona inolvidable para ti”. Quiso llorar porque no sólo le parecía una presencia inolvidable, sino también esencialmente deseable. Deseó a la mujer de su prójima. Para concluir ese sentimiento, en la sala de estar Lana propuso un tema:

—¿Ya han pensado en nombres?

—Sólo de niña —dijo Cassandra, sentándose en el sofá con Margret. —Pero no te lo vamos a decir hoy. 

—Sólo te podemos decir el que yo quería y ya no va a ser. —intervino Margret. —Yo quería Matilda.

—¿Como en la novela de Roald Dahl?

—Correcto. Y gracias a ti ya no se puede. Cass se refiere a ti como “su Matilda”. 

—¿Tu Matilda?

—La primera impresión que tengo de ti es la de una lectora por fuera de su tiempo. Yo estaba drogada, pero recuerdo que estabas leyendo The Bloody Chamber and Other Stories de Angela Carter  —dijo Cassandra, sonriendo, —y luego te vi leyendo A Wizard of Earthsea de Ursula K Le Guin y pensé que eras muy joven para esas historias. Entonces, cuando leí Matilda, no me pareció tan exagerado el personaje porque tenía tu imagen en la biblioteca. Eso fue hace dos años, yo prácticamente ya era una maestra, entonces me vi a mí misma como Miss Honey y me imaginaba que adoptaba a una niña lectora como tú.

—También pensamos en Margaret, como en Margaret Murray —dijo Margret. 

A Wrinkle in Time —dijo Lana.

—Eso es. Porque cuando leí la novela, siendo muy muy joven, me encantó y me di ese nombre a mí misma para darme suerte en las matemáticas, que no eran mi fuerte. Siempre me han gustado las historias con niños lectores e inteligentes, por eso uno se hace bibliotecaria. Pero luego vino Margaret Thatcher y cambié el nombre a Margret. Como hizo Barbra Streisand. 

—Releímos la novela y ya no nos gustó tanto —dijo Cassandra. 

—A mí me sigue pareciendo lindo que la niña no acepte haber perdido a su padre y viaje en el tiempo y la distancia para encontrarlo, pero Cass tiene razón, la terquedad de la niña a veces es incómoda. 

—¿No les gusta Kathleen? De Dogsbody. Ustedes me enviaron ese. —dijo Lana en respuesta a la mirada cruzada entre sus amigas. —La niña irlandesa, maltratada por su familia adoptiva…

—Sí, que adopta a Sirius bajo la forma de perro —recordó Cassandra.

—Es que… Kathleen Lynn, suena como alguien cayéndose por las escaleras —explicó Margret agachando la cabeza un poco más con cada sílaba, riéndose de su propio apellido.

Cassandra se veía cansada y Margret la recostó sobre sus piernas y empezó a jugar con su cabello. 

—Es posible que Cass se duerma un rato. Escoge una película mientras ella hace su siesta —sugirió Margret, señalando una pila de videocasetes. 

Lana vio una portada con la silueta de una pareja sobre un montículo, un fondo de nubes y un castillo más allá. No leyó el título de la película, sólo volvió la caja para leer la sinopsis:

“Return to a time when men were men and swamps were swamps. Fire Swamps, that is. Full of quicksand and Rodents of Unusual Size. Lagoons were inhabited by shrieking eels. And the most beautiful woman in the world was named… Buttercup? Well, it's a bent fairy tale.”

Lana tuvo con las últimas tres palabras. Le mostró la caja a Margret y ella sonrió. 

Cuando Lana quiso saber el nombre del actor que interpreta a Westly, Margret puso el índice en los labios y tocó la cabeza de Cassandra. Luego susurró “Cary Elwes”. Cassandra durmió durante casi toda la película y Lana disfrutó la historia mucho. 

Mientras Margret preparaba tortilla española para el almuerzo, Lana le hizo una corona de trenzas a Cassandra y ella le contó sobre su trabajo en la escuela. Le habló de las pandillas del barrio, que se identifican por colores, y le dijo que la biblioteca es el lugar seguro para niños que huyen de la violencia en sus casas. Saben que no los van a buscar allá.

Después de almorzar y limpiar, Margret propuso un juego de adivinanza. Alguien escogía una pieza musical y las demás tenían que adivinar con qué obra se relacionaba. Margret empezó a reproducir una canción de Fairport Convention cuyo título no quiso decir. Duraba más de siete minutos. Había que escuchar la canción completa. Lana adivinó, cuando escuchó “And at the end of seven years she pays a tithe to hell/ I so fair and full of flesh and feared it be myself. /But tonight is Hallowe'en and the faerie folk ride/ Those that would their true love win at Miles Cross they must buy/ So first let past the horses black and then let past the brown/ Quickly run to the white steed and pull the rider down.”

Fire and Hemlock! —gritó Lana, pues le parecía que la adivinanza era difícil y se sentía orgullosa de saber la respuesta. 

—¡Bravo! —aplaudieron Cassandra y Margret.

—¿Por qué? ¿Por qué esta novela?

—Me pareció que el tema del día era jóvenes lectores y los adultos que los acompañan. —dijo Margret. —¿Te gustó la novela? Es mi favorita de Diana Wynne Jones.

—Me gusta cómo Tom alimenta a Polly con literatura, —enunció Lana, —enviándole libros desde todos los lugares en los que está de gira con la orquesta filarmónica o con el cuarteto de cuerdas, y que si ella estudia literatura en la universidad no es por la escuela ni por la familia, sino por cómo llegaron los libros a su vida. Me gustó mucho la novela porque, al final, Polly entiende la lógica de la reina de las hadas y puede salvar a Tom, renunciando a él mientras afirma su individualidad. Amar no significa renunciar a uno mismo. Además, la vida y la muerte de Tom siempre estuvieron en manos de mujeres.

—A mí me gusta cómo Diana Wynne Jones mezcla las leyendas medievales de Tam Lin y Thomas The Rhymer con los tiempos modernos y actualiza la historia —comentó Cassandra. —La canción que escuchamos es una de las versiones de Tam Lin, en la que Jane, una joven soltera queda embarazada y decide abortar por no poder estar con el padre de su hijo, quien es un rehén de la reina de las hadas. Esa autonomía femenina es la que se representa con el final de Fire and Hemlock. En la leyenda y en la novela, es una joven quien salva a Tam Lin, Tom Lynn, y es ella la que tiene el control de su futuro y el del caballero.

—Para mí, a partir de hoy, Tom Lynn tiene rostro. Tiene la cara de Cary Elwes en… —Lana tomó la caja del videocasete y leyó en voz alta, —The Princess Bride

—Cuéntanos, ¿cómo leíste o cómo releerías Fire and Hemlock? —propuso Margret.

—Mi papá es músico de orquesta sinfónica, toca el contrabajo, entonces en casa hay muchas grabaciones de música de orquesta y de cámara, y partituras también, pero eso no viene al caso. Yo empecé a escuchar la música y a los compositores mencionados en la obra. Es una manera de vivir la literatura, es como darle una dimensión adicional. También intenté leer algunos de los títulos que Tom Lynn le regala a Polly, pero no avancé con ninguno, que yo recuerde. No he leído Lord of the Rings, por ejemplo. Es decir, todos esos libros están en lista de espera. Creo que lo único que tengo conciencia de haber hecho es establecer las similitudes y diferencias que tengo con Polly. Por ejemplo, mi abuela es mi figura materna. Es la madrastra de mi papá, pero para mí es mi abuela y ella me quiere más a mí que a su propio nieto. Es coreógrafa de danzas folclóricas y estoy en ese ambiente, pero ella se queja de que me interesen más los libros que el baile. Entonces, mi influencia viene más de afuera de la familia que de adentro, como es el caso de Polly, porque no hay nadie interesado en libros entre mis familiares. La diferencia fundamental entre Polly y yo, además de que ella es blanca y rubia plateada y yo lo contrario, es que ella puede crear historias y yo no. A mí no se me ocurre nada que contar. Me gusta leer y hablar de lo que leo, pero no creo que yo sea capaz de inventarme una historia.

—¿Qué crees que pasa después del final?—pregunta Margret.

—Pienso que Polly podría darse la oportunidad de salir con Tom, un hombre 10 años mayor que ella, por un tiempo, pero no de manera definitiva. 

—Yo estoy de acuerdo con Lana, —secundó Cassandra, —pero es que creo que después de haber salvado a Tom echándole en cara que él la usó para engañar a la reina de las hadas, no creo que se restablezca la imagen que ella tenía de él antes de darse cuenta de eso y no puede tomarlo en serio por mucho tiempo.

—Si yo fuera Polly sí me quedaba con Tom Lynn. Sólo imagínense uno teniendo un concierto de cello todos los días. Y amigos como el cuarteto Dumas. Alucinante —dijo Margret esto último en español.

—¿Por qué la pregunta sobre cómo leer la novela? —cuestionó Lana.

—Queremos saber si vas a ser maestra o escritora —afirmó Margret. —Ambas son posibilidades entre los jóvenes lectores. Y como ya estás en edad de decidir una profesión, quisimos jugar a ser padres e indagar. Quizá nunca tengamos una conversación así con nuestra hija. 

—O hijo —propuso Cassandra.

—O hijo. Hay cosas que uno hace como si fuera un padre experto cuando no es padre aún, porque cuando uno llega a hacerlo, toda la experticia se pierde o es inútil —dijo Margret, con una sonrisa enorme, antes de besar a Cassandra en la frente.

—¿Me están probando o se están probando? —preguntó Lana.

—Las dos cosas —dijo Cassandra, empujando con el hombro a Margret. —A esta persona se le ha escapado el lado masculino, escrutinador, ese lado que es todo Mr Rochester o St. John Rivers.

—No entendí la referencia.

—La señora Cassandra aquí, sostiene que los hombres siempre están escrutinando a las mujeres, juzgándolas y utiliza como arquetipo de ese talante masculino a Mr Rochester y Mr Rivers, el primo de Jane Eyre. Yo pienso lo contrario, escrutinar a las personas es mi lado femenino, mi lado de partera, como decía Sócrates. Con preguntas, ayudo a que las personas aclaren sus ideas, no estoy aquí para juzgar, sólo para ayudar a dilucidar.

—¿Y entonces?

—La que tiene que dilucidar eres tú. —dijo Margret. —¿Maestra o escritora? ¿O alguna otra cosa?

—Yo digo que maestra —opinó Cassandra. —Porque diseñar una experiencia de lectura con elementos externos, como la música y otros libros, y la asociación con experiencias personales es algo que haría una maestra. Además, Lana ya dijo que no inventa historias.

—Pero puede ser una escritora de otra cosa que no sea ficción. Puede ser periodista, los periodistas también son buenos lectores—interpuso Margret. —De todos modos, yo creo que hay otra alternativa y esa es ser bibliotecaria.

—¿Por qué? —preguntan a coro Lana y Cassandra.

—Porque lo que Lana propuso es una experiencia que se sale del alcance de un aula de clase y Fire and Hemlock no es algo para leer en la escuela.

—A mí me gustan las bibliotecas, pero nunca se me había ocurrido ser bibliotecaria —dijo Lana, mirando a Margret, intentando imaginarla en la biblioteca. No la veía. Entonces cambió el tema de la conversación. —¿Cuándo van a revelar el nombre de niña?

Cassandra y Margret sonrieron, mirándose a los ojos. De una pila de libros que estaba en la mesa de café, Margret sacó uno y se lo mostró a Lana.

—¿Has leído este? —preguntó, entregándoselo. 

Lana recibió el libro, leyó la portada y negó con la cabeza. 

—Puedes venir esta semana a la biblioteca para devolver este ejemplar y me dices cuál crees que es el nombre de niña que escogimos y por qué. 

Lana abrazó el libro y sonrió con un poco de timidez, como si Margaret la hubiera invitado a salir. En ese momento, sonó el timbre.







Comentarios

Entradas populares de este blog

Manuel: el polideportivo

La segunda venida de Hilda Bustamante

Adiós, Bilibili Comics