Lana: la cocina de mamá Rosa
LANA
CALI, 1990
LA COCINA DE MAMÁ ROSA
Lana estaba en la cocina, lavando verduras para preparar la cena. Su primo Lorenzo entró por un vaso de agua.
—¿Va a quemar comida hoy? —dijo Lorenzo con el vaso aún en la boca.
—Si no quiere, no coma. —contestó Lana.
Lorenzo se sirvió otro vaso de agua y lo lavó antes de ponerlo en la bandeja de los vasos.
—Acomídese a ayudar —ordenó Lana. —Lave las papas y pélelas.
—Acomídase. A-co-mí-da-se. —la corrigió Lorenzo.
—A-co-mí-da-se a lavar las papas. —reformuló Lana.
—Si me lo pide, ya no es acomedimiento. —justificó el muchacho.
Lana terminó de rayar zanahoria y empezó a trozar lechuga. Lorenzo se quedó mirando las piernas de Lana, los hombros, las trenzas, el resorte de la pantaloneta.
—Prima bella. ¿Usted ya sabe que va a estudiar en la universidad? —intentó cambiar la conversación.
—Una licenciatura. —dijo Lana sin interés.
—Será la de idiomas, porque su español todavía da pena. —se burló Lorenzo.
—Usted de vez en cuando tiene ideas geniales, ¿no? —largó el sarcasmo Lana.
—En esta familia, los hombres somos inteligentes. Inteligentes y exquisitos. —alardeó el muchacho. —Tan inteligentes y exquisitos que nos llueven las mujeres.
—Usted está describiendo a mi papá. La descripción es dos tallas demasiado grande por usted. —replicó Lana.
—Le voy a contar lo que me pasó esta mañana para que sepa lo exquisito que soy. —dijo Lorenzo mientras ponía las papas en la tabla de picar. —Cuando salía de la universidad, me paró un tipo que se había bajado de un campero Suzuki. En el carro iban una mona y otro tipo, el conductor. Me dijo que la amiga del carro nunca había estado con un negro y que me tenía ganas. Me ofrecieron plata por acostarme con la mona. Y yo les dije que no, gracias, que yo tenía principios y que no estaba en venta. Lo cual es cierto, pero además me daba miedo de que me llevaran al río Cauca o algo así.
—¿Esta historia es para insinoar que las mujeres lo encuentran pinta o qué? —buscó aclarar Lana.
—Para que se convenza de que estoy bueno y que las mujeres me desean. —dijo Lorenzo sin tocar las papas de nuevo. Acercó su mano al resorte de la pantaloneta, sin tocarlo. —¿Sabe de qué me di cuenta con este asunto? De que yo nunca he estado con una negra.
Lana acababa de poner la ensalada en la nevera y, al darse vuelta, se encontró con Lorenzo de frente. Él la arrinconó contra el mesón y le metió mano.
—Prima bella. Usted sabe que todos mis amigos le tienen ganas, ¿cierto? Y yo también. Sea mi primera y déjeme ser el primero.
Lana no sabía qué hacer con las manos, así que se prendió del mesón. No le salían las palabras. Estaba asustada, confundida al sentir los delgados y fríos dedos de Lorenzo entibiarse. Con la mano libre, el muchacho sujetó a Lana por la nuca, debajo de las trenzas, y se pegó a su cadera para que ella sintiera su erección. Cuando él intentó hundir un dedo más allá, Lana pudo reaccionar. Con ambas manos agarró la muñeca de Lorenzo para sacarla de su ropa interior.
—What’s wrong with you?! Don't touch me! Do not touch me ever again! Piece of scum! —gritó Lana al liberarse.
Rosa, la madrastra de Joseph, había llegado en ese momento y vio a Lana correr hacia el baño y a Lorenzo deslizando una mano en la sudadera y la otra a punto de llevársela a la cara. Se acercó al joven, le dio dos cachetadas, lo agarró de las orejas y lo llevó hasta la puerta de la casa.
—Usted ya no es nada mío. Por aquí no vuelva. —le ordenó Rosa a su nieto con desprecio.
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