Lana: el comedor de Mamá Rosa
[Viene de Lana: la cocina de Mamá Rosa]
LANA
CALI, 1992
EL COMEDOR DE MAMÁ ROSA
Rosa invitaba a sus hijos a almorzar todos los sábados, pero tuvo que adelantar la reunión familiar de la semana por un viaje fuera de la ciudad. Había preparado archuchas rellenas de carne, una de las comidas favoritas de Lana.
Álvaro y Beatriz ya estaban a la mesa cuando Lana llegó y los saludó de beso y abrazo, como siempre. Lázaro ya no asistía a los almuerzos familiares. Sus padres no sabían por qué. Joseph quiso prender el televisor para escuchar las noticias, pero Rosa le pidió que no lo hiciera.
—Cuéntenme cómo les fue en la universidad —les pidió a Lana y a Joseph.
—Bien, Mamá Rosa. Mi papá me pagó la matrícula y ya puedo decir que soy estudiante de Univalle. Empiezo en agosto... La próxima semana.
—Pero, creo que Mamá Rosa quiere saber es cómo te sentiste —intervino Beatriz, la madre de Lázaro. —¿Te gustó caminar por la ciudad universitaria? ¿Qué tanto paseaste? ¿Conociste a alguien de Idiomas? ¿Te encontraste con alguien conocido?
—Mi papá me llevó a caminar desde Idiomas hasta los auditorios, me mostró un museo y audiovisuales, por fuera no más. Sí entramos a la biblioteca, pero eso fue aburrido porque sólo hay una sala con libros que uno puede ver, pero no los puede sacar.
—Fue un paseo del lago para allá. No alcanzamos a ver la cafetería central. Ya te toca conocerla a ti solita, mami —dijo Joseph.
—Del lago para acá —dijo Álvaro con una sonrisa burlona.
Todos rieron, menos Lana que no entendió el chiste.
—Lana no necesita encontrarse con conocidos para empezar a conversar. Cuando llegué estaba hablando con un señor, óiganme bien, con un señor, dizque estudiante de biología, pero tenía más cara de profesor que… Un jovencito no era, tenía por lo menos 27 años. Y le estaba hablando de maticas que dan luz en el laboratorio y Lana estaba embelesada con él.
—Por lo menos es de Ciencias. Ojalá fuera de Ingenierías —opinó el tío Álvaro.
—Con tal de que no sea de Química. Hay mucho papá contento de tener un hijo estudiando Química. Qué horror. Esos sólo sirven para armar bombas y trabajar en laboratorios para mafiosos —declaró Rosa.
Lana contuvo la respiración por un momento porque su amiga Theresa cabía perfectamente en esa descripción. Su padre estaba orgulloso de que entrara a Química, y Theresa le había dicho que él se hacía la ilusión de que ganara mucha plata con esa carrera, pero que ella creía que lo iba a desilusionar. Ahora Lana entendía por qué.
—Hay que cuidarse, no de los que arman las bombas, sino de los que las tiran —sentenció Álvaro.
—¿Pero te gustó el muchacho? —le preguntó Beatriz a Lana, con sincero interés en escucharla.
—Era un pollo crudo —dijo Joseph, largando una risa contagiosa que todos siguieron.
—Pero la niña tiene derecho a escoger lo que le gusta, ¿no? —abogó Beatriz —sea pollo crudo o sazonado, horneadito o quemado.
Más risas en la mesa.
—Oye, Lana, ¿y a ti cómo te gustan los hombres? A ver —preguntó Álvaro.
—Yo sé cuál es el tipo de Lana —se adelantó Joseph. —A Lana le gusta un hombre blanco, alto, de pelo oscuro y largo y de ojos azules, con acento de Madrid: alucinante.
—¿Y eso qué es, un actor? —preguntó Rosa.
—Un travesti —dijo Joseph.
Más risas.
Lana había dicho poco y no había encontrado nada de qué reírse. Se levantó de la mesa y miró con rabia a Joseph.
—¡Acomplejado! —le gritó. —Sí, me gusta Margret. Es la mejor persona que he conocido jamás. Por lo menos sabe disculparse y no hace sentir mal a otros, no se ríe de nadie. Nunca te voy a perdonar que te burlaras de ella en su cara y no fueras capaz de disculparte.
Miró sus manos prendidas a la silla. Temblaban. Sin aflojarlas, le gritó a su familia:
—Los odio. A todos. Por gente como ustedes, mis amigas no pueden vivir sin miedo y tienen que esconderse. La gente más valiosa del mundo tiene que ser invisible para que ustedes puedan reírse.
Se fue.
—¿Trapitos al sol? —dijo Álvaro.
Nadie rió.
—Voy a prender las noticias —dijo Joseph.
[Sigue Lana: Fragmentos de diarios (1985-1992)]
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