Duelo
Entramos a mi habitación besándonos. Estaba a media luz, la lámpara de dibujo sólo iluminaba la mesa. El segundo en el que mi lengua fue más agresiva, ella abrió los ojos y la vio. Se acercó hacia la luz, pero no fueron mis bocetos lo que despertó su curiosidad. “¿Qué compraste en Amazon?” Lo dijo como si esperara que hubiéramos comprado algo similar al tiempo. Me senté sobre la cama, la mirada fija en mi mano sobre la rodilla. Solo entonces miró los bocetos de frutas cortadas. “Cosas mías” dije en voz muy baja. Permaneció callada y no tocó nada. Cuando nuestras miradas se encontraron de nuevo, anuncié “Te llevo a casa.” Y así salió de mi vida sin pasar por mi cama. No lo iba a hacer nunca. Se había acercado demasiado a la cajita. Si la hubiera abierto, ¿qué habría pasado? ¿qué rostro le habría conocido? ¿Qué gritos o insultos habría escuchado?
Antes de sembrar el naranjo, papá me instó a pedir un deseo. Pedí un poco de las cenizas de mamá. Yo no quería sembrarla completa, dejarla en su jardín para que su última presencia nutriera el árbol del que comeremos todos. Yo quería un poco más de mamá para mí. Un poco más de todo lo que fue: de su dulzura, su amargura, su ternura, de su humor, su rubor, su sudor, de su paciencia, su inconsistencia y su resistencia, también. Por eso la tengo tan cerca. Su presencia habita mi casa, me acompaña en mi habitación, sin juzgarme por tenerla en una cajita sonriente donde ni la escondo ni la entronizo.
¿La dejaré ir? ¿Cómo la dejaré ir? ¿Quién seré cuando se haya ido completamente? ¿Cómo será vivir sin su presencia en casa? ¿Cómo seré yo sin ella? No me atrevo a pensarlo.
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