Duelo. La naranja


Sobre las cenizas de mi abuela sembramos un naranjo que tomó varios años en producir unas naranjas amargas. De ahí el temor a probar las que en mucho menos tiempo cargó el árbol que sembramos sobre las cenizas de mamá. Papá me entregó una naranja, afirmando que no había nada que temer. Esta primera cosecha era dulce. Los frutos del árbol de mi abuela, vecino del de mamá, también lo eran esta vez.

La naranja que traje a casa fue la nueva presencia de mamá cerca de mí. Por dos días ocupó la mesa de la sala casi todo el tiempo. Durante las comidas, me acompañaba en la mesa. Le tomé fotos a diferentes horas del día para ver el cambio de luz sobre su redondez. Finalmente, partí la naranja en dos y la abrí formando un ocho con las mitades mostrándome su carne, cada una la imagen de una vulva. Ambas las devoré, ansioso. La naranja, mi madre.




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