Manuel: el polideportivo



MANUEL
CALI, 1988
EL POLIDEPORTIVO

        Junio era la época del año en la que Manuel se reencontraba con los amigos de la primaria a la que iba cuando sus padres y él vivían con sus abuelos. Se habían mudado antes de nacer su hermana, porque necesitaban más espacio para vivir como familia. Sus amigos, todos de 13 años como Manuel, púberes incontrolables, han descubierto algo muy bacano para hacer entre los partidos de fútbol por la tarde en el centro deportivo del barrio. Le presentan a Manuel un nuevo amigo con el que han pasado tardes inolvidables. Detrás de la caseta del polideportivo, por el bebedero, se reúnen en círculo y sobre una banca de cemento se turnan para zafarse la pantaloneta y hacérselo mamar del nuevo amigo. Más que inolvidables, insuperables son las felaciones de Felipe, el chico con síndrome de Down. Alguien custodia la esquina de la caseta para evitar ser descubiertos por los adultos. Alguien más tiene a la mano juegos con que entretener a Felipe. 

         Mauricio le dice al chico que tiene que darle la bienvenida a Manuel del mismo modo que le había dado las gracias a César por traerle un paquete de chancarina y una Coca-Cola. En vez de ponerse sus lentes espesos, le sonríe a Manuel con una sonrisa de medio lado, llena de alegría, le hace un gesto con la mano y dice algo que suena como “Vení”. Pero Manuel retrocede dos pasos, mira hacia la reja del centro deportivo y ve una mujer cargando una bandeja con bebidas y sándwiches.
 
—Viene alguien. —advierte Manuel, pensando que un refrigerio nunca fue mejor excusa para evadir lo que no quería hacer. 

Rápidamente, Carlos saca de una bolsa dos triquitraques que con Javier hace tronar como si se estuvieran retando en un juego de piedra-papel-y-tijeras. Ese ritmo alegra a Felipe, que sonríe de bruces sobre el bebedero, mientras César lo anima a tomar agua diciéndole “Oye, estabas seco.” Mauricio, sentado en el suelo con el balón de fútbol entre las piernas, mira a la mujer del refrigerio.

—Uy, doña Amparo, usted sí es la mejor mamá del mundo. 

Ella, sin percatarse de que no estaban sudados ni sucios ni parecían sedientos ni agotados, como cuando se juega al fútbol, lo mira con toda la sinceridad que le cabe en la cara al contestarle:
—¿Cómo más puedo pagarles que quieran pasar tiempo con mi hijo?

        Aunque le da las gracias a doña Amparo, Manuel se va sin tomar la merienda, completamente decidido a nunca contarles a sus amigos acerca de su hermana. 


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