Duelo. El desayuno

Un sábado en la mañana me senté a la mesa con la cajita. “Mira, mamá. Este es un desayuno que te gusta. Batido de frutas con yogurt, tostadas con mantequilla de maní y cubitos de tofu. Un puñado de nueces y arándanos secos. El batido tiene una pizca de tus cenizas. Tu cuerpo, que me alimentó cuando estaba formándome dentro de ti también lo hace ahora. ¿Recuerdas cuando me enseñaste a hacer leche de soya y tofu?”

En medio del desayuno llegó Mariana, mi amiga pía como su nombre. Su saludo fue juguetón. “Te traje un regalo. Tienes que aceptarlo. Y no te puedes enojar”. ¿Cuándo en nuestros años de amistad me había dado un regalo? Ella era más bien de invitaciones, por eso no recordaba ninguno. La curiosidad habló por mí. “Dale”. De su mochila sacó una caja de madera. Su tono cordial desapareció cuando notó la cajita de Amazon sobre la mesa. “Es para las cenizas de tu madre”. La indignación de su rostro acentuaba sus palabras. “Merece un trato mejor. ES TU MADRE”. Me mordí el puño antes de decirle “Ya te dije que acepté el regalo, ahora lárgate”.



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