Dentro de la blusa
Eso de “las mujeres no deben dejar que las vean llorando” lo aprendí a los quince años, cuando me hice mi primera pregunta filosófica: “¿Quién soy yo?” Como no se me ocurría respuesta alguna, me puse a llorar en el corredor que conectaba las secciones de primaria y bachillerato del colegio. La hermana Elena, con discreción de guardaespaldas, ahuyentó las miradas de la jauría de niñas que buscaban la ruta y que se detenían ante el espectáculo de la estudiante más alta del colegio agarrándose la nariz con un pañuelo a cuadros rosa, café, amarillo y naranja. Me escoltó serenamente hacia la capilla y me interrogó. Sollocé mi pregunta filosófica y me dijo que mientras meditaba la respuesta, era mejor que me quedara allí, alejada de las miradas ajenas. "No creo que puedas contestarte a ti misma hoy, pero no dejes que nadie te vea llorar. Nunca más”. Le he fallado a la hermana Elena algunas veces, pero no en los momentos en los que se espera que una mujer llore. En el entierro de p...