El estudiante



“Como él no es de aquí, sí lo respetan. A él hay que pedirle. Si ni a don Isaías le han hecho caso, siendo el suegro, el que les dio la marrana. Pero este muchacho viene de la ciudad y sabe hablar, además tiene presencia, él debe ser el que haga justicia en esto, así que ahorita temprano salimos a buscarlo para que nos ayude a darle una fiesta bien bonita a la niña. No podemos dejarla sin su comida porque esto sólo se hace una vez y viene la familia del Tolima.”

Pero a las seis de la mañana cuando Eusebio y Herlinda cuajaban parte de la ordeñada, les madrugó Julio a compararles queso y leche para llevar a la ciudad. Había supervisado las actividades de los trabajadores en la hacienda, les había pagado su salario y debía regresar a las clases en la universidad. Eusebio le llenó una garrafa de leche sin cobrarle y le pidió el favor que lo apesadumbraba.

Julio tomó el asunto de Eusebio como personal. Debía hacerse cargo de todo lo que ocurriera en la hacienda en ausencia de los dueños, que no podían asomarse por sus tierras desde que la guerrilla los boleteó. Mediar, le tocaba. ¿Le nacía? Fue de buen ánimo a hablar con Rafael. “Mire Rafa, Eusebio le está dando un buen precio por ese animal, no se haga de rogar, hermano, que a usted le sirve la plata más que esa marrana vieja. ¿Qué tiene que el otro quiera hacer la lechona para la primera comunión de la peladita?” Y Rafael no se destrancaba, seguía negándose a negociar la marrana. Nada valía. El hombre no decía palabra, pero se notaba que su renuencia no se fundaba en el cariño por el animal. Que necesitaba la plata, todos lo sabían, que nadie más estaba dispuesto a comprar esa marrana vieja y que no había otra forma de deshacerse de ella que no fuera a pérdida, Rafa lo tenía muy presente; pero persistía en no venderle nada a Eusebio.

Cansado de intentar conciliar por las buenas sin llegar a nada, Julio no veía la hora de volver a Medellín. Estaba ansioso por guardar en el morral esa cara de patrón que respetaban los campesinos. Quería hacer otras cosas: ir a cine, honguear con amigos de la clase de farmacología, hacer el amor con una de las hermanas Marín, o visitar a César en la pocilga donde se escondía después de las revueltas estudiantiles.

“Diga, pues, por qué no le quiere vender la marrana a este pobre hombre y acabemos de una vez con esto”, insistió Julio con una oscuridad en la voz. Y cuando Rafael apretó los dientes para evitar decir algo que lo avergonzara, el estudiante capataz sacó un revólver y le disparó a la marrana, que no alcanzó ni a chillar. “¿Cuánto quiere por eso?”, dijo ya desganado, pero desafiante.

Los hombres se miraron a los ojos, miraron el animal muerto, se miraron de nuevo y finalmente miraron a Julio. Uno parecía el reflejo del otro. Eran idénticos en su expresión.

El muchacho no dijo nada más. Tiró su morral vacío en las sillas de atrás del campero y se marchó sin despedirse.

Ya en la ciudad, fue al apartamento de su novia, y abrazado a su cintura se preguntaba a sí mismo si creía en algo con suficiente firmeza para no tranzarse jamás. “¿Y cuál era el problema? ¿Por qué no quería venderle la marrana?” “Rafa es evangélico y no quería desperdiciar el animal en una celebración de católicos. Ahora deben estar de acuerdo. No con algo que tuviera que ver con la marrana, sino conmigo. Y yo también estoy de acuerdo.”

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