Secreto
Me di cuenta de que mi primo Memo no era hijo de mi tío en un paseo de río, cuando teníamos 12 años. Él era tres meses mayor que yo y el líder indiscutible de todas las aventuras que emprendíamos en las casas de veraneo o los paseos de pesca. Yo nunca había visto a mi abuelo sin camisa, pero ese día, mi hermana Alicia terminó engarzando el anzuelo para sardinas en la manga del abuelo y él se quitó la prenda para evitar una rasgadura mayor. Y ahí estaba, en la mitad de su espalda desnuda, un lunar de carne, tirando un poco hacia la derecha. Muy parecido al lunar que he visto muchas veces en la espalda de mi tío Efraín, a los de sus dos hijos menores y a los de los hijos de mi tía Luisa. Es un lunar de familia. Todos los hombres lo tenemos. Todos, menos Memo.
Le pregunté a mamá por el lunar de Memo. Por qué no lo tenía. Y ella me contó, como si no fuera un secreto, que él no lo tenía porque él no era González. Pero sí lo era. Al menos para mí. Me explicó que mi tío Efraín se casó con la tía Isabel para que no la deportaran y que ella ya estaba embarazada cuando se conocieron. Total, mi tío ha sido el único padre que Memo ha conocido y en la familia su posición es muy privilegiada. Siempre he tenido la impresión de que es el nieto favorito de la abuela, incluso el hijo preferido de mi tío Efraín. Aparte de mi tía Luisa, creo que todos gravitamos hacia la alegría de Memo, sus ocurrencias, sus trucos de magia, sus chistes. Su gracia inimitable. Una gracia que nos falta a los González y que por eso la buscamos en él. Los González somos tristes. Lo necesitamos a él para hacer nuestra vida llevadera. El único paseo de familia en el que Memo no estuvo fue el peor de toda mi vida.
La semana pasada, Ana María, mi pareja por los últimos cinco años, me dijo que quería suspender la píldora. Me susurró al oído que quería tener un hijo conmigo. Y la imagen que se me vino a la mente fue el recuerdo de Memo cuando aprendimos a montar bicicleta a los cinco años. Y luego lo vi de nuevo ese día cuando descubrí que no tenemos lazos de sangre. Pensé en ese lunar maldito de la familia. ¿Será nuestra tristeza hecha carne en nuestras espaldas? Con esa tristeza a cuestas, me da miedo tener un hijo. Lo quiero, pero no ese lunar.
La semana pasada, Ana María, mi pareja por los últimos cinco años, me dijo que quería suspender la píldora. Me susurró al oído que quería tener un hijo conmigo. Y la imagen que se me vino a la mente fue el recuerdo de Memo cuando aprendimos a montar bicicleta a los cinco años. Y luego lo vi de nuevo ese día cuando descubrí que no tenemos lazos de sangre. Pensé en ese lunar maldito de la familia. ¿Será nuestra tristeza hecha carne en nuestras espaldas? Con esa tristeza a cuestas, me da miedo tener un hijo. Lo quiero, pero no ese lunar.
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