Dentro de la blusa

 Eso de “las mujeres no deben dejar que las vean llorando” lo aprendí a los quince años, cuando me hice mi primera pregunta filosófica: “¿Quién soy yo?” Como no se me ocurría respuesta alguna, me puse a llorar en el corredor que conectaba las secciones de primaria y bachillerato del colegio. La hermana Elena, con discreción de guardaespaldas, ahuyentó las miradas de la jauría de niñas que buscaban la ruta y que se detenían ante el espectáculo de la estudiante más alta del colegio agarrándose la nariz con un pañuelo a cuadros rosa, café, amarillo y naranja. Me escoltó serenamente hacia la capilla y me interrogó. Sollocé mi pregunta filosófica y me dijo que mientras meditaba la respuesta, era mejor que me quedara allí, alejada de las miradas ajenas. "No creo que puedas contestarte a ti misma hoy, pero no dejes que nadie te vea llorar. Nunca más”. 

Le he fallado a la hermana Elena algunas veces, pero no en los momentos en los que se espera que una mujer llore. En el entierro de papá los que lloraron fueron los hombres, los que no estuvieron cerca durante sus años en cama como adulto vulnerable. En el nacimiento de mi primera hija yo estaba demasiado concentrada en determinar si sentía contracción o no. “Cuando sienta un dolor insoportable, empuje”, me había dicho la enfermera jefa. Y mi cuerpo vibraba, desde los pechos hasta las rodillas, pero yo pensaba que el tremor era soportable, así que no empujaba. La enfermera decidió decirme cuándo empujar y yo lo hacía aun dudando si el dolor era intolerable en ese momento. El estado de duda me alejó del llanto. En el nacimiento de mi segunda hija, yo estaba demasiado ocupada odiando a la enfermera jefa que me había dicho al conocerme que era bueno que hablara inglés, que todo inmigrante que llegaba a Canadá debía saber inglés y si no, era mejor que desistiera de migrar. Pero ese fue un odio secundario. El odio principal estalló cuando me presionó contra la camilla para expulsar a mi bebé completamente acostada en posición horizontal. Como me dio Laughing Gas, esa vez tampoco lloré. Lo que pudo ser lágrimas se transformó en una risa cínica. 

Mis llantos públicos han sido por la muerte de compañeros universitarios. 

Univalle, Cali, octubre de 1994. César García recibe el disparo que le sacó la vida sin que él se diera cuenta, frente al edificio en el que terminábamos el examen parcial de Análisis Cuantitativo de Datos. Lloré en realidad por sus hijas. La monogamia no era lo suyo, pero la paternidad sí. Liliana espantó mi gimoteo “las niñas, las niñas” con sus gritos: “Ya, ya, ya”. 

UBC, Vancouver, diciembre de 2011. Tras semanas de angustia por la desaparición de Ximena Osegueda, nos informan que han encontrado sus despojos en una playa de Oaxaca. Sus despojos: un cuerpo atado, apuñalado, quemado, envuelto en una bolsa de basura. Nos permiten ir a consejería psicológica en grupo. Frente a la psicóloga, contamos nuestras experiencias de pérdidas. Susa nos habla de su niña que nació muerta, Carmen agrupa en su memoria a sus amigos guerrilleros en Guatemala, y yo recuerdo el disparo en la cabeza que me quitó un primo. El llanto y el abrazo compartido salvan la tarde, pero no nos salvan de la tristeza por Ximena. Aún hoy. 

Hace poco descubrí una reacción de mi cuerpo que me facilita cumplir la sentencia de la hermana Elena. Por segunda vez, mi esposo me disuadió de estudiar Escritura Creativa. Sus argumentos dolieron, pero mis sentimientos no se desbordaron por los lagrimales. Marcharon hacia otras glándulas. Mantuve la cara inexpresiva y los pezones hormigueándome dentro de la blusa. 

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