Lana y Manuel: El Corral
[Viene de Lana, Manuel, Anabella y Javier: Renault Twingo]
LANA Y MANUEL
CALI, 2004
EL CORRAL
Lana y Manuel estaban esperando la orden de combos de hamburguesas de El Corral con porciones adicionales de anillos de cebolla cuando Theresa llamó.
—A qué no sabes a quién me hinqué en el molar.
—¿Hincar a alguien en el molar? —trató de entender Lana.
—A tu amigo William, me lo eché a la muela.
—¿Te echaste a William a la muela? ¿Eso qué significa?
—Significa que se lo comió —dijo Manuel cerca del celular. —Buena esa, Theresa. Dile a Willy-ly que ya era hora.
—Si estás con Manuel para qué contestas el teléfono, pendeja —dijo Theresa y colgó.
Lana se quedó con el celular en la mano como ofreciéndoselo a Manuel.
—¿Esos dos no eran amigos tuyos desde la universidad?
—No. Theresa y yo nos graduamos del bachillerato juntas, pero ella primero estudió Química por dos años y luego se pasó a Literatura. William y yo sí nos conocimos en Idiomas, pero ellos no se conocían desde la universidad. Los presenté yo cuando nosotras empezamos a trabajar donde te conocí.
—Pues hacen muy buena pareja. Los dos son más bien cáusticos.
—Cáusticos no son. Ambos son muy sensibles. Lo que tienen en común es que son muy directos y que ambos tienen pasión por la literatura. Eso los hace compatibles, supongo. Yo creo que ellos pueden ser de los que se leen en voz alta en la cama el uno al otro.
—¿Qué te hace pensar eso?
—William y yo leíamos juntos, acostados en una hamaca. Él era muy lindo.
—¿A ti no te da cosita que yo me pueda poner celoso escuchándote hablar bien de un antiguo amante?
—¿Debería yo ponerme celosa con las Confesiones de noviembre?
—¿Lo estás?
Un silencio.
—Antes de verlos juntos a ustedes tres, lo estaba. Pero ya no.
—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?
—Darme cuenta de que ustedes se aman de una manera que yo no puedo entender ni puedo juzgar. No tengo primos hermanos ni amigos con quienes crecí hasta los diez años. Javier y tú vivieron situaciones amenazantes, pero se protegían el uno a otro, a mí nadie me protegió hasta esa edad. No tengo deudas mentales ni morales por la buena compañía de una persona de mi misma edad durante mi infancia. Desde que aprendí a leer, mi compañía, mi amistad, fue la de los libros y la protección fue la de la biblioteca, no precisamente en la sección infantil.
Manuel, instintivamente, puso la mano en el pecho, sobre el corazón. Una infancia sin Javier ni Anabella, ¿por quiénes estaría poblada? El pensamiento le pareció insoportable. Abrazó a Lana y ella se dejó abrazar. La orden estaba lista para llevar.
—If you want to sleep with Javier as a farewell thing, I am okay with it.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—¿Y Anabella?
Lana abrió los ojos, asombrada ante la pregunta. No dijo nada.
—Yo no voy a dormir con Javier ni con Anabella, así te parezca que esté bien. Este gesto de generosidad no lo entiendo. ¿Me estás probando?
—No lo sé. Pero cuando las pérdidas irreparables se anuncian y tienes opciones para evitar arrepentimientos en el tiempo por venir…
—¿Crees que si a Javier lo matan va a doler menos si duermo con él ahora? —dijo Manuel con una voz que no por baja era menos hiriente o menos herida. —¿Qué lógica es esa? ¿Por qué me obligas a pensar en escenarios hipotéticos? ¿Quieres que Javier se muera y nos echemos a la pena para validar tu mente abierta?
—I don’t want anyone to be hurt.
—What you are suggesting is more harmful for everyone. Even for yourself. I wish you hadn’t said that.
—You were anxious yesterday when you learned they were coming.
—Why are you punishing me? Is it because I was rough during sex last night, or because I bothered your friend over the phone just now?
—No, and no.
—Because I said something bad about your friends, and you had to defend them?
—No!
—You think I am like your father, who needs several relationships at once to be happy?
—What?
Llovía. Un trueno llenó el breve silencio entre Lana y Manuel.
—I’m sorry. I am really sorry. I shouldn’t have said that —dijo Manuel, arrepentimiento bordeando sus ojos.
La lluvia y las palabras de Manuel movieron a Lana a las lágrimas.
—It is I… who is sorry —dijo Lana, su voz abatida.
Un relámpago iluminó la calle.
—I love you —continuó Lana. —I am really sorry. I don’t want to hurt you or your friends.
Luego vino el trueno.
—Evey —notó Manuel, sorprendido—es la primera vez que dices I love you.
[Sigue: Lana, Manuel, Anabella y Javier: el apartaestudio de Manuel]
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