Lana, Manuel, Anabella y Javier: Renault Twingo

 LANA, MANUEL, ANABELLA Y JAVIER

CALI, 2004

RENAULT TWINGO

Para Lana, el regreso a Cali en el carro significaba que estarían encapsulados allí los protagonistas de la vida sentimental de Manuel. Y por ser su familia, no eran personas que pudieran echarse a un lado fácilmente. Tenía que reconocer que estaba celosa, muy celosa de lo desconocido.

Manuel temía que cualquier cosa que dijera incomodara a Lana, entonces se abstuvo de propuestas. 

—¿Qué te parece que podríamos hacer con Anabella y Javier?

Do you mean, like a double date? —preguntó Lana.

—Ajá. —confirmó Manuel la respuesta para ella y la conjetura sobre los celos de Lana para sí: cuando se sentía acorralada, incapaz de autorregularse, ella volvía a su lengua materna.

Tras un silencio largo, Lana enumeró varias opciones. 

—Podríamos ir a avistar pájaros en Dapa o en la Laguna de Sonso, podríamos ir a Vijes a comer sancocho valluno o chuleta, lo que les parezca atractivo a ellos. En el peor de los casos, podemos visitar museos en Cali e ir a San Antonio o al zoológico. ¿Les gusta la salsa? Zaperoco, Tintindeo… Si no, podemos ir al Jazz Bar de Joseph. —dijo Lana, forzando su presencia en la conversación.

El encuentro de Manuel con Anabella y Javier había sido menos táctil de lo que Lana había anticipado. Abrazos un poco largos, pero nada más. En el Twingo, Lana y Anabella se acomodaron en la parte de atrás. La configuración de un corazón: dos aurículas, dos ventrículos, o simplemente un paseo bugueño, como había dicho Javier. 

—¿Qué es un paseo bugueño? —preguntó Anabella.

—Hombres a un lado, mujeres al otro. —contestaron Manuel y Javier al mismo tiempo, sonriendo.

—Ah, menos mal que no es hombres delante de las mujeres. Eso no lo tolero. —afirmó Anabella dándole una palmada en la cabeza a Javier.

Él rápidamente agarró la mano de Anabella, fingió darle un mordisco y luego la besó. Lana se dio cuenta de que Javier era tan juguetón como Manuel.

—¿Tenés música? —urgió Javier.

—La propia, hermano. —dijo Manuel mientras le daba play al reproductor de CD. 

 “Paseando el otro día en la mañana 

me encontré a un amigo de la niñez

hablaba con nostalgia de la infancia

qué dura se ha vuelto la vida después.”

Mientras Manuel y Javier cantaban a viva voz, recordando el viaje en bus a Vancouver, en el que se turnaron el Discman para escuchar el álbum de La Unión, Anabella se cubrió la cara con ambas manos y abrió dos hendijas para mirar con vergüenza al dúo de adolescentes cuasi treintañeros. Se animó a hacer una pregunta que no se le había ocurrido antes.

—¿Por qué ustedes valoran tanto la amistad de la infancia?

Javier y Manuel se miraron.

—¿Lo del hermano de César? —dijo Manuel.

—¿La tortuga? —conjeturó Javier.

—¿El polocho masturbador?—continuó Manuel.

—¡La ahogada de las tetas pecosas! ¡La descalabrada!—agregó Javier. ¡El matadero, por Dios!

— Es que tenemos juntos muchas historias memorables que no se comparan con lo que pasó después, porque lo que vivimos fueron muchas “primera vez que”. —sentenció Manuel. —Primera vez que vimos un muerto, una mujer desnuda y muerta, un adulto masturbándose, a alguien matando animales, a alguien acosándonos sexualmente y muchas otras cosas. ¿Y tú quién crees que te marca más, con quien viste a una persona morir cuando eras niño o quien estaba contigo en tu primera borrachera como adolescente? Ver morir y emborracharse son eventos inconmensurables.

—Algunas de esas experiencias fueron alucinantes —interrumpe Javier, —y uno puede llegar a desconfiar de los recuerdos, de la memoria. Las personas que te acompañaron durante ellas son los testigos de tu cordura, las que confirman que no lo soñaste, que no te lo inventaste. Ahí está el valor del amigo de infancia. —concluyó Javier.

—Pero no todo fue trágico, también hubo cosas que simplemente ya no suceden. Los velorios en las casas. —ejemplificó Manuel. 

—Uy, las novenas donde doña Isabel, —sumó Javier, —que eran descomunales porque tenía el pesebre más grande del barrio.

Ni Anabella ni Lana jamás se hubieran imaginado que, de niños, Manuel y Javier se hubieran salvado mutuamente de ser violados por un vecino o que se hubieran acompañado al huir luego de ver a alguien matando un animal por gusto. Ellos les contaron varias historias que ocurrieron entre tercero y quinto de primaria y Anabella y Lana comprendieron que esa infancia compartida había estado llena tanto de aventuras como de peligros. ¿Cómo cantaban esa canción si claramente la vida dura era la de la infancia?

—¿Tus papás o mis abuelos supieron algo de esto? —preguntó Anabella.

— ¡Jamás! Me hubieran matado. Bueno, quiero decir, mi abuelo me hubiera agarrado a correazos. —respondió Manuel, frunciendo el entrecejo.

—Creo que uno no contaba ni pedía ayuda porque pensaba que le podía ir peor en casa. —afirmó Javier. —Yo veía cómo por cualquier cosa mi mamá se enojaba con mis hermanos y la furia de ella era peor que lo que les pasaba. Hubiera sido sumar o multiplicar malos ratos.

—Para proteger a los niños de malos ratos estamos las trabajadoras sociales, idiota. —rezongó Anabella. —¿Cómo no me dijiste antes?

—Annie, vida mía, nunca preguntaste. —dijo Javier con desparpajo.

—Y vos, Manuel, ¿por qué no me contaste si pasábamos tanto tiempo juntos? —reclamó ofendida Anabella.

—¿Para que me sapiaras con la tía Alicia o con mamita Leticia? —acusó Manuel. —Duh! Ejercí mi derecho de niño a tener secretos.

—Ese derecho no existía en esa época. —recriminó Anabella. ¿Verdad, doctor De la Vega?

—Y tú, Busy Bee. ¿Tú no tienes secretos de esa época que no me contaste? —dijo Manuel, alzando la ceja izquierda al mirar a Anabella en el espejo retrovisor.


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