Manuel: Motel en Radium
[Viene de Javier: Las aguas termales de Radium]
MANUEL Y ANABELLA
RADIUM, BC, 1998
MOTEL
Manuel corre las cortinas para que entre el día en el cuarto del motel. Mira un camión cargado de madera de pino pasar y recuerda cómo años atrás anhelaba visitar estos paisajes llenos de pinos y ahora le parecen más bien aburridos. Nada como la variedad de pisos térmicos y vegetación de Colombia. Las regiones naturales, la biodiversidad. Con estos pensamientos, alisa un poco el edredón de la cama y organiza su mochila como si fuera a salir. En la recepción, pide que le permitan hacer una llamada por cobrar. Sabe que Anabella todavía está en casa.
—¿Bee?
—¡Hola! ¿Por dónde vienen?
—No regresé a Calgary.
— … ¿Y eso?
—Algo pasó en Radium.
—¿Algo pasó o alguien pasó?
—Las dos cosas.
—¿De qué me vas a hablar primero?
—De lo que siento.
—A ver.
—El sábado fuimos a las piscinas termales y… todavía no sé cómo explicarlo.
—…
—Había una niña en la piscina con toda su familia y yo no podía dejar de mirarla. La niña sonreía mucho y su familia también: el papá, la mamá, el hermano mayor. Y todos eran muy desinhibidos. Estaban felices, lo pasaban muy bien.
—Lucía.
—Sí.
El encargado de la recepción percibe que la conversación es íntima y aunque no entiende español, le ofrece privacidad a Manuel, yéndose hacia la puerta del motel.
—Esa piscina estaba llena y yo creo que era el único indecente, morboso, mirándolos como si fueran una novedad.
—…
—Me sentí muy mal. Casi me arrepentí de haber nacido. Bueno, no, tampoco así, pero eso me bajoneó un resto.
—…
—¿Bee?
—Entiendo. Querés volver a Colombia.
—Psí.
—¿De vacaciones o...?
—No lo sé aún.
—Cuando hablo con Lucía por teléfono, siento que ha crecido y que me he perdido de algo, pero viendo a esa familia sentí el peso del cretino que soy por culparla de mis fracasos sentimentales. Y por supuesto por eso de mantenerla como en una burbuja, pero ahí sí no soy sólo yo.
—¿Te parece si cuando regreses lo pensamos juntos?
—Sí, quiero pensarlo contigo.
—…
—…
—Y… ¿quién pasó?
—Javier.
—Y ese, ¿quién es?
—Un pelado de la primaria. No sé si te acuerdas de él, pero probablemente recuerdes a su mamá. Es esa señora que llamaba a sus hijos imbéciles, menos a Javier.
—Ay, no. La odio.
—A mí también me caía mal.
—Esa manera de gritarle a sus hijos y al mundo que tenía un hijo preferido. Imaginate mi mamá haciéndole saber a todo el mundo que soy su favorita. Ja, ja.
—Eres la favorita, porque eres la única hija.
—Idiota. Lo mejor de mi mamá es que para ella es cierto que “cada dedo de la mano es diferente” y no espera que nos parezcamos ni a ella ni a papá o que nos imitemos uno al otro. No nos compara y está bien con que todos seamos tan diferentes que ni parecemos de la misma familia. Vos y yo nos parecemos más, como si fuéramos el mismo dedo de la otra mano.
—…Nosotros… Bee…
—Y ¿qué pasó con … Javier? ¿Es tu novio o qué?
—… No, precisamente. Digo, ¡no! Él tiene novia, pero me da la impresión de que se pelearon por mí. Se dieron una pausa.
—Entonces.
—Voy a Vancouver con él.
—…
—Sólo tres días. Luego vuelvo a Calgary.
—…
—Quería contarte. No hay secretos entre nosotros.
—No los hay.
—Quiero verte pronto.
—Yo también.
—¿Bee?
—Sobre la señora esa… A mí me da vergüenza ajena, pero ahora entiendo que quería sentirse orgullosa de ser extranjera, porque se sentía humillada por su familia. Después de todo, la echaron de la casa por embarazarse sin estar casada y cuando el niñito nació, los escondieron, mandándolos fuera del país. Tu amigo es un niño del franquismo, ¿no?
—¿Bee?
—¿Hmm?
—Gracias.
—Mm-hmm.
Comentarios
Publicar un comentario