Manuel: Motel en Radium



—¿Bee?

—¡Hola! ¿Por dónde vienen?

—No regresé a Calgary.

— … ¿Y eso?

—Algo pasó en Radium.

—¿Algo pasó o alguien pasó?

—Las dos cosas.

—¿De qué me vas a hablar primero?

—De lo que siento.

—A ver.

—El sábado fuimos a las piscinas termales y… todavía no sé cómo explicarlo.

— …

—Había una niña en la piscina con toda su familia y yo no podía dejar de mirarla. La niña sonreía mucho y su familia también, el papá, la mamá, el hermano mayor. Y todos eran muy desinhibidos, hilarantes. Estaban felices, lo pasaban muy bien.

—Lucía.

—Sí.

— …

— Esa piscina estaba llena y yo creo que era el único indecente, morboso, mirándolos como si fueran una novedad.

— …

— Me sentí muy mal. Casi me arrepentí de haber nacido. Bueno, no, tampoco así, pero eso me bajoneó un resto.

— …

—¿Bee?

—Entiendo. Querés volver a Colombia.

—Psí.

—¿De vacaciones o...?

—No lo sé aún.

—Cuando hablo con Lucía por teléfono siento que ha crecido y que me he perdido de algo, pero viendo a esa familia sentí el peso del cretino que soy por culparla de mis fracasos sentimentales. Y por supuesto por eso de mantenerla como en una burbuja, pero ahí sí no soy sólo yo.

—¿Te parece si cuando regreses lo pensamos juntos?

—Sí quiero pensarlo contigo.

—…

—…

—Y… ¿quién pasó?

—Javier.

—Y ese, ¿quién es?

—Un pelao de la primaria. No sé si te acuerdes de él, pero probablemente recuerdas a su mamá. Es esa señora que llamaba a sus hijos imbéciles, menos a Javier.

—Ay, no. La odio.

—A mí también me caía mal.

—Esa manera de gritarle a sus hijos y al mundo que tenía un hijo preferido. Imaginate mi mamá haciéndole saber a todo el mundo que soy su favorita. Ja, ja.

—Eres la favorita, porque sos la única hija.

—Idiota. Lo mejor de mi mamá es que para ella es cierto que “cada dedo de la mano es diferente” y no espera que nos parezcamos ni a ella ni a papá o que nos imitemos uno al otro. No nos compara y está bien con que todos seamos tan diferentes que ni parecemos de la misma familia. Vos y yo nos parecemos más, como si fuéramos el mismo dedo de la otra mano.

—…Vos y yo…

—Y ¿qué pasó con … Javier? ¿Es tu novio o qué?

—… No, precisamente. Digo, ¡no! Él tiene novia, pero me da la impresión de que se pelearon por mí.

—Entonces.

—Voy a Vancouver con él.

—…

—Solo tres días. Luego vuelvo a Calgary.

—…

—Quería contarte. No hay secretos entre nosotros.

—No los hay. 

—Quiero verte pronto.

—Yo también.

—¿Bee?

—Sobre la señora esa… A mí me da vergüenza ajena, pero ahora entiendo que quería sentirse orgullosa de ser extranjera, porque se sentía humillada por su familia. Después de todo, la echaron de la casa por embarazarse sin estar casada y cuando el niñito nació los escondieron, mandándolos fuera del país. Tu amigo es un niño del franquismo, ¿no?

—¿Bee?

—¿Hmm?

—Gracias.

—Mm-hmm.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Manuel: el polideportivo

La segunda venida de Hilda Bustamante

Adiós, Bilibili Comics