Javier: Las aguas termales de Radium
[Viene de Javier: La cancha de fútbol]
MANUEL Y JAVIER
RADIUM, BC, 1998
RADIUM HOTSPRINGS
Las pesadas cortinas, coordinadas con los edredones de las camas del motel, atajan la luz prematura de la mañana cercana al solsticio. En la mano izquierda, Javier siente una pulsación, el recorrido del semen de Manuel hacia su boca. Javier intensifica la presión de su lengua, mientras en el espasmo, Manuel le agarra los mechones encima de las orejas.
—Pará —gruñe Manuel. El zumbido del aire acondicionado viejo ahoga su voz.
Con todos sus sentidos atentos, Javier escucha y desobedece. Intuye que es la última oportunidad que tiene para estar así con Manuel y se concentra en sentir el latido de su pene en la boca, como memorizando algo, como adquiriendo una medida con qué comparar otras cosas. Un pie, una cuarta, un dedo, el pene de Manuel.
—Así no se vale —protesta Manuel, ya inmóvil.
Javier se limpia los labios con la lengua dos veces y traga saliva antes de preguntar por qué.
—Marica, because I’m wasted —dice Manuel, terminando con dos carcajadas de pecho.
Javier se sienta al lado de la cama y con la cara sobre sus muñecas cruzadas maldice la oscuridad del cuarto que no le deja ver con certeza la desnudez de Manuel. No se atreve a acostarse sobre el burdo edredón porque la piel le arde de tanto exponerse al sol sin bloqueador. ¿Qué pasará en cinco minutos, en diez, en media hora?, piensa intranquilo.
—Me mentiste, malparido —dice Manuel con voz desganada, a medio camino entre lamento y decepción.
—¿Yo? ¿Cuándo? —se alerta Javier. Con los ojos apretados, se esfuerza por recordar qué mentira pudo haberle dicho en las últimas 20 horas, desde su reencuentro tras ocho años sin verse.
—Hace diez años, cuando lo de Felipe —dice Manuel con una voz libre de guayabo.
Javier mentiría si dijera que lo único que recuerda de ese día es que él sí le dio a Manuel la bienvenida que Felipe no concretó en el polideportivo y que cuando eyaculó, Manuel ahogó un grito: “¡Ma-mita!”. En vez de remontarse a esos días de efervescencia juvenil, vuelve al día de ayer para entender de dónde sale el comentario de su amigo.
Manuel no se emborrachó de alegría y nostalgia por una amistad interrumpida ocho años atrás. Empezó a tomar de vergüenza y arrepentimiento por haber dejado Colombia, a alguien en Colombia. El detonante de su melancolía fue una familia canadiense que disfrutaba la tarde en las aguas termales de Radium (40°C dentro del agua y 40°C afuera también). Un padre jugaba con su hija en la piscina y pronto se unieron la madre y el hermano mayor en un círculo de alegría, chapoteo y gritos de ánimo. La niña, rubia, de cinco o seis años, tenía síndrome de Down.
Ayer, cuando Javier observó cómo Manuel miraba a la familia, también se acordó de Felipe, pero le parecía desmedido el interés del otro por la niña de la piscina si el chico del barrio era el antecedente. Se detuvo en la mirada de Manuel sobre la niña con la misma admiración con que lo vio hace diez años salir del polideportivo sin caer en el juego de usar a Felipe para su placer personal.
Aquel día, todos menos César se habían alegrado de ver a Manuel, porque sabían que su llegada significaba un cambio en la manera de jugar. Ya no tendrían que obedecer las órdenes de César ni seguirle la corriente en todo. Manuel nunca hacía las cosas exactamente como César las quería y César nunca se oponía a las ideas o cambios que Manuel proponía, antes, ordenaba hacer como él dijera. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Pero cuando Manuel se fue sin recibir el refrigerio, todos entendieron que ese era el último día que “jugaban” con Felipe. Javier fue el primero en comprenderlo y salió detrás de Manuel, pensando que si alguna vez los descubrían, haberse ido antes lo excusaría.
—Vos me dijiste que no te había tocado un turno con Felipe. Eso fue una mentira —recrimina Manuel. —Yo te dije que no me importaba cómo se comieran entre ustedes, pero que eso de engañar a otros es de cobardes malparidos. Y vos dijiste que pensabas lo mismo. Y te creí. Y nos comimos porque teníamos ganas y estábamos de acuerdo. Pero vos me estabas engañando. Cobarde. Malparido.
Javier arquea las cejas para admitir el pasado, pero Manuel no puede ver su gesto.
—¿Dónde dejaste a tu novia iraní? —pregunta Manuel para cambiar de tema.
—Ella sabe que estoy atendiendo a un amigo de infancia que se emborrachó y no puede cuidarse solo. Tus amigos ya regresaron a Calgary. Los dejaste ir. Así que... me tienes a mí —declara Javier poniéndose ambas manos sobre el pecho, para evitar tocar a Manuel.
—Yo puedo cuidarme solo, aunque esté caído de la perra, siempre y cuando no me encuentre con cobardes malparidos, que abusan de gente débil. Y ayer yo estaba emocionalmente débil. Lárgate, cobarde malparido —pide Manuel con un brazo cubriéndose los ojos como si hubiera luz y empuñando la otra mano contra la cama.
—¿No conocés otro insulto? —lo reta Javier.
—No. Cobarde malparido. Usar otro me hace como los demás.
—¿Puedo ser tu cobarde malparido?
—Lárgate ya, marica —suplica Manuel, alargando las aes.
Javier no contesta, pero esta vez toma una mano de Manuel entre las suyas.
—Cobarde malparido —musita Manuel sin soltarse.
—Que me llamés marica es cariño, ¿sabés?
—...
—Perdoname. Por lo de hace diez años y por esta noche.
—¿Quién puede protegerse a sí mismo con gente como ustedes, ah? ¿Quién puede proteger a otros, cuando no puede protegerse de los amigos? —se cuestiona Manuel, cubriéndose la cara con las manos.
—...
—La mejor manera de proteger es esconder, ocultar, entonces. Pero esconderse es protegerse hasta de la felicidad. ¿No? ¿No viste esa niñita de ayer? ¿Te imaginas que nunca saliera a paseos así para estar protegida? ¿Sería feliz?
—Te referís a tu hermana —dice Javier con un tic en su mejilla izquierda, como mencionando algo incomprensible.
—¿Qué dije de mi hermana? —reacciona Manuel, levantando la cabeza en dirección a Javier.
—No mucho.
—Malparido. Ni la comida de allá me ha hecho tanta falta como mi hermana estando acá —murmura, acostándose de nuevo.
—Ve.
—Veo.
—¿Puedo ser tu marica, cobarde malparido?
—Tanta joda —dice Manuel con otras dos carcajadas secas.
Javier se aprieta el labio con el índice y el pulgar. Su esperanza, vuelta sonrisa, deshace el pellizco.
[Sigue Manuel: Motel en Radium]
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