Manuel: el sótano

[Viene de Anabella y Javier]

MANUEL Y JAVIER
CALGARY, AB, 1998

EL SÓTANO

Manuel entró por la puerta de la cocina y se asomó a la sala. Anabella y Javier estaban mirando televisión. Tenían la cabeza mojada.

—¡Hola!

—Hola.

—Hola.

Anabella no miró a Manuel y con eso él lo supo todo. Fue a la cocina por una bebida y bajó al sótano. Desde ahí gritó.

—¡Javier!

Javier bajó con las manos caídas como si fuera a cantar el himno nacional, pero sostuvo la mirada frente a Manuel.

—Leila te dio tiempo, pero no te terminó. ¡Y vos usás el tiempo para comerte a mi familia!

—No es así.

—Entonces, ¿cómo es?

—No te lo puedo explicar.

—¿Me vas a decir que me extrañaste y encontraste en Anabella un sustituto?

—Si lo pones así, ¿tal vez? Pero, no te encontré a vos, la encontré a ella y no es un sustituto.

—Entonces, ¡terminá con Leila de una vez!

—Cómo le voy a terminar por teléfono.

—Al menos, ¿le dijiste a Anabella de Leila?

—Después de…, sí.

—Ah, bueno, si ella no te sacó de la casa. Está bien. Lo que ella diga está bien.

—Perdoname.

—Malparido. Vos y tus “perdóname”. No sé por qué me los aguanto.

—Manuel.

—Hmm.

—Vos no estás bravo.

—No. Estoy preocupado por Anabella. ¿Qué te dijo?

—Que se rompió el espejo. Eso no lo entendí.

—Yo sí. Y es suficiente.

Escucharon la voz de Anabella arriba.

—¿Manuel?

—¿Si ves? ¿Ya no soy su Man? —dice Manuel, dándole una palmada en el brazo a Javier.


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