Lana: la cocina de Cassandra
[Viene de Lana: el apartamento de Cassandra]
LANA
CHICAGO, IL 1990
LA COCINA DE CASSANDRA
Cassandra recibió la pregunta con una sonrisa enorme. Suspiró. Hizo un arco ojival con los ojos. Lana siguió el arco y la llevó a mirar una repisa llena de pequeños frascos raros y latas de tés exóticos.
—Tú puedes vivir tu vida como si leyeras una historia —dijo Cassandra—, prestando atención a los lugares, los detalles, a las personas y a los conflictos, si los hay. No siempre hay conflictos en una historia. Para leer tu vida o una narración, una historia, debes ser paciente: la paciencia es el mejor camino para hallar la verdad. Sólo andando sin atajos se disfruta la llegada. El desenlace de un episodio o ese punto de llegada intermedio si no es el fin de algo, se hace significativo y se puede evaluar si valió o no la pena tanto sube y baja, tanto encuentro y desencuentro, tanta pérdida y ganancia, tanta pasión o pusilanimidad, tanta entrega y tanto recogimiento, tanto sacrificio y desperdicio, tanta frustración y satisfacción, tanto miedo y tanta valentía, tanta convicción e inseguridad, tanto compromiso o tanta indiferencia, tanta docilidad o terquedad, tanto perder el rumbo y reencontrarlo. ¿Me entiendes?
Lana la miró a los ojos. Sin asentir ni negar. Intuía que la revelación estaba por venir.
Si yo te hubiera dicho que Margaret es biológicamente hombre —dijo Cassandra, cerrando los ojos por un segundo largo—, no se habría vuelto una persona importante para ti. Pero porque no lo sabías y lo descubriste de una manera inesperada, en el momento justo, ahora ella es para ti una persona inolvidable.
—¿Él tampoco sabía cómo soy yo?
—Ella. Margaret tampoco sabía algo de ti. ¿Te ofendió?
—A mí no, pero probablemente a mi papá sí. Bueno, pero mi papá fue más ofensivo. Me tengo que disculpar con Margaret por él. Él se ríe de los demás cuando encuentra diferencias de las que se puede reír porque no las tiene, pero creo que es para sentirse mejor consigo mismo. Él busca mucho la admiración y la apreciación de otros. Es un artista, es músico, su trabajo es causar un efecto en los demás, pero es un efecto que él ve en tiempo real y él necesita eso. Cuando no está tocando, busca hacer reír a los demás, está siempre midiendo la aceptación de los otros en risas y en sonrisas. Tú lo ves todo apuesto, elegante, pero creo que él no se siente ni lo uno ni lo otro y trabaja para que los demás lo vean como tal. Hay en él una fragilidad que me enternece.
—Si tú lo ves así, quizá tú eres más su madre que él tu padre.
Sólo en ese momento, Lana notó que Joseph ya se había ido.
—Hice estas galletas para ti. Se llaman Mother Cookies. Apenas para una niña que es la mamá de su papá. Tienen coco, por eso pensé que te gustarían. ¿Con qué quieres acompañarlas, café, té, leche?
—Sí, leche, por favor, mientras están calientes.
—Como te decía, Mother Cookies hechas con amor por una futura mamá.
—¿Estás embarazada?
—22 semanas, todavía no se me nota tanto. No sentiste, ¿verdad? Me veo un poco gorda. No más. Mi mamá me dice que el próximo mes se me notará sí o sí. Pero no creas. En la escuela he visto mujeres embarazadas a las que no se les nota sino en el último mes. A la mamá de una de mis estudiantes nunca se le notó. Resultó que después de la niña, había tenido varios abortos espontáneos y ocultó el embarazo en la ropa de invierno para que no le preguntaran por el bebé si no llegaba a término. Tuvo como cuatro pérdidas. Qué locura.
Lana sostenía el plato lleno de galletas y no se animaba a preguntarle a Cassandra si la podía tocar.
—Cuando el bebé nazca, ¿cómo esperan que llame a Margaret?
—Mamá. Vamos a ser Mom y Mamá. —dijo mirando a Lana, no sólo adivinando su incredulidad, sino pidiéndole que dejara el asunto del género. —Margaret para mí es Margaret, no un hombre. Es algo que no te puedo explicar. Yo he sido querida, deseada y violada por hombres. Nada que un hombre me haya hecho sentir se compara con Margaret. Soy mujer gracias a ella. Voy a ser mamá gracias a ella. Eso es.
Lana optó por la paciencia de lector que Cassandra había mencionado. Decidió leer el ambiente con calma, observando sin apresurarse a juicios, sin afán por sacar conclusiones incompletas que estropearan el valorar la historia como un todo en otro momento.
—¿Puedo tocar? —rogó con timidez.
—Ven. Abrázame por detrás. Las manos aquí —instruyó, acomodando las manos de Lana en diamante debajo de su ombligo. —Vas a ver cómo se mueve cuando coma galletas.
Al comienzo, Lana no sintió nada. Pero luego sintió un aleteo. Así lo pensó porque recordó la vez en que atrapó a un pájaro que había entrado a la casa de Rosa y no podía salir. Entonces ella lo envolvió con un limpión y lo llevó al patio para que pudiera volar. La agitación del pájaro en sus manos le causó angustia y sentir los movimientos del bebé en el vientre de Cassandra, también. No sabía cómo liberarse, cómo decirle a su amiga que sentir al bebé le causaba náuseas. Le devolvía el miedo de que el pájaro muriera en sus manos, de que la acusaran de no haber sido capaz de cuidar una vida tan pequeña y tan hermosa. Intentó alejarse para deshacer el abrazo, pero Cassandra, con las manos sobre las de Lana, dibujó círculos y nubes que, para Lana, empezaban a ser amenazantes.
¡Ding! El temporizador salvó a Lana. Era hora de sacar la segunda tanda de galletas.
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