Lana: El apartamento de Cassandra
LANA
CHICAGO, IL 1990
EL APARTAMENTO DE CASSANDRA Y MARGARET
Margaret estaba leyendo en el sofá, con una libreta de apuntes sobre las piernas lisas, recién depiladas. Tenía el pelo recogido con un lápiz. En una mano un libro, en la otra un abanico español.
—¿Qué estás horneando, Love?—preguntó Margaret con parsimonia. —No es mi cumpleaños todavía.
Más tardó en decirlo que en juzgar la broma de asnal y arrogante. Con el abanico marcó la página que leía. Cerró el libro y lo puso con la libreta en la mesa del café.
—¿Quieres que te ayude?—ofreció, pero lo que quería era saber qué ocasión especial ameritaba prender el horno poco después del desayuno.
Con la boca llena de masa de galletas, Cassandra hizo un sonido que podía ser una respuesta monosilábica larga o bisilábica, pero sin duda misteriosa.
—¡Mis favoritas! —dijo en su voz altisonante. —¿Estás haciendo Mother Cookies para mí?
—Tenemos una invitada hoy —dijo Cassandra, poniéndole una bolita de masa de galleta en la boca a Margaret.
—Discúlpame si lo olvidé —respondió Margaret con la boca aún llena, mientras se lavaba las manos, —no recuerdo cuándo me hablaste de una invitada para hoy.
—No, no te dije.
—¿Entonces, es tu madre? —adivinó Margaret, secándose. —Mother Cookies…
—Es mi Matilda.
—¿Tu Matilda? ¿La niña a la que le mandamos libros? ¿En Colombia? ¿Lana?
—Vino con su padre de vacaciones.
—¿A qué hora llega? —preguntó Margaret, mientras ordenaba en una bandeja las bolitas de masa que Cassandra había armado.
—Ya debería estar aquí.
—¿Vas a dejar que me vea así, —se alarmó Margaret y rastrilló el mentón contra la mejilla de Cassandra —en pijamas Baby Doll?
—¿Qué tiene de malo? Es tu ropa de domingo. Te ves hermosa —coqueteó Cassandra, poniendo otra bolita de masa en la boca de Margaret antes de besarla.
En la sala, sonó el timbre; en la cocina, el temporizador.
—¡Se me queman! ¡Tengo que sacar la primera tanda ya! ¡Abre la puerta tú! —ordenó Cassandra.
En venganza, Margaret masajeó los flancos y la espalda de Cassandra para secarse las manos en su camiseta. Cuando abrió la puerta, vio a Lana y a Joseph con sorpresa. El sentimiento fue recíproco.
Joseph miró a Lana para confirmar que quien abrió la puerta no era quien ella esperaba y luego escaneó a la persona de pies a cabeza, o viceversa. Detuvo la mirada en las largas piernas brillantes y sonrió con la cabeza baja.
Lana revisó de nuevo el número del apartamento y vio la cara de su padre mirando las piernas de la persona que los recibía. Antes de que ella pudiera decir algo, la persona abrió la puerta por completo.
—Lana, ¿no es cierto? —dijo Margaret en español. —Lana y Papá de Lana. ¡Bienvenidos!
Joseph intentó presentarse diciendo su nombre y extendiendo la mano, pero Margaret se acercó para darle dos besos en la cara a cada uno.
—Pasen, pasen. Yo soy Margaret. Cassandra está sacando las galletas del horno. Son unas galletas alucinantes, lo mejor que vais a probar el día de hoy.
—¡Lana! —gritó Cassandra desde la cocina. —¡Ven aquí, chica!
Joseph vio en la cara de Lana una felicidad desconocida. Miró las estanterías llenas de libros y algunas de ellas con discos de vinilo, las paredes decoradas con acuarelas botánicas y de mariposas, tambores de bordar con bordados de pájaros y una colección de estampillas; plantas en las esquinas, en repisas y por todas partes objetos que parecían sacados de un pulguero: una pipa, un reloj de arena, un temporizador de revelado Kodak, candelabros. Una matrioska. Muchas tazas de té: inglesas, holandesas, francesas, alemanas, turcas, japonesas y hasta mates con bombilla. Miniaturas de esto o de aquello al lado de una lupa antigua. Abanicos españoles y japoneses. Plumas. Una máquina de escribir L C Smith & Corona. Un frasco enorme, lleno de botones de muchas formas y tamaños, sobre una máquina de coser Singer de pedal. Una cámara fotográfica Mamiya. El lugar parecía un gabinete de curiosidades. Al contemplar los libros, Joseph se dio cuenta de que tenían nomenclatura y conjeturó que más de la mitad de ellos eran de la antigua biblioteca Hild. ¿Cómo más se puede tener tantos ejemplares de tapa dura? Fueran libros descartados o no, estaban en muy buena condición. Sonrió al reconocer contra unos libros dos postales de husos precolombinos que Lana le había enviado a Cassandra el año pasado. Al terminar la vista de 360°, se encontró con los ojos azules de Margaret, aumentados por los lentes para astigmatismo.
—Papá de Lana —intentó Margaret.
—Joseph.
—Ah, Joseph, perdonad. Es que no sabía que vendríais... Por eso no pude evitar sorprenderme. Cassandra nunca describió a Lana… y este barrio…
—No es Edgewater, aquí no hay negros.
Margaret asintió con la cabeza y aplanó los labios.
—De haberlo sabido antes, habría seleccionado otros libros para ella en las encomiendas. Es eso.
—¿Trabaja en la biblioteca regional?
—Sí, desde la renovación... Siéntese, por favor. Yo voy a cambiarme. De haber sabido que vendríais...
—No se preocupe. Yo no iba a quedarme. Lana se sentirá mejor sin mí —dijo Joseph, dando una nueva mirada panorámica al apartamento.
—Sí, sí, claro.
—¿A qué hora puedo volver por ella?
—Déjeme anotarle nuestro teléfono. Llámenos en una hora y ahí sabremos —dijo Margaret, arrancando toda una hoja de su libreta como un médico entregando una prescripción.
—Gracias por tenerla hoy. Muchas gracias —dijo Joseph con una sonrisa triste.
La luz de la mañana, sobre todo lo que Joseph vio en ese apartamento, le dejó una impresión incómoda. Se sintió, como en su niñez, fuera de lugar y se cuestionó por primera vez si él era el padre apropiado para Lana. Supo que, al volver a ver a su hija más tarde, ella no sería la misma. Que Lana empezaría a ser quien quería ser de ahí en adelante. Estaba seguro de que este era el ambiente en el que a Lana le hubiera gustado crecer. Dejarla ahí fue como entregarla a su verdadero hogar.
En la cocina, el olor de las galletas de Cassandra era nuevo para Lana. Embriagante. Las arcadas de Lana contra el cuerpo de su hada madrina parecían de risa y de llanto al mismo tiempo. Cassandra distendió el abrazo, le tomó las manos y la hizo girar como en un baile.
—Mira cómo cambia una mujer en cinco años —dijo Cassandra, cargando sus senos mientras miraba los de Lana.
Lana, mortificada, se limpió los ojos y preguntó:
—¿Por qué no me dijiste que Margaret es un hombre?
[Sigue Lana: la cocina de Cassandra]
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