Lana: La casa de Marietta
LANA
CALI, 1993
LA CASA DE MARIETTA
Al terminar el primer semestre universitario, Lana descubrió que tenía un compañero al que podía considerar su amigo. Se llamaba William. Era de Popayán y vivía en Cali con sus tíos. Habían visto todas las materias del primer semestre juntos y Lana lo juzgaba confiable porque él aceptaba todos los planes que a ella se le ocurrían.
En enero, durante las vacaciones, William visitó a Lana varias veces. Él era prácticamente un turista en la ciudad, por lo que Lana se convirtió en su guía cultural y lo llevó a museos, exposiciones y a los conciertos de la Sala Beethoven en los que tocaba Joseph.
A William le gustaba la música de cámara y la música barroca. Cuando visitaba a Lana en casa, pasaban la tarde en la sala tirados en la alfombra o en el sofá. William, paralizado con los brazos como almohada, escuchaba las grabaciones de Deutsche Grammophon, sin interrupciones ni comentarios. Durante esas sesiones de apreciación musical, Lana leía o tomaba una siesta.
Al terminar una de esas visitas, Joseph le preguntó a Lana si William la había invitado al cine alguna vez. Ella dijo que sólo iban a la cinemateca en la universidad. Y Joseph concluyó: “O well, he is not into women”.
Antes de retomar las clases en la universidad, Lana le preguntó a William por qué no estudiaba música.
—No tengo la disciplina para tocar un instrumento. Sólo la disciplina para escuchar.
—¿Y literatura? ¿Por qué no estudias literatura?
—Yo ya tengo el hábito de leer; ahora lo que necesito es aprender otros idiomas para leer lo que quiero en sus lenguas originales.
Lana siempre quedaba satisfecha con las respuestas cortas y precisas de William.
En la segunda semana de clases, Lana se enteró de que había un curso de literatura y cultura brasileña abierto sólo para estudiantes no regulares y le propuso a William que lo auditaran. Esa fue la primera vez que él aceptó una invitación de Lana con cautela.
—Yo te acompaño hoy, sin ningún compromiso. Si me gusta lo que veo, vuelvo y si no, luego me cuentas cómo lo disfrutas.
Pero en el pequeño auditorio, William vio a una chica que le gustó. Era pequeña, muy pálida, tenía el cabello rubio y crespo y parecía sonreír con admiración por todo durante la clase. Cuando la profesora preguntó si alguien había leído a Jorge Amado, William fue el único en levantar la mano y, cuando la rubia lo miró, se sonrojó. Lana aprovechó esa reacción para hacerlo volver a la clase con ella.
—Ven. No lo hagas por Jorge Amado, no lo hagas por mí, hazlo por la monita —imploró Lana.
Ella, en realidad, no necesitaba a William para disfrutar el curso y creía que le estaba haciendo un favor al salir con él. Evitaba que anduviera solo y que las chicas pensaran que era gay.
Antes de la siguiente clase, William confrontó a Lana.
—¿Tú me encuentras atractivo, agradable?
—¿Qué pregunta es esa? Por supuesto.
—Descríbeme. Me gustaría saber a quién me parezco y por qué te acercaste a mí.
—Me recuerdas a … a Alain Delon en La prima notte di quiete, pero con ojos cafés y gafas. A mí eso me parece atractivo.
—Ah, también has visto esa película. Sólo me gustó lo que el profesor les dice a los estudiantes.
—¿Que pueden fumar en clase?
—Que su trabajo es enseñarles por qué un verso de Petrarca es hermoso. O algo así. Uno debería saber por qué lo que lee es valioso, no solo por qué le gusta.
Lana no contestó.
—Y lo otro, ¿por qué te acercaste a mí?
—Quizá soy como la Teresa de Kundera. Pienso que todo al que veo con un libro abierto y yo pertenecemos a una hermandad secreta.
—No me gusta La insoportable levedad del ser. La promiscuidad de Tomás me da asco.
—Dices eso porque eres virgen.
—No es ni bueno ni malo ser célibe.
—Por eso no inicias conversación con las mujeres. ¿Qué tal si acabamos eso?
—¿Acabar qué?
—Tu virginidad y la mía.
—¿Tú también? No te creo —dijo William, mirando a Lana de la cabeza a la cintura varias veces. —¿Cómo va a ser virgen una mujer que baila danzas folclóricas?
—Yo ya no bailo.
—¿Qué propones? ¿Tienes un plan?
—Ahora no, pero yo soy buena haciendo planes. Lo primero que necesitamos es una meta común. Tu meta es tener experiencia en contacto físico que te permita hablar con confianza con una mujer. Mi meta es. Ay, no te he contado esto. Hay un profesor que me encuentro con frecuencia en la Librería Nacional. La última vez me tocó el hombro derecho por detrás y luego me saludó por el lado izquierdo. La idea es que si el tipo me invitara a salir, no me gustaría mostrarme como una niña inexperta.
—O sea, nuestra meta es poder decir, si salimos con alguien, que tenemos un pasado. ¿Ah?
—Exacto.
—No sé. No encuentro la meta válida. Muéstrame el plan primero.
El fin de semana, William visitó a Lana para escuchar música y conocer el plan.
—Marietta es una amiga de mi papá que va a visitar a sus hijos en Italia por un mes y le ha sugerido o pedido que yo me quede cuidando su casa y su perra por ese tiempo. Mi plan toma siete días. Lo vamos a empezar después de mi ovulación para que no tengamos sustos más adelante. La casa de Marietta es en La buitrera. Lugar campestre, aire fresco, naturaleza y soledad.
—Todo eso me parece bien. ¿Pero siete días?
—Día 1: Nos acostamos juntos en la hamaca una o dos horas, para que nuestros cuerpos se familiaricen. Día 2: Hacemos lo mismo, pero en ropa interior. Día 3: Hacemos cualquier actividad juntos: cocinar, comer, estudiar, de nuevo en ropa interior. Día 4: Nos bañamos juntos.
—Con ropa interior.
—Sí. Día 5: Nos bañamos juntos, desnudos, y nos tocamos. Día 6: Nos damos sexo oral. Día 7: Que pase lo que tenga que pasar. ¿Qué te parece?
—Este plan parece hecho por una niña de 15. Un chico de 15 lo encontraría inaceptable. ¿No tienes 18? Yo ya casi cumplo los 18, pero no me molesta el plan. Me gusta hasta el día 5. Veremos qué pasa después.
Lana sabía que el plan no saldría al pie de la letra. También sabía que un chico como su amigo necesitaba todo ese andamiaje. La ejecución del plan fue así:
Día 1: William llegó a La buitrera, el domingo a las 10:00 a.m. Él y Lana desayunaron juntos, jugaron con Nina, la perra, una hora en el campo, se revolcaron tanto en el pasto que tuvieron que bañarse. Lana encontró en el armario ropa de hombre que reconoció y tomó prestada para William. Fue así como se enteró de que Joseph era algo más que un amigo de Marietta. Pasaron dos horas en la hamaca recitando conjugaciones en francés. Se dieron un tiempo para actividades individuales, jugaron con Nina de nuevo y la peinaron. Al atardecer, después de comer, volvieron a la hamaca hasta oír el canto de las chicharras. La hora de despedirse.
Día 2: Se convirtió en día 3. En ropa interior, vieron Citizen Kane, la película que tenían que observar para la clase de Apreciación cinematográfica, y prepararon almuerzo. Mientras comían en silencio, Lana notó que William le miraba la boca con insistencia. Le preguntó ¿qué? con un gesto y él contestó: “Me gusta verte comer”.
Día 3: Los padres de William vinieron de Popayán y él pasó el día con ellos. Ni siquiera fue a la universidad.
Día 4: Después de desayunar, se acostaron en la hamaca a leer Capitanes de la arena por una hora. Luego corretearon con la perra y se revolcaron en el pasto, una combinación de juegos y caricias que incluyó besos y que los llevó a bañarse desnudos, pero sin tocamientos, porque tenían clase de literatura y cultura brasileña. Aunque no estaban matriculados, querían asistir. Lana estaba fascinada por la historia de los niños de la calle en Bahía, que vivían del hurto, se defendían danzando capoeira y nunca eran atrapados por la policía. No podía contarle esto a William, pero pensaba que si ella hubiera nacido en Colombia, de una madre como la suya, probablemente hubiera sido eso, una niña de la calle, o sería a estas alturas una prostituta de la olla. O estaría muerta. Estaba considerando si podía hablarle de su infancia a William cuando vio a la rubia sonreír en su dirección y, al mirarlo a él, lo notó levemente sonrojado y sonriente. El plan estaba funcionando, William se iba desinhibiendo.
Día 5: Tras un café con leche y un vaso de jugo de naranja, bajaron al jardín a jugar con la perra. Le tiraban una pelota para que la recogiera, pero no estaban de ánimo para corretear con ella, se acostaron en el pasto, entre besos y caricias empezaron a desnudarse. De repente, escucharon el chirrido de la reja del portón, detrás de la casa. Rápidamente se cubrieron y vieron a Nina saludar a Joseph como si fuera el señor de la casa. Había venido a traerle un mercado a Lana. Él los invitó a almorzar en Unicentro.
Por la noche, después de clase, volvieron a la casa de Marietta para cumplir el plan del día 5 y empatar a medianoche con el día 6. En el momento en que William tocó su clítoris, Lana juntó las piernas porque recordó a Lorenzo tocándola, recordó la rabia de que fuera él quien la tocara por primera vez y no Margret. Pero miró a William de nuevo y vio algo que le gustaba tanto como Margret, porque la verdad, William se parecía a ella, a Margret adolescente, a Julian, era Julian de ojos castaños y cabello corto, piel blanca llena de lunares, y abrió las piernas, empezó a mecer las caderas, esas caderas capaces de bailar currulao, cumbia y mapalé, y le tocó el rostro y entre jadeos lo llamó Lian, Liam, y tocó su pene y ajustó el ritmo de sus caderas al de la mano que lo sujetaba a él. Y él también buscó un ritmo para sacar nuevas vocales de la boca de Lana, nuevos sonidos, un nuevo lenguaje. William conoció la nueva voz de Lana, la voz aspirada, antes de que ella y él mismo conocieran su sonido en el sexo compartido.
Al amanecer, fueron los pájaros quienes los llamaron a un nuevo aprendizaje: qué es despertarse con alguien: la temperatura, los olores, los fluidos deshidratados, el desorden. Adelantaron el plan del día 7, por primera vez Lana le puso a William un condón e intentó montarlo, pero ninguno de los dos supo hasta dónde habían llegado, ambos estaban más concentrados en los senos de Lana desde esa posición y Nina los interrumpió para salir a jugar.
Antes de ir a clase, pasaron por la papelería La 14 en Unicentro. Lana quería comprar papel fino para escribir cartas. Les quedó tiempo y entraron a la Librería Nacional. El profesor que Lana había mencionado estaba ahí, pero mientras William estuvo con Lana, no se acercó. William observó que Lana ni siquiera lo había notado.
—Voy a llevar este —dijo William, mostrando un volumen delgado titulado Canto a mí mismo.
—¿Leaves of Grass by Whitman?
—No es Whitman, es León Felipe.
Al cruzar el semáforo sobre la Pasoancho, William tomó la mano de Lana y no se soltaron hasta llegar al salón de clase.
El sábado sería día 7, pero William viajó a Popayán. El jardinero podó el pasto del patio posterior en la mañana y antes del mediodía, Joseph vino con Rosa para tener en la casa de Marietta su almuerzo familiar.
El domingo, volvió William con el coro de las chicharras. Amante nocturno.
—¿No te gusta Popayán?
—Me gusta salir de Popayán.
—¿Te gusta más Cali?
—Venir a Cali es atravesar un túnel del tiempo. Popayán es la ciudad blanca, literal y metafóricamente. Es el pasado colonial. Cali es presente. Quizá otro túnel del tiempo hacia el futuro.
—Cali como un tiempo anfibio —musitó Lana. —El presente somos nosotros —dijo, iniciando un beso en la hamaca.
—Huelo a pasado colonial y a transporte intermunicipal —se quejó William. —Bañémonos.
Sin apenas secarse, se abrazaron contra la pared y avanzaron con besos profundos y pequeños pasos hacia el cuarto. Lana no quería mojar la cama con sus trenzas. Cerca de la puerta había un butaco, se recostó contra la pared y puso una pierna en el butaco para que él pudiera tocar su vulva mejor, masajeó el pecho y los hombros de William y recordó que tenían que protegerse. La primera ronda fue ahí, contra la pared, la siguiente, en una silla de madera, la tercera, en la cama.
—Sólo un Dios llamado Lana sabe que —jadeó William, —en el séptimo día no descansaré.
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