Lana y Manuel: la cocina
LANA Y MANUEL
CALI, 2004
LA COCINA
DESBORDAMIENTO. Esa era la palabra con la que Manuel etiquetó el estado de Lana desde la noche anterior.
Evidencias de desbordamiento
o En una o dos ocasiones Lana hubiera podido invocar su palabra de seguridad, pero no lo hizo. [Sospecha de desbordamiento.]
o Se entregó al silencio. Sin llanto, sin queja, ¿sin placer? [Evidencia no concluyente.]
o Sangró, sí. Pero era normal. Todavía tenía el periodo. [No es una evidencia válida.]
o Los besos de Lana en la mañana fueron más numerosos y ansiosos de lo habitual. [Evidencia cuantitativa y cualitativa.]
o A la hora del desayuno, Lana tomó una taza más de café y se comió una pastilla de chocolate para batir. [Evidencia cuantitativa. Monitorear inventario de consumibles.]
o En la mañana, Lana anegó el bonsái y las violetas. [Desbordamiento de agua, evidencia concluyente.]
o Lana pasó una hora de más escribiendo en su agenda y sus cuadernos. [Evidencia cuantitativa temporal. Contenido textual inaccesible.]
Desbordamiento propio. Haber perdido el control, haber desestimado la primera intuición de un silencio fuera de lugar también le decía algo de sí mismo a Manuel. ¿Por qué ignoró el silencio de Lana? ¿La estaba probando? ¿por qué ahora? ¿qué límites quería medir? Alguna vez le había escuchado decir a Lana que las mujeres siempre están bajo la prueba de los hombres y que las profesoras, además, están bajo la prueba de los estudiantes, con más severidad que los profesores.
Solo faltaba una cosa para que Manuel se pusiera nervioso.
—Dame las llaves del carro. Yo manejo hasta el aeropuerto. De venida, puedes hacerlo tú. —dijo Lana.
Esa era la confirmación de desbordamiento que Manuel temía. Lana estaba… preocupada, pero en otro nivel: ¿celosa? El indicio demoledor es que Lana prefería manejar para concentrarse en algo y controlar así sus pensamientos.
Manuel había completado la pseudo lista de chequeo. Era una realidad que la estaba probando o midiendo. ¿O simplemente la estaba observando, la estaba teniendo en cuenta, le estaba dando un lugar?
—¿Estás bien, mi hormiga reina? —le susurró Manuel al oído, al envolverla en un abrazo largo.
Lana no contestó, sólo se aferró al cuerpo de Manuel hasta que tuvo consciencia de dos cosas simultáneamente: 1. De lo vulnerable que debía verse ante él. 2. De que la metáfora de la hormiga reina era muy mala y no le gustaba. Cambió el abrazo por un beso, mientras hurgaba el bolsillo de los jeans de Manuel en busca del llavero.
Él no se resistió al cateo y movió las manos hasta el cuello de Lana para acunar ese beso con ternura, intentando tranquilizarla. Pero entendía que no era del todo posible. Entonces, abrió las manos agitando las extensiones de Lana para crear la imagen de una diosa de la electricidad: Oya, Manimekhala, Whaitiri, Dianmu, Elektra. Simuló recibir una descarga eléctrica y se arrodilló. Se prendió de la cintura de Lana, inmóvil por unos segundos.
—Me… electro…cut...as…te. —jadeó Manuel y se dejó caer.
—Anotherone-bites-thedust. Pa.Tun-tun-tun. Anotherone-bites-thedust. —cantó Lana y se puso de rodillas para darle resucitación cardiopulmonar mal, como en las películas.
Manuel era un fracaso aguantando la respiración, pero logró evitar la risa. Cuando Lana le pinchó la nariz y puso los labios sobre los suyos, sacó la lengua para jugar con la de ella. La abrazó hasta que quedaron tendidos los dos en el piso de la cocina. Se rieron como niños en ese abrazo y de repente Manuel miró hacia la sala con el gesto de quien ha sido descubierto haciendo algo inapropiado.
—Necesitamos a alguien que se sorprenda de vernos hacer el amor en el suelo, que se alarme, nos ladre y bata la cola, ¿no te parece? —dijo Manuel, con los ojos adormilados.
Lana entendió muy bien lo que Manuel estaba haciendo. La pista estaba en el plural. “Necesitamos”. La estaba apaciguando, sugiriendo que la había elegido como compañera de vida. Eso significaba el perro. Un hombre soltero no cuida a un perro solo; a un gato, sí: Era la filosofía de Manuel. Pero necesitaba ver a Manuel delante de Anabella y Javier para confirmarlo. Quería ver cómo Manuel interactuaba con sus antiguos amantes. Esta era la primera relación en la que se quería quedar. Siempre se sentió más madura que las mujeres de su edad, por eso salía con hombres mayores. Nunca se vio a sí misma como permanente ni exclusiva y no le importaba. Valoraba su independencia, su autosuficiencia. Pero Manuel sí importaba. Este hombre de 29 en su vida de pareja era un adolescente y con él le daba alcance a su adolescencia fugitiva.
—Bueno, pero uno rescatado. No vamos a comprar un animal, cuando ya hay otros que tienen menos oportunidades de ser escogidos. —respondió Lana, alzando ambas cejas.
—Estaba pensando igualito. —sonrió Manuel, mordiéndose el labio inferior.
Lana acarició la cabeza de Manuel como si fuera el lomo de un perro.
—Con ternura. —dijo Manuel.
—Esto es tierno. —se defendió Lana.
—“Tender” es nuestra palabra de seguridad. —murmuró Manuel, —Quiero que la uses cuando la necesites. No puedo perdonarme por lo de anoche. Me gustaría que tú me perdonaras.
—¿No te lo perdonas? Mi vagina tampoco.
—¿En serio?
—Obvio que no. Aprecio el sentimiento, pero no es necesaria la disculpa. Quiero que sepas que yo no me dejo maltratar por un hombre. Anoche estaba escuchando a mi cuerpo.
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