Casas vacías

Todos, todos incluidos, parloteaban y se oían a sí mismos mientras nosotras mirábamos confundidas e impávidas, porque eso era lo que había que hacer: ser casas vacías para albergar la vida o la muerte, pero al fin y al cabo, vacías. (p.82)

Cuando a mamá le hicieron la histerectomía, el ginecólogo le entregó el útero a mi hermano para que lo llevara a patología. Al recibirlo, me miró y me dijo: "Aquí va nuestra primera casa". En ese año yo ya era mamá también y no había pensado en mí ni en una parte de mi cuerpo como una casa. La metáfora me conflictúa. Tiene demasiadas posibilidades. Pero una inesperada fue la de esta novela, Casas vacías, de Brenda Navarro. ¿Cuándo una mujer es una casa vacía? ¿Qué se opone a una casa vacía? ¿Casa llena? ¿Llena de qué? Leí esta novela la semana siguiente a la muerte de mi abuela y las imágenes de su casa y de ella como mujer me acechan constantemente.

Con Casas vacías nos enfrentamos a las voces interiores de dos mujeres que examinan su maternidad. Dos maternidades distintas, ambas ancladas en el mismo hijo: Daniel para una, Leonel para otra. El niño autista que una parió y la otra raptó.

Una es una mujer mexicana de clase media, casada con un ciudadano español. Una tiene un amante, Vladimir, y, como parte de su estrategia para desprenderse de él, decide tener un hijo con su esposo, Fran. Esta decisión de Una es unilateral. El embarazo empieza en México y termina en España, donde Fran lucha por la custodia de su sobrina Nagore, cuya madre, Amara, fue asesinada por su esposo, Javier. Así, antes de dar a luz, Una ya se convierte en madre adoptiva de Nagore. Otra decisión unilateral, esta vez de Fran.

Otra es una mujer muy joven que no termina la preparatoria para dedicarse a hacer dulces y paletas de chocolate, que distribuye en panaderías y en fiestas privadas. Desde su adolescencia, ha deseado ser madre de una niña y, durante años, le ha pedido a Rafael que le haga una hija. Él la caramelea. Otra tiene un aborto espontáneo y esa pérdida aumenta su obsesión por ser madre. Así que, cuando vio a Una con su hijo en una fiesta en la que sirvió sus paletas de chocolate, le entró la urgencia por ser su mamá y, apenas tuvo la ocasión, tomó al niño en un parque durante un breve descuido de Una.

Daniel/Leonel es un niño autista de tres años al momento en que Otra se lo lleva consigo. 

La metáfora de la casa vacía me imagino que se refiere a la falta de conversación, porque el sonido no se propaga en el vacío. Lo que leemos son las voces de estas dos mujeres, pero son voces que no salen de sí mismas. Son las reflexiones sobre su relación con la maternidad.


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