Autoficción
Stanley Fish se define como un observador de oraciones en su libro How to Write a Sentence: and How to Read One. Hace una analogía con los aficionados a los deportes, que admiran las jugadas que ellos mismos no podrían hacer: él se maravilla con oraciones que no podría haber escrito. Me encantó esa perspectiva de observar la escritura de otros con admiración. Me recordó al Borges que afirmó que se enorgullecía de lo que había leído y que dejaba a otros ufanarse de lo que escribían. Yo también soy una admiradora de las oraciones de los demás. Y debería decir más bien “de las de las demás”, porque a menudo me encuentro dándole vueltas a los textos escritos por autoras. Ya no me interesa tanto leer a autores. Supongo que moriré sin haber leído a Proust, a Calvino, a Mann, a Dostoievski y otros engrandecidos apellidos masculinos, porque estoy en mi periodo de superación de la misoginia intelectual y quizás me quede allí para bien.
Yo me he enamorado de la escritura de mujeres, al punto de reírme sola en medio de una reunión de trabajo de sólo recordar cómo me hizo sentir una escena, un personaje, un desenlace, un juego de palabras, un patrón difícil de identificar en la construcción de una trama: cosas así. O al punto de hablar por horas de una novela o regalar copias a los amigos con quienes quería conversar sobre ella. ¿No son estos los síntomas de enamoramiento? Ese pensar en las palabras del otro, el imaginarse los posibles significados de lo que dijo y contárselo a los demás para que sepan lo admirable e interesante que es, ¿no son las entregas, las pérdidas de tiempo del estar enamorado?
A mí solamente la escritura de las mujeres me ha animado a escribir. La de los hombres me mueve a leer y a criticar, pero la de las mujeres parece decirme “Ven aquí, cuéntanos tú también una historia, no importa que tu marido te diga que no sabes contar una. Dale. Escribe algo que le quede grande a él”. Frente a esas escritoras a quienes admiro tanto, pienso en qué sería lo esencial, lo que más me gusta de su trabajo, para hacerme una idea de qué tendría yo para contar. Y descubro que las autoras que más admiro son capaces de pensarse lo otro, lo que no es como nosotras y que eso les viene de observar con cuidado a los demás y a lo que está por fuera de su parcelita de realidad. Por eso crean mundos, poderes y gente que sólo se puede contrastar con nuestro mundo y con nuestras limitaciones y nuestra manera de ser humanos.
Creo hermanarme con ellas cuando escribo a partir de las vidas de otros, no de la mía. Siempre me han parecido más interesantes las vidas de mis amigos que mis experiencias personales. Que yo haya sufrido disgrafia por seis meses después de la muerte de mi padre, me parece menos interesante que el deseo de Antonio de comerse a su mamá, que lo llevó a mezclar sus cenizas en el salero. Por eso, mis relatos de duelo cuentan la experiencia de Antonio y no la mía. Y hablo de su vida porque él generosamente me ofreció esos detalles para que los contara. Y me dio más material que él, un ingeniero con buena ortografía, quisiera contar, pero no se anima a escribir. Entonces, vacía en mi oreja sus conquistas sexuales para que yo las muestre como ficción, pero siempre queda decepcionado. A él le gustaría que sus hazañas se mostraran con descaro y no con mi humor negro, que es una forma de descaro y de cinismo, pero no la que Antonio quisiera leer. Me ha regalado historias que yo sé que en mis manos no tienen un futuro escrito. Pero el mejor regalo han sido las respuestas a las preguntas con las que yo trato de darle sentido a sus amoríos e infidelidades.
Antonio no es el único amigo de quien he tomado material para narrar. Mi amiga Greta también me contó unas historias de su juventud que me sorprendió que ella nunca hubiera usado en sus obras de teatro ni en poemas ni en su novela. Recuerdo que cuando me contó esas andanzas y eventos magníficos pero traumáticos, le pregunté si había escrito sobre ellos y me dijo que no. Al preguntarle si yo podría usarlos en el futuro, me dijo que sí. Pero ocho años después, mientras escribía una historia de suspenso basada en un episodio de desaparición forzada, le pregunté por un detalle particular y me contestó que nunca me diría eso por WhatsApp y que si había sobrevivido tantos años era por su anonimato. ¿Tardé demasiado en contar la historia? No pienso hacer nada con ese relato ahora, y creo que eso salvaguardará nuestra amistad.
Estoy escribiendo una novela basada en la infancia de mi amiga Susana, una bailarina que ya no actúa profesionalmente. Su historia personal siempre me cautivó. Cuando éramos preadolescentes, yo la admiraba por su buen humor. Siempre se estaba riendo o haciéndonos reír. Hasta que, cuando ya estábamos a punto de graduarnos del colegio, entendí qué había detrás de su habitual buen humor. Cuando discutí mi proyecto narrativo con Yvette, le conté que quería entrevistar a Susana para que me aclarara detalles de su paso por orfanatos y familias temporales. Yvette me dijo que eso no debió ocurrírseme jamás y que no lo intentara. “Tú solo escribe y si ella se da cuenta, que sea cuando la novela esté publicada”, me dijo. Pero no le hice caso y me reconecté con Susana después de varios años de silencio. Ella aceptó contestarme todas las preguntas que tuviera sobre los procesos legales y emocionales de su infancia, pero me pidió mantener a salvo su privacidad. Eso ya lo estaba haciendo, el personaje inspirado en Susana tiene suficiente distancia con ella como para que alguien que nos conozca sospeche su identidad. Al contarle a Yvette de la entrevista con Susana, me sugirió que más bien pusiera esa historia en fuego bajo y que escribiera sobre mis circunstancias familiares. Me resisto. Cuando Susana y yo estábamos en bachillerato, la familia rara era la mía. Creo que yo gravitaba hacia la risa de Susana para lidiar con el peso de ser la cuidadora de un adulto vulnerable. Aún así, una adolescencia de cuidados no me parece tan buen material narrativo como una infancia que parecía una pelota de básquetbol, rebotando de mano en mano.
No es determinar cuál historia y de qué familia, lo que me preocupa. Lo que me inquieta es no conseguir una oración admirable, que se quede en la mente de los lectores aunque sea tonta y falaz. Algo así como "Todas las familias felices se parecen y las infelices lo son cada una a su manera". ¡Quién fuera Tolstoi para que la gente acepte semejante majadería! Un mundo muy pequeño parece asomarse por ahí. Ese desliz se le perdona a Tolstoi por todo lo demás.
No trabajo por una historia memorable, sino por una oración memorable. Esa es mi búsqueda. Y la hago leyendo.
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