Simuli T21
La secretaria entró al despacho presidencial para anunciar al Dr. Benavides. Una vez que el presidente miró hacia la entrada, estiró su brazo izquierdo frente al doctor para escanearlo. Un rectángulo de luz verde, del tamaño de la puerta, se iluminó ante el doctor, indicando que no traía consigo ningún tipo de armas, ni siquiera biológicas. El presidente se acercó a la ventana por la que entraba una cobija de luz al frío salón y se quedó de pie bajo esa tibieza que imprimía calidez en su rostro.
—Buenos días, Señor presidente —dijo el doctor, mirando primero al presidente y luego haciendo una pequeña reverencia de despedida a la secretaria.
—Acércate, Buena Vida. —saludó el presidente en un tono demasiado amable para el lugar en el que estaba. —¿Lo conseguiste?
—Presidente, el estado actual del simulador es aún fragmentario. —respondió el doctor sin abandonar la formalidad. —No se trata de un solo dispositivo sino de dos pares. El primero, a mi juicio el más importante, es un par de microchips que se pueden implantar temporalmente detrás de cada oreja. Los principales efectos son: hacer descender el maxilar inferior 3 mm para que el portador se vea obligado a respirar por la boca casi en todo momento, causar una inclinación involuntaria del cuello, acompañada de una rigidez que no tiene pausas, y alterar ligeramente el funcionamiento de las rodillas de tal manera que se reduzca la agilidad de la marcha. El segundo, que anticipo es el más importante para usted, es un par de lentes de contacto que pueden usarse hasta por una semana sin mantenimiento alguno. Uno de ellos causa la desviación del globo ocular, de manera que el usuario parecerá tener estrabismo. Si la visión del portador es perfecta, se verá reducida con los lentes de contacto. El principal efecto de estos lentes es que ofrecen una experiencia de autopercepción similar a la de un anoréxico: mientras la persona se mire a sí misma o frente a un espejo, la imagen que verá es la de un ser humano con sobrepeso.
—¿Qué ha sucedido durante las pruebas con personas?
—Los sujetos en quienes hemos probado los dispositivos han desarrollado episodios de ansiedad y psicosis dentro de las primeras cuatro horas de la simulación. Aun sabiendo que se trata de un experimento que está pensado para desarrollarse en un tiempo máximo de 24 horas, nadie ha alcanzado ni siquiera la mitad del tiempo límite de la simulación.
—¿La investigación no ha llegado a conseguir una merma en las habilidades cognitivas de las personas o una modificación de los estados emocionales hacia la docilidad, o algo así?
—El equipo de especialistas del cerebro y de la psique no ha reportado avances en ese sentido, presidente. No se han desarrollado técnicas que tengan esos efectos como un paso previo o simultáneo al implante de los simuladores. Pero la frustración frente a las limitaciones motrices y las visuales induce una reducción en la capacidad de tomar decisiones que no requiere un estímulo verbal previo. Consideramos que este es el flujo apropiado del experimento, puesto que no se altera el nivel de comprensión de los sujetos y pueden ser conscientes de los cambios que operan en su comportamiento a partir de sus limitaciones físicas.
—Quiero usar tu simulador en civiles.
—¿En quiénes?
—En mis tíos.
—Ni lo pienses, Martínez. —advirtió el Dr. Benavides, apretando la muñeca izquierda del presidente. —No podemos usarlo en personas que no aceptan el protocolo ético.
—Este es mi asunto personal y tú me vas a ayudar.
—Son legalmente tus padres.
—Pero si usar la simulación es una medida pedagógica… —dijo el presidente en un tono melifluo, mientras hacía círculos con la palma de la mano en el hombro del doctor. —quiero que conozcan algo, que reconozcan algo y se arrepientan de su desprecio por personas diferentes a ellos.
—¿Cómo puedes pensar hacer esto contra tu familia?
—Hay cosas que aún no sabes de mi familia, Benavides. Mis tíos me separaron de mis padres y con ello causaron la muerte de mis abuelos. Te pedí considerar el proyecto cuando empecé a tener recuerdos de mi primera infancia. Tanto mi madre como mi padre tenían Trisomía 21 y me criaron con mis abuelos hasta los cuatro años. Fue ese el momento en el que mi tío y mi tía se enteraron. Como no vivían en el país, no sabían que yo existía. Durante las visoconversaciones con ellos, mis abuelos nos ocultaron muy bien a mis padres y a mí. Mis tíos nunca estuvieron interesados en hablar con mi madre, pues no la consideraban un miembro de la familia. Para ellos, mi madre no era una persona.
Un Comienzo de año, decidieron sorprender a mis abuelos con una visita y los sorprendidos fueron ellos. Les horrorizó ver una pareja, según ellos minusválida, haciéndose cargo de un niño normal. Por supuesto que mis abuelos también eran mis cuidadores, pero mis padres estaban muy pendientes de mí. Trabajaban en la casa de mis abuelos. Tenían un taller de un oficio extraño, innecesario en nuestra época, pero lo hacían bien. Eran encuadernadores y trabajaban para museos y bibliotecas históricas.
Con diagnósticos falsos y artimañas legales, mis tíos consiguieron que mis padres y mis abuelos fueran considerados no aptos para hacerse cargo de mí. A mi padre lo desaparecieron. A mi madre y a mis abuelos los internaron en instituciones de rehabilitación psíquica donde su salud se deterioró rápidamente. Mis abuelos murieron. Mi madre está viva, pero no está bien. No me reconoce, no sabe quién soy yo.
Para mis tíos, esta fue la forma fácil de hacerse a una familia. Eran infértiles. Estoy agradecido de que me hubieran criado con todos los privilegios en una sociedad con tantas desigualdades, pero haber descubierto mis orígenes me lleva a un lugar en el que ninguna deuda de gratitud puede aplacar el odio y el resentimiento. Hablar con ellos no serviría de nada. Necesitan vivir ciertas cosas para entender.
Benavides, haz esto por mí.
—Buenos días, Señor presidente —dijo el doctor, mirando primero al presidente y luego haciendo una pequeña reverencia de despedida a la secretaria.
—Acércate, Buena Vida. —saludó el presidente en un tono demasiado amable para el lugar en el que estaba. —¿Lo conseguiste?
—Presidente, el estado actual del simulador es aún fragmentario. —respondió el doctor sin abandonar la formalidad. —No se trata de un solo dispositivo sino de dos pares. El primero, a mi juicio el más importante, es un par de microchips que se pueden implantar temporalmente detrás de cada oreja. Los principales efectos son: hacer descender el maxilar inferior 3 mm para que el portador se vea obligado a respirar por la boca casi en todo momento, causar una inclinación involuntaria del cuello, acompañada de una rigidez que no tiene pausas, y alterar ligeramente el funcionamiento de las rodillas de tal manera que se reduzca la agilidad de la marcha. El segundo, que anticipo es el más importante para usted, es un par de lentes de contacto que pueden usarse hasta por una semana sin mantenimiento alguno. Uno de ellos causa la desviación del globo ocular, de manera que el usuario parecerá tener estrabismo. Si la visión del portador es perfecta, se verá reducida con los lentes de contacto. El principal efecto de estos lentes es que ofrecen una experiencia de autopercepción similar a la de un anoréxico: mientras la persona se mire a sí misma o frente a un espejo, la imagen que verá es la de un ser humano con sobrepeso.
—¿Qué ha sucedido durante las pruebas con personas?
—Los sujetos en quienes hemos probado los dispositivos han desarrollado episodios de ansiedad y psicosis dentro de las primeras cuatro horas de la simulación. Aun sabiendo que se trata de un experimento que está pensado para desarrollarse en un tiempo máximo de 24 horas, nadie ha alcanzado ni siquiera la mitad del tiempo límite de la simulación.
—¿La investigación no ha llegado a conseguir una merma en las habilidades cognitivas de las personas o una modificación de los estados emocionales hacia la docilidad, o algo así?
—El equipo de especialistas del cerebro y de la psique no ha reportado avances en ese sentido, presidente. No se han desarrollado técnicas que tengan esos efectos como un paso previo o simultáneo al implante de los simuladores. Pero la frustración frente a las limitaciones motrices y las visuales induce una reducción en la capacidad de tomar decisiones que no requiere un estímulo verbal previo. Consideramos que este es el flujo apropiado del experimento, puesto que no se altera el nivel de comprensión de los sujetos y pueden ser conscientes de los cambios que operan en su comportamiento a partir de sus limitaciones físicas.
—Quiero usar tu simulador en civiles.
—¿En quiénes?
—En mis tíos.
—Ni lo pienses, Martínez. —advirtió el Dr. Benavides, apretando la muñeca izquierda del presidente. —No podemos usarlo en personas que no aceptan el protocolo ético.
—Este es mi asunto personal y tú me vas a ayudar.
—Son legalmente tus padres.
—Pero si usar la simulación es una medida pedagógica… —dijo el presidente en un tono melifluo, mientras hacía círculos con la palma de la mano en el hombro del doctor. —quiero que conozcan algo, que reconozcan algo y se arrepientan de su desprecio por personas diferentes a ellos.
—¿Cómo puedes pensar hacer esto contra tu familia?
—Hay cosas que aún no sabes de mi familia, Benavides. Mis tíos me separaron de mis padres y con ello causaron la muerte de mis abuelos. Te pedí considerar el proyecto cuando empecé a tener recuerdos de mi primera infancia. Tanto mi madre como mi padre tenían Trisomía 21 y me criaron con mis abuelos hasta los cuatro años. Fue ese el momento en el que mi tío y mi tía se enteraron. Como no vivían en el país, no sabían que yo existía. Durante las visoconversaciones con ellos, mis abuelos nos ocultaron muy bien a mis padres y a mí. Mis tíos nunca estuvieron interesados en hablar con mi madre, pues no la consideraban un miembro de la familia. Para ellos, mi madre no era una persona.
Un Comienzo de año, decidieron sorprender a mis abuelos con una visita y los sorprendidos fueron ellos. Les horrorizó ver una pareja, según ellos minusválida, haciéndose cargo de un niño normal. Por supuesto que mis abuelos también eran mis cuidadores, pero mis padres estaban muy pendientes de mí. Trabajaban en la casa de mis abuelos. Tenían un taller de un oficio extraño, innecesario en nuestra época, pero lo hacían bien. Eran encuadernadores y trabajaban para museos y bibliotecas históricas.
Con diagnósticos falsos y artimañas legales, mis tíos consiguieron que mis padres y mis abuelos fueran considerados no aptos para hacerse cargo de mí. A mi padre lo desaparecieron. A mi madre y a mis abuelos los internaron en instituciones de rehabilitación psíquica donde su salud se deterioró rápidamente. Mis abuelos murieron. Mi madre está viva, pero no está bien. No me reconoce, no sabe quién soy yo.
Para mis tíos, esta fue la forma fácil de hacerse a una familia. Eran infértiles. Estoy agradecido de que me hubieran criado con todos los privilegios en una sociedad con tantas desigualdades, pero haber descubierto mis orígenes me lleva a un lugar en el que ninguna deuda de gratitud puede aplacar el odio y el resentimiento. Hablar con ellos no serviría de nada. Necesitan vivir ciertas cosas para entender.
Benavides, haz esto por mí.
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