El claroscuro perfecto

Esta es. Tiene que ser esta la chica, la de la gabardina roja. Esos anteojos tan grandes… arcos ojivales en un rostro tan blanco. No he visto nada así antes. Tengo que ver esos ojos de frente. Tengo que ver el libro que abraza. No sé qué es, pero se lo quiero quitar. ¿Cómo? Ya sé: la champaña… Ahg. Alguien se adelantó… Es César. Se está haciendo pasar por mesero. ¡Uff! La pelada se dio cuenta con el primer sorbo. Desde aquí veo esos ojos. Y agarró el libro más fuerte, debe ser importante. No, pero ya perdió el año, ya la droga la pateó y César puede hacer con ella lo que quiera. Vamos a ver adónde la lleva. Ese carro… ¿quién conduce? A ver. Alcanzo a seguirlos. Hmm. Ya sé para dónde van. La pelada va quieta. César se acerca, ¿le quiere quitar el libro? No va a ser para leer. Ignorante, iletrado, lo que es no terminar el bachillerato. Yo también querría quitarle el libro para… Lo sabía, estas casas viejas, abandonadas todas, casi. Esta cuadra está casi vacía. La gente todavía le tiene miedo a estas casas y no está mal el miedo, pero no debería ser por los fantasmas, sino por las vigas desvencijadas, los techos rotos, las paredes podridas y la gente como César que no es capaz de conquistar y prefiere violar. Esta casa la conozco. Y la chica, ¿a quién me recuerda? ¡Por qué no suelta el libro! Esta gente tan poco profesional. Si ya le arrancó la falda, métasela en la boca para que no grite más. Eso, dientes, parece que se le fueran a salir. Que se le caigan, que se le caigan. Ja. La cachetada no sirvió. César no sabe con quién se metió. Ah, no es que yo sepa, pero es princesita, de buena casa, de buena familia. Ropa fina, mucho coctel de inauguración y gafas de carey. Quedó grogui, pero no suelta el libro. Este tipo qué, no sé quién es. Esas marcas que le dejó al arrancarle los calzones, mejor dicho la dejó hecha un alienígena, si fueran un tatuaje serían algo muy aburrido, pero si fueran las marcas de otra especie… ¡Juuj!. Ese César ahora sí supo cómo agarrar a la pelada y este otro tipo, uy, qué joya como corta esa gabardina y la blusa por detrás. Esos gritos. La pelada ya les cogió ventaja. Szs…Ahí enroscada en el suelo con el libro así, ya no la van a poder romper. No veo qué pasa. Se corrió adonde la luz de la luna no le da. Ahjhjhj. César y el otro ¿qué se dicen? Quiero ver más. Ahg, Me vio. Me vio. Sin gafas, tal vez no. Mira para acá. Uy, César, la vas a perder. Perdedor. No te la has ganado todavía, eso es menos que perder. Se paró. No mira hacia atrás como la Libertad, no tiene los pechos al aire, sólo los brazos sobre el libro, pero parece volar, esa gabardina, dos alas colgando, arrastrándose hasta aquí. El claroscuro perfecto, el gesto de horror viniendo hacia mí. No puedo dejar de mirar, el desorden de crespos agitándose en la cabeza, los ojos ciegos que parecen llamarme, la boca abierta, las marcas alienígenas en las piernas blancas, ese vello púbico que me paraliza. ¿Me paraliza? !Aych! ¡No veo! ¡Ay, no! Un taxi, la cogió un taxi. A esta hora, por aquí: un taxi. ¡No, no la lleve! ¡No se la lleve! El libro. No lo soltó nunca.

—¡Pintor! —grita César. ¡¿Se le paró o no?!









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