Lana y Manuel: la cancha techada
El miércoles, a las 7:00 a.m., Lana entró a la sala de profesores sin saludar. Tomó la tabla de asistencia y preguntó si alguien ya había firmado la lista de voluntarios para la actividad del sábado.
—Ya mismito la firmo —se apresuró a contestar Manuel, suponiendo que ya Lana se había anotado.
Lana alcanzó a terminar su nombre antes de sentir los dedos de Manuel sobre su mano para tomar el lapicero. Lo recorrió de la frente a la mano con una mirada que podría decirse neutra, pero que no lo era. Sus labios entreabiertos no mostraban la sonrisa sardónica que tenía adentro. “Ya mismito”. “Mis-mito”. “Qué palabra es esa”. La sala estaba casi llena, pero su mesa estaba vacía. Lana calló sus ganas de hablar con Manuel con un café. Pero él la siguió hasta su silla.
—¿Entiendes de qué se trata lo del sábado? —preguntó Manuel, como confirmando si Lana aceptaría salir con él.
—Los chicos patrocinados por las inglesitas van a liderar una mañana recreativa con niños de orfanatos —respondió Lana con las cejas arqueadas, el gesto de quien le contesta al profesor que espera corchar a los estudiantes.
—Y tú como qué tan comprometida estás con ese voluntariado. Decime —dijo Manuel mirando su propia taza de café.
—Supe lo que las inglesitas hacen apenas la semana pasada. Quiero saber más de qué se trata, con quiénes trabajan, qué necesitan.
—Yo también.
—Aún no sé si me voy a comprometer o no —dijo Lana, fijando los ojos en los labios de Manuel.
—Entiendo.
Manuel asentó la cabeza varias veces y “ahí mismito” resolvió que no le dejaría tiempo libre a Lana para ser voluntaria.
* * *
El sábado en la mañana se encontraron bajo la cancha techada del colegio. En ese lugar, ese día, no eran profesores. Lana y Manuel caminaron, sin más compañeros, hasta la estación de los jóvenes que lideraban la jornada y fueron asignados a acompañar las actividades juntos. A la hora del refrigerio, se pararon en la mitad de la cancha para supervisar a los niños y niñas que subían por la gradería con sus platos y cajas de jugo.
Una adolescente de apretadas trenzas, curvas esdrújulas y tez muy oscura se prendió del brazo de Lana y miró a Manuel al preguntar:
—¿Ustedes podrían adoptarme? ¿Sí? ¿Sí? —Insistió la chica con una sonrisa con la que se jugaba el día, quizás el futuro.
Manuel aguantó la respiración un minuto, no sólo por sentir su mano repentinamente en la de Lana, sino por darse cuenta de que los niños los veían ya como pareja. Apenas llevaban tres meses saliendo a escondidas. La chica no soltó el brazo de Lana, pero dejó de mirarlos. Miró a un lado y a otro de la gradería, como buscando quién les tomara una foto de familia. Manuel cerró los ojos a medias y estudió las manos asidas y el perfil de la niña. Con esa media mirada finalmente se percató de que Lana no estaba bien.
—Ahorita mismo no podríamos, Belleza. —dijo Manuel con una voz serena que no sabía de dónde le salía. Pero te acompañamos a recoger el refrigerio.
Con un giro minúsculo, tomó la mano de Lana en la suya y puso su diestra sobre el hombro de la chica para guiarla en la fila del refrigerio y liberar a Lana. Aunque la mano de Manuel ya empezaba a sudar, Lana se dejó llevar, sin decir nada y sin despegar la mirada de sus zapatos.
—Es muy rico –dijo Manuel, señalando el wrap de pollo. Te va a gustar. Eh... no olvides la cajita de jugo, Belleza. —agregó, dándole una suave palmada en la espalda a la chica para encaminarla hacia la gradería.
No se despidieron.
La chica corrió a reencontrase con sus amigas que ya estaban comiendo en medio de risas.
Frente a frente, Manuel acunó los codos de Lana en sus manos antes de abrazarla, sin interrumpir el silencio.
—Ahorita mismo no podríamos, Belleza. —dijo Manuel con una voz serena que no sabía de dónde le salía. Pero te acompañamos a recoger el refrigerio.
Con un giro minúsculo, tomó la mano de Lana en la suya y puso su diestra sobre el hombro de la chica para guiarla en la fila del refrigerio y liberar a Lana. Aunque la mano de Manuel ya empezaba a sudar, Lana se dejó llevar, sin decir nada y sin despegar la mirada de sus zapatos.
—Es muy rico –dijo Manuel, señalando el wrap de pollo. Te va a gustar. Eh... no olvides la cajita de jugo, Belleza. —agregó, dándole una suave palmada en la espalda a la chica para encaminarla hacia la gradería.
No se despidieron.
La chica corrió a reencontrase con sus amigas que ya estaban comiendo en medio de risas.
Frente a frente, Manuel acunó los codos de Lana en sus manos antes de abrazarla, sin interrumpir el silencio.
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