Lana y Manuel: la cancha techada
[Viene de Lana y Manuel: Unicentro]
LANA Y MANUEL
CALI, 2004
LA SALA DE PROFESORES
El miércoles, a las 7:00 a.m., Lana entró a la sala de profesores diciendo “Feliz día”, como cada mañana. Tomó la tabla de asistencia y preguntó si alguien ya había firmado la lista de voluntarios para la actividad del sábado.
—Ya mismito la firmo —se apresuró a contestar Manuel, suponiendo que ya Lana se había anotado.
Lana alcanzó a terminar su nombre antes de sentir los dedos de Manuel sobre su mano para tomar el lapicero. Lo recorrió de la frente a la mano con una mirada que podría decirse neutra, pero que no lo era. Sus labios entreabiertos no mostraban la sonrisa sardónica que tenía adentro. “Ya mismito”. “Mis-mito”. “Qué palabra es esa”. La sala estaba casi llena de profesores, pero su mesa estaba vacía. Lana calló sus ganas de hablar con Manuel con un café. Pero él la siguió hasta su silla.
—¿Entiendes de qué se trata lo del sábado? —preguntó Manuel, como confirmando si Lana aceptaría salir con él.
—Los chicos patrocinados por las inglesas van a liderar una mañana recreativa con niños de orfanatos —respondió Lana con las cejas arqueadas, el gesto de quien le contesta al profesor que espera corchar a los estudiantes.
—¿Y tú como qué tan comprometida estás con ese voluntariado? Dime —preguntó Manuel, mirando su propia taza de café.
—Supe lo que las inglesas hacen apenas la semana pasada. Quiero saber más de qué se trata, con quiénes trabajan, qué necesitan.
—Yo también.
—Aún no sé si me voy a comprometer o no —dijo Lana, fijando los ojos en los labios de Manuel.
—Entiendo.
Manuel asintió con la cabeza varias veces y “ahí mismito” resolvió que no le dejaría tiempo libre a Lana para ser voluntaria. O que se haría voluntario con ella y por ella.
LANA Y MANUEL
CALI, 2004
LA CANCHA TECHADA
El sábado en la mañana, Lana y Manuel se encontraron bajo la cancha techada del colegio. En ese lugar, ese día, no eran profesores. Caminaron, sin otros colegas, hasta la estación de los jóvenes que lideraban la jornada y fueron asignados a acompañar las actividades juntos. A la hora del refrigerio, se pararon en la mitad de la cancha para supervisar a los niños y niñas que subían por la gradería con sus platos y cajas de jugo.
Una adolescente de apretadas trenzas, curvas esdrújulas y tez muy oscura se prendió del brazo de Lana y miró a Manuel al preguntar:
—¿Ustedes podrían adoptarme? ¿Sí? ¿Sí? —Insistió la chica con una sonrisa con la que se jugaba el día, quizás el futuro.
Manuel aguantó la respiración un minuto, no sólo por sentir su mano repentinamente en la de Lana, sino por darse cuenta de que los niños los veían como pareja. Apenas llevaban tres meses saliendo a escondidas. La chica no soltó el brazo de Lana, pero dejó de mirarlos. Miró a un lado y a otro de la gradería, como buscando a quien les tomara una foto de familia. Manuel cerró los ojos a medias y estudió las manos asidas y el perfil de la niña. Con esa media mirada, finalmente se percató de que Lana no estaba bien.
—Ahorita mismo no podríamos, Belleza —dijo Manuel con una voz serena que no sabía de dónde le salía. Pero te acompañamos a recoger el refrigerio.
Con un giro minúsculo, tomó la mano de Lana en la suya y puso su diestra sobre el hombro de la chica para guiarla en la fila del refrigerio y liberar a Lana. Aunque la mano de Manuel ya empezaba a sudar, Lana se dejó llevar, sin decir nada y sin despegar la mirada de sus zapatos.
—Es muy rico —dijo Manuel, señalando el wrap. —Es pollito. Te va a gustar. Eh… no olvides la cajita de jugo, Belleza —agregó, dándole una suave palmada en la espalda a la chica para encaminarla hacia la gradería.
No se despidieron.
La chica corrió a reencontrarse con sus amigas, que ya estaban comiendo, entre risas.
Frente a frente, Manuel acunó los codos de Lana en sus manos antes de abrazarla, sin interrumpir el silencio.
Lana puso las manos sobre el pecho de Manuel, como si fuera a empujarlo, pero no lo hizo. Ya tenía la mirada brillante y congestión.
—I need to wash my face —dijo.
Manuel dijo "Okay" y la tomó de la mano para buscar los lavamanos.
—¿Quieres ir a mi carro? Tengo Kleenex ahí —ofreció Manuel.
—I don’t want to be in a small space like that.
—I see that… this is overwhelming for you.
—How do you know?
—You switched to English.
—Sorry, no me di cuenta.
Se quedaron detrás del muro de las graderías.
—Yo no sé por dónde empezar —dijo Lana, mirando a Manuel con una expresión de vulnerabilidad que ambos desconocían en ella. —¿Te diste cuenta de lo que pasó ahí atrás?
—Los niños piensan que somos pareja y que los podemos adoptar.
—Y hay una razón por la que yo los entiendo y una razón por la que siento que yo nunca podría responder con amor maternal.
Manuel simplemente escuchó.
—Conoces a mi papá. Nos llevamos muy bien. Pero yo lo conocí cuando tenía 11 años. Antes de eso, ni siquiera sabía que existía. Es más un hermano mayor que un papá —confesó Lana con una sonrisa nerviosa.
Manuel siguió escuchando.
—Lo que te voy a decir no se lo he contado a nadie. Ninguna de mis parejas anteriores supo esto de mí —dijo Lana con lágrimas agolpándosele en los ojos. And if I want to tell you this, it’s because I have strong feelings for you, and I don’t want to deceive you.
Manuel intentó un abrazo calmante, pero Lana no lo aceptó, necesitaba enfrentarlo, mirarlo a los ojos. Él permaneció en silencio.
—Just like these children, I was in an orphanage. Three times. Before I met my father, I lived with foster families. Why? Because I lived in a neglectful household to begin with.
Lana cruzó los brazos, apretó los codos y fijó la mirada en el suelo.
—If you don’t want to see me again after what I’m about to tell you…That’s okay —dijo con la respiración entrecortada. Intentó una inhalación profunda antes de continuar. —My mother has schizophrenia and for a while she tried to cope with that with some addictions, but having me around was not good for her. Schizophrenic patients are not violent by nature, she was more neglectful than anything, but she had her moments.
—Entonces, ella ya está mejor.
—¿Qué?
—Dijiste que por un tiempo ella tuvo adicciones. Eso quiere decir que ya no —dijo Manuel con mucha calma. —Y entonces, ¿por qué yo no querría salir contigo?
—Porque ella está viva y yo no la he visto en 20 años.
—¿Y quieres verla?
—¿Qué?
—¿Quieres verla, visitarla, saber cómo está?
—Eso no lo sé.
—¿Quieres que te ayude a encontrarla?
—¿Qué?
[Sigue Lana y Manuel: la cafetería]
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