Escritura desde el territorio

La primera vez que atravesé las montañas rocosas entre Alberta y British Columbia estaba fascinada con los bosques de pinos. Kilómetros y kilómetros de bosques hicieron el viaje de verano maravilloso hasta que pasamos por uno incinerado. Cientos de kilómetros de árboles muertos, unos caídos, otros incompletos, otros a medio erguir, no eran un espectáculo pintoresco. Yo le pregunté a mi familia política que cuándo había sido el incendio y que cuándo iban a reforestar. No tenían una respuesta para la primera pregunta, pero sí una para la segunda: Cuando los bosques se queman, no se reforestan. Se deja a la naturaleza hacerse cargo de sí misma. Esas respuestas simples y tajantes hacen parte de mi visión de Canadá. Con otros viajes por las rocosas, en verano, en otoño o en invierno, mi fascinación con los bosques de pino menguó, pero no desapareció. Y relaciono esos bosques con algo que para mí es relevante, con el uso del lenguaje académico. 

Las primeras tareas escritas que entregué en mi posgrado en Hispanic Studies fueron comentarios de texto sobre crónicas, historias cortas y novelas con el tema de “La cautiva”. El curso de literatura hispanoamericana exploraba esta imagen en la literatura argentina desde la conquista hasta el siglo XXI. Aunque me parecía que yo daba buena cuenta de las lecturas, mis calificaciones eran decepcionantes. Las de todos los estudiantes latinoamericanos lo eran para nosotros mismos. Estábamos muy aburridos. Particularmente, porque la profesora era argentina, una latinoamericana como nosotros. En una entrevista con ella, le pregunté por sus expectativas acerca de los trabajos. No recuerdo una respuesta clara que se pareciera a una receta, pero sí recuerdo una caracterización de mi escritura. Rita De Grandis dijo: “Su escritura es muy sofisticada”. Yo sonreí con satisfacción y ella se puso más seria de lo que estaba. “No es un halago”. 

Me tomó tiempo entender el comentario y superar mi deficiencia. Entendí “mi problema” cuando le pedí a una compañera española que llevaba la mitad de su vida adulta en Canadá que criticara mis textos: Susa me dijo algo así como, “Si lo leo como hispanohablante, me parece que está bien. Si lo leo como canadiense, diría que tus oraciones son muy largas y elaboradas. Ameritan relectura para apreciar el contenido y la estructura. Entran en muchos detalles que adornan las ideas, pero que dilatan la conclusión. Para los profesores de aquí, esas oraciones no funcionan. No uses oraciones elegantes, entre más simple y directa la expresión de la idea, mejor”. Entendí que ellos querían una forma básica y reconocible: un pino. Ideas y formulaciones breves, fáciles de entender. 

Así que, cuando Kim Buschesne, mi supervisora, me devolvió mi ensayo de grado y en él encontré un fragmento resaltado con la nota “Esta oración está muy corta”, eso lo sentí como un halago. 

Soy profesora de escritura académica en una universidad privada de orientación corporativa, industrial. Lo que reproduzco es tanto la necesidad de planear la escritura como esa sencillez del lenguaje que aprendí en Canadá y que de vez en cuando resiento. No en el salón de clase. A mis estudiantes acostumbro a preguntarles ¿Eso se puede escribir con menos palabras, sin perder el sentido y de una forma más clara y directa? Como lectora de prosa escolar, me beneficio de la brevedad. Pero, cuando yo escribo lo hago desde el punto geográfico que habito. El sur de Cali. Si miro a la izquierda, veo la cordillera, escarpada, irregular, unas veces adornada con niebla, otras veces descubierta, entregada al sol o a los arreboles. Si miro a la derecha ya no hay montañas, solo planicie, valle. Entonces, desde ese lugar juzgo lo que escribo. ¿Estoy siendo altiva, inhóspita y compleja como la cordillera o estoy siendo llana y asequible como el valle? 

Esa pregunta no la hago cuando escribo para mí. Ahí sé que soy cordillera, soy farallones, con variedad de terrenos, de vegetación, de fauna, de clima; es decir, con variedad de estilos, vocabulario, sintaxis y tonos. Cuando escribo para otros soy planicie, soy monocultivo, soy cañaduzal: produzco lo simple, lo directo, lo esperado, lo que se recibe y se asimila rápido como una bebida dulce. 

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