Lana: la biblioteca
Desde los ocho años, al salir de clases, Lana esperaba a su mamá en una biblioteca pública hasta las 6:00 p.m. Un jueves de mayo vio allí a una chica de High School que le sonrió y se sentó a su lado. Trataba de no mirarla, pero no era tarea fácil. Su ropa abigarrada, el maquillaje alrededor de los ojos y los mechones de diferentes colores en el pelo no era algo que Lana viera en vivo todos los días.
Cassandra tenía 19 años y estaba a punto de graduarse. La primera vez que vio a Lana, le resultó extraño que estuviera leyendo un libro de Angela Carter. La pequeña lectora parecía tener no más de once años. Pensó que una niña así tal vez fue la inspiración para Matilda. En el segundo encuentro empezaron a hablar. O, mejor dicho, Cassandra habló. Dijo muchas cosas, pero su olor a marihuana, impedía que Lana siguiera el ritmo de la conversación. El recuerdo de su madre, relajada y contenta, se le metía por la nariz y le tapaba las orejas. Quería quedarse con esa imagen un minuto más.
Lana no entendió la mitad de lo que Cassandra dijo y no creyó la otra mitad, pero sintió que tenía una amiga grande, y que eso era importante. Esperó casi con impaciencia la llegada del jueves siguiente para verla de nuevo. La joven llegó sobria y con todos sus sentidos en su lugar. Al acercarse a Lana notó marcas que en una piel más clara parecerían morados, pero en la de ella no se sabía bien qué eran. Ante las dudas, le preguntó por las marcas. La niña aseguró con expresión de qué-pregunta-es-esa, “Son de cosas que hace mamá cuando llegamos a casa.” Ya con la frente lisa y con ojos de obviedad, agregó "Adultos... pegan".
Por sus respuestas casuales, Cassandra entendió que Lana estaba acostumbrada a un ambiente hostil. El interrogatorio terminó con “¿Te gustaría que tu mamá ya no te pegara, no te golpeara contra las paredes, no te encerrara en el sótano los fines de semana?” Lana retomó con el entrecejo el gesto de qué-pregunta-es-esa y volvió a su libro de Ursula K. Le Guin, pero el embrujo de magos de piel oscura como la suya se desvaneció. Con las palabras de Cassandra, no se pudo concentrar. De repente cayó en cuenta de que cosas como las que ella vivía son materia de cuentos de hadas con madrastras malas. No hay madres malas en los cuentos de hadas ni en las novelas de fantasía. Recordando lo que había estado leyendo esa tarde, se daba cuenta de que incluso la tía de Sparrowhawk no podía llamarse propiamente mala. ¿En qué historia fantástica hay una madre mala? No pudo empezar el inventario.
Y ¿qué tal que su vida fuera un cuento de hadas raro, una historia fracturada en la que Cassandra fuera un hada madrina? La idea la hizo sonreír con la cabeza inclinada. Por un segundo extraño, Lana fue consciente de su sonrisa y su cara se sintió cansada.
El último jueves que Lana esperó en la biblioteca, Cassandra llegó con su madre, que era trabajadora social de Child Services, y dos agentes de policía. Llevaron a Lana a su casa para que recogiera unas mudas de ropa y las cosas que quisiera conservar. La niña entendió que ya no volvería a ver a su madre. Esto sí se iba pareciendo a un cuento de hadas con final inesperado. Pero aún no sabía si este rescate era un final feliz.
Cassandra tenía 19 años y estaba a punto de graduarse. La primera vez que vio a Lana, le resultó extraño que estuviera leyendo un libro de Angela Carter. La pequeña lectora parecía tener no más de once años. Pensó que una niña así tal vez fue la inspiración para Matilda. En el segundo encuentro empezaron a hablar. O, mejor dicho, Cassandra habló. Dijo muchas cosas, pero su olor a marihuana, impedía que Lana siguiera el ritmo de la conversación. El recuerdo de su madre, relajada y contenta, se le metía por la nariz y le tapaba las orejas. Quería quedarse con esa imagen un minuto más.
Lana no entendió la mitad de lo que Cassandra dijo y no creyó la otra mitad, pero sintió que tenía una amiga grande, y que eso era importante. Esperó casi con impaciencia la llegada del jueves siguiente para verla de nuevo. La joven llegó sobria y con todos sus sentidos en su lugar. Al acercarse a Lana notó marcas que en una piel más clara parecerían morados, pero en la de ella no se sabía bien qué eran. Ante las dudas, le preguntó por las marcas. La niña aseguró con expresión de qué-pregunta-es-esa, “Son de cosas que hace mamá cuando llegamos a casa.” Ya con la frente lisa y con ojos de obviedad, agregó "Adultos... pegan".
Por sus respuestas casuales, Cassandra entendió que Lana estaba acostumbrada a un ambiente hostil. El interrogatorio terminó con “¿Te gustaría que tu mamá ya no te pegara, no te golpeara contra las paredes, no te encerrara en el sótano los fines de semana?” Lana retomó con el entrecejo el gesto de qué-pregunta-es-esa y volvió a su libro de Ursula K. Le Guin, pero el embrujo de magos de piel oscura como la suya se desvaneció. Con las palabras de Cassandra, no se pudo concentrar. De repente cayó en cuenta de que cosas como las que ella vivía son materia de cuentos de hadas con madrastras malas. No hay madres malas en los cuentos de hadas ni en las novelas de fantasía. Recordando lo que había estado leyendo esa tarde, se daba cuenta de que incluso la tía de Sparrowhawk no podía llamarse propiamente mala. ¿En qué historia fantástica hay una madre mala? No pudo empezar el inventario.
Y ¿qué tal que su vida fuera un cuento de hadas raro, una historia fracturada en la que Cassandra fuera un hada madrina? La idea la hizo sonreír con la cabeza inclinada. Por un segundo extraño, Lana fue consciente de su sonrisa y su cara se sintió cansada.
El último jueves que Lana esperó en la biblioteca, Cassandra llegó con su madre, que era trabajadora social de Child Services, y dos agentes de policía. Llevaron a Lana a su casa para que recogiera unas mudas de ropa y las cosas que quisiera conservar. La niña entendió que ya no volvería a ver a su madre. Esto sí se iba pareciendo a un cuento de hadas con final inesperado. Pero aún no sabía si este rescate era un final feliz.
(Editado en julio de 2025)
Comentarios
Publicar un comentario