Una niña mala
Había una vez una niña mala cuyo nombre era Maritza, María en búlgaro. Si uno es observador advertirá que en las historias bíblicas no hay niñas y en los cuentos ejemplarizantes no hay niñas malas. Todo el peso de la maldad infantil recae sobre los niños. Pero es injusto privar un género de las ventajas que la maldad ofrece a todos los seres humanos por igual. Por eso tenemos que contar la historia de una niña mala, Maritza, o, más bien, de su ingreso a la maldad.
La madre de Maritza era una mujer católica, muy católica. Una madre pía, como las mamás de los niños malos en las historias religiosas, que le enseñó a rezar el rosario, la llevó a misa cada domingo de su infancia y la inscribió en un colegio de franciscanos. Una mañana, cuando Maritza estaba en segundo de primaria, llegó a su salón Fray Blas. ¿Cuándo se había visto a Fray Blas merodeando por los salones de primaria? Jamás. Maritza había escuchado sobre él, pero lo había visto solo una vez, de espaldas, mientras él miraba libros de la biblioteca privada de los frailes, protegidos por puertas de cristal. Así de importantes serían los libros, que necesitaban protegerse del polvo y del aliento de los mortales sobre sus lomos y sus tripas.
Fray Blas irrumpió en el salón sin saludar si quiera al profesor. Y desde su altura, enfatizada por la túnica café y el lazo blanco crudo, señaló a Maritza y le dijo: “Usted. Venga a la catequesis ya mismo. Tiene que hacer la primera comunión este año, porque el próximo va a parecer una novia.” Este tipo de comentarios no lo escuchan nunca los niños buenos o malos en ninguna historia.
En la catequesis, los frailes hablaban de las parábolas en los evangelios. Cada sesión era como una homilía larga. Y Maritza aprendió la diferencia entre mandamientos y sacramentos, memorizó las obras de caridad, los siete pecados capitales, las virtudes cardinales y unas cuantas plegarias. De todas esas enseñanzas, la que más atesoró fue el sacramento de la confesión. No como prerrequisito para recibir la comunión, sino como puerta para la libertad y la impunidad.
¿Qué mejor regalo para un niño o una niña que el sacramento de la confesión? Es incomunicable la alegría de saber que no importa lo que hagas, se lo puedes contar a alguien que no es el ofendido y te va a absolver. No tienes que enfrentar a las personas que lastimaste. No tienes que reparar los daños que hiciste. No es necesario hacer algo para probar tu cambio de perspectiva o entendimiento. Sólo tienes que recitar unos poemas malos por un ratico y ya. El único riesgo es que te quede gustando esa forma de poesía y que esto afecte tu sentido estético. Pero ¿pasa?
Como no hay niñas malas en las historias de catequesis, ¿qué ejemplos de maldad podrían darse para niñas malas? Miremos: Darle un escobazo en la cabeza a la abuela, podría parecer un acto de maldad. Pero no va contra ninguno de los mandamientos. Rayar rabiosamente con lapicero azul el cuero cabelludo de la vecinita Mercedes, también parece una maldad. Pero no hay mandamientos contra esto. Llamar “hijueputa” al hermano, sin saber qué es puta ni qué hijueputa, también parece mala cosa, pero no va contra los mandamientos, ni es un pecado capital. Ninguna de estas torpezas cuenta como maldad.
Es difícil definir la niña mala, pero es fácil concluir que de una niña mala sólo pueden devenir dos seres que son más conocidos: la mala mujer y la mala madre.
Maritza se convirtió en las dos. Mala mujer porque conoce todos los pecados capitales (menos uno) y estudió sociología, filosofía y literatura. Es decir, eligió el camino de la perdición. Y es indudable que es mala madre, porque no hay maldad tan grande como privar a los hijos de una educación religiosa y sobre todo del sacramento de la confesión. Eso de hacer a los hijos responsables de sus actos no tiene perdón ni absolución.
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