La sala de ropas

Llegan la directora de Residencias Universitarias y una asistente para hacer el inventario de las máquinas y muebles en la sala de ropas de Melfa Court: cuatro lavadoras, cuatro secadoras, cuatro planchas, cuatro mesas de planchado, dos tendederos de ropa, un tablero de corcho, una mesa auxiliar y un escaparate bajo y muy ancho, con nombre propio: “La mesa de donaciones.” Ninguna de esas cosas tiene algo que decir. Solo yo, La mesa de donaciones. 

Las planchas no tienen recuerdos de las personas, no porque los quemen al tocar su ropa. Como las secadoras, no pueden retenerlos porque las lavadoras ya han enjuagado las memorias de las personas que quedan en sus prendas. Los tendederos también reciben ya la ropa lavada, pero yo no recibo ropa sucia. A mí, no llegan las personas somnolientas a empezar el día desembarazándose del sudor y el mal olor, de las manchas de comida o de fluidos corporales, del polvo, de la arena, del barro, de pintura o cualquier otra substancia. Tampoco llegan a mí las apresuradas o las cansadas en espera de máquinas disponibles para llevar ropa limpia a casa. A mí llegan con nostalgia, tristeza, incertidumbre y esperanza las familias que regresan a sus países después de una estancia en la Universidad de British Columbia para dejar las cosas que no pueden llevar consigo: elementos de cocina, decoraciones, accesorios, ropas de estación, juguetes, cajas de libros. A mí, llegan los nuevos residentes que miran con sorpresa, alegría, alivio o curiosidad objetos que vienen quizá de otros lugares del mundo y examinan si pueden usarlos o no, para tomarlos o dejárselos a otra familia que los puede necesitar, o pueda darles un mejor uso. Mi cuerpo de madera recibe el peso de los objetos y el peso de las historias, las que cargan las cosas, las que cuentan quienes las dejan, mientras las ponen sobre mí. He sido testigo por tres décadas de la generosidad con la que niños y niñas donan, no abandonan, sus tesoros para que acompañen a otros niños conocidos o desconocidos en ese tramo de su vida en el que sus padres estudian en UBC. Y he sido testigo de la fascinación con la que niños se acercan a mi carga con la expectativa de la mañana de Navidad y seleccionan qué llevar y qué dejar para otros niños, y he escuchado las ensoñaciones que pronuncian en un golpe repentino de felicidad.  

Yo tendría muchas cosas que decir. Entran los trabajadores a desconectar las lavadoras, las secadoras, las planchas; a desmontar el tendedero, el tablero de corcho, todos ellos, alcancías rotas de memorias, serán reubicados en las cortes que no serán demolidas. Mi barriga enorme de recuerdos y de historias de llegadas y partidas, de tránsitos y de donaciones será la única ofrenda de esta sala de ropas a la escombrera donde se diluirá finalmente ese espíritu que define el paso fugaz de los estudiantes internacionales con familia en UBC. Las historias por las que peso, ¿debería decirlas para contravenir el impulso posesivo e individualista de la época? 


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