¿Una poética propia?


“Yo quería estudiar literatura, pero la actitud suya me ha desanimado.” Así terminé mi intervención contra Luis Fernando, nuestro profesor de literatura en décimo grado. (Imperdonable.) Fue la única persona que nos habló de figuras literarias, sentía que aprendía con él, pero, apoyando el malestar de mis compañeras, tomé la vocería con lo que ellas no se atrevían a decir. Ni siquiera había considerado en serio qué quería estudiar, pero movida por mi repentino enamoramiento con tragedias medievales como la de Tristán e Isolda, se me ocurrió decir algo sobre literatura. Lo que dije era innecesario, pero resonó en mí. ¿Eso es lo que quería estudiar? Cuando anuncié mis opciones, Literatura o Arte Dramático en Univalle, mamá dijo que nadie iba a pagar para que yo fuera profesora. La ironía es que, salvo el semestre en el que corté telas en Fabricland en Canadá, todos mis trabajos han sido como maestra, incluso sin haberme graduado de licenciada. Soy profesional en filosofía.

A los 17 años entré a estudiar Sociología en Univalle y me la pasaba leyendo poesía española y cuentos latinoamericanos, una que otra novela en traducción. Tomé cursos en literatura y cultura brasileña y peruana y un taller de escritura creativa, pero no me cambié de carrera. Leer a Borges y a Cortázar me llevaron a estudiar filosofía. Me parecía el ABC para entender a mis escritores favoritos, incluido Kundera, otro que dejaba caer nombres de filósofos por ahí. En esa época, escribía poemas crípticos, muchos de ellos écfrasis de exposiciones de pintura y escultura. No los entendía nadie. 

En séptimo semestre me retiré de la carrera, me presenté de nuevo a la universidad y el último poema que escribí, lo hice en la segunda semana de mis estudios en filosofía. Me volví lectora intermitente de novelas. Mis primeros trabajos fueron enseñando un curso de Aristóteles en pregrado y literatura y lengua castellana en un colegio bilingüe. Me las ingenié para hacer escribir a otros comentarios filosóficos o textos narrativos, pero yo no escribí más hasta que hice la Maestría en literaturas colombiana y latinoamericana. Ahí me volví escritora de comentarios de textos literarios. Lo seguí haciendo como estudiante de estudios hispánicos en Canadá. Es en el escribir sobre la escritura de otros donde me he sentido cómoda desde entonces. Escribir sobre literatura me hace feliz porque mi experiencia de lectura se hace más intensa cuando pienso que tengo que decir algo novedoso sobre lo que leo.

En los exámenes de Literatura, Política y Ciudad, el primer curso universitario de literatura que diseñé, puse una decoración que rezaba “Todo ejercicio de escritura es una comprobación de lectura”. Si puedo escribir es porque he leído y para mí leer es como respirar. Si la prueba de respirar es estar viva, mi prueba de estar viva es escribir. Por eso abrí este blog sin ningún propósito mayor que practicar la escritura sobre las obras que leo por placer, no por trabajo. Espejos, lupas y catalejos. Espejos, porque me gusta mirar los reflejos que aparecen en las historias, un personaje un evento sobre otro. Lupas, porque a veces miro muy de cerca para magnificar algo que podría pasar desapercibido. Catalejos, porque me gusta mirar la literatura distante, conocer otras culturas, abrir mis horizontes éticos, filosóficos y estéticos.

Hace poco vi a Luis Fernando en una panadería Montecarlo, por eso recordé aquel incidente. Caí en cuenta de que nunca he tenido estudiantes de bachillerato tan groseros como lo fui yo aquella vez, pero tampoco me conecto con los adolescentes de la manera en que me gustaría y la verdad, sí quisiera llegarles un poquito a aquellos que dicen no estar interesados en leer. Mi vocación es ser profe universitaria, pero de vez en cuando miro el camino que mis estudiantes han recorrido para llegar a la universidad y me gustaría intervenirlo, enriquecerlo. A veces me da vueltas en la cabeza la idea de escribir para niños y jóvenes y ese es un reto que me gustaría asumir.





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