Otra autobiografía lectora
Profesora: ¿Por qué escogió este curso (Literatura femenina I)?
Yo: Porque, al hablar con egresadas que tomaron esta electiva, descubrí que soy una misógina intelectual. No leo textos escritos por autoras. Mis colegas se veían muy contentas comentando novelas escritas por mujeres y yo no sabía de quiénes estaban hablando, nunca había escuchado los nombres ni los títulos de los libros que mencionaban. Me gustaría empezar a leer algo diferente al canon masculino. Me gustaría deshacerme de esa misoginia.
Profesora: En primer lugar, todas y todos somos misóginos intelectuales, incluso quienes leemos textos escritos por mujeres. En segundo lugar, eso no va a cambiar con un curso ni con dos.
Y pasó más de una década antes de que mi lista de libros leídos y releídos en un año tuviera alrededor de 90% novelas escritas por autoras. Eso fue en 2022. El año en el que a los 47 leí lo que debía haber leído a los 17. Entre 2019 y 2022, mi trabajo era determinar qué leer y cómo para aprender inglés como lengua extranjera a partir de la literatura, en un colegio bilingüe. Por lo tanto, en el último lustro, he leído principalmente ficción y literatura en inglés. No son lo mismo, pero esa es otra cuestión. De lo que quiero hablar es de mi experiencia como lectora renacida a la literatura escrita por mujeres. Para mí era esencial dar de leer obras escritas por autoras o que tuvieran niñas y jóvenes adultas como protagonistas, o que por lo menos ofrecieran un balance entre personajes masculinos y femeninos. [Quiero recordar que el contexto de la selección es escolar. Nuestros niños y jóvenes necesitan estos cambios de protagonismo.] Entonces, yo aproveché para hacer de la experiencia algo así como “repetir el bachillerato” haciendo las lecturas que no me tocaron en la adolescencia y leyendo historias que hacen parte del plan lector de English Language Arts en Norteamérica, otras que hacen parte de la cultura popular juvenil en el Reino Unido y otras que son lecturas favoritas de bibliotecarias del mundo anglosajón.
Yo veía mi trabajo como el de una lectora profesional, que debía pensar en experiencias de enseñanza y de aprendizaje, al tiempo. Pero quien enseña está aprendiendo la mayor parte del tiempo, entonces, yo me dediqué a aprender inglés a partir de la literatura. Me sentía más del lado de los estudiantes que de mi equipo de profesores extranjeros. Sin embargo, cada cosa que leí, la gocé más que ambos. Fue un disfrute creciente, en la medida en que me iba alejando de lo que se puede leer en el contexto escolar, donde la fantasía y algunos temas sociales y culturales no son bien acogidos.
Aprendí de una estudiante –la que tenía en casa- una estrategia que ahora guía muchos de mis proyectos de lectura. Para cumplir con las asignaciones semanales, mi hija empezó a leer la novela del periodo, A Wrinkle in Time de Madeleine L'Engle, con audiolibro. Me gusta pensar que detrás de eso estaba el recuerdo de mis lecturas en voz alta, pero ella me dijo que lo hacía para leer más rápido, pues cambiaba la velocidad de reproducción a 1.25X.
Me apropié de su estrategia, como la estudiante que me sentía, para otros fines: aprender la pronunciación de palabras que jamás había oído, facilitar la comprensión al no tener que decodificar, apreciar el ritmo de los textos en un idioma con el que respiro distinto, etc. Pero no pude quitarme décadas de lectura guiada por la imaginación para criticar la dramatización de algunos personajes a quienes yo leí de otra manera. Y así descubrí la lectura paralela del texto escrito y oral. Eso de leer, escuchar y juzgar ambas versiones simultáneamente, fue alucinante. Decidí releer novelas de Jane Austen acompañándome de audiolibros y empecé a comprar ediciones Kindle de las obras de las hermanas Brontë, Ursula K. Le Guin y Diana Wynne Jones que sincronizaba con los audiolibros de Audible para tener una experiencia multisensorial con cada uno de ellos. Un buen número de las novelas escritas por mujeres que tengo en mi biblioteca digital están acompañadas de sus lecturas dramáticas, algunas, leídas por sus autoras: Maya Angelou, Toni Morrison. Y son un viaje que acaricia casi todos los sentidos, pues el volumen de la voz le da volumen al texto.
A Diana Wynne Jones le debo haber cruzado finalmente el frontispicio de la literatura fantástica. Es una de esas autoras que me duele haber descubierto tan tarde y haber leído como adulta. Fue la primera autora que me hizo releer una novela justo después de terminarla y llevar cuadernos acompañantes de lectura para recuperar las pistas que mostrarían que los finales de sus novelas se han urdido cuidadosamente en la historia. Me hizo declarar en medio de una reunión con una colega:
–Estoy enamorada.
–De tu marido, por supuesto.
–No, de la escritura de Diana Wynne Jones. Recordar sus historias me hace sonreír casi de la nada, me hace pensar. No veo la hora de releerlas ni de contarles a otros sobre ellas. Quiero leer más y más lo que escribió y de lo que escribió. Quiero escuchar lo que sus personajes escuchan. ¿No es eso enamoramiento?
La admiro. La envidio. Quisiera haber sido yo quien escribiera una obra como Fire and Hemlock, tan llena de detalles donde se intuyen la niña, la adolescente, la mujer, la madre, la lectora (disléxica), la escritora, la aprendiz de violoncello, todo eso trenzado en la reescritura de los cuentos de hadas de Tam Lin y Thomas The Rhymer y relatos míticos y épicos de distintos momentos de la historia europea de una manera que no suena ni artificial ni forzada. Aún cocino y lavo platos escuchando canciones que me recuerdan la novela ("Tam Lin" de Fairpoint Convention y "Thomas The Rhymer" de Steeleye Span son algunas).
A veces me pregunto cómo hubiera sido crecer de la mano de una protagonista torpe y vulnerable, que nunca se ve a sí misma como una damisela en problemas (a damsel in distress), sino como el héroe que salva al caballero en problemas (a knight in distress) en el proceso de convertirse en lectora y escritora de relatos épicos. [Suspiro.]
Si hubiera leído a más autoras durante la adolescencia, sin duda alguna no hubiera tenido a Milan Kundera ni a Julio Cortázar, por ejemplo, entre mis autores favoritos por tantos años ni hubiera hecho los trabajos de grado de mis maestrías alrededor de novelas escritas por hombres. Como lectora, creo que sería más sensible al lenguaje que a las abstracciones que considero más masculinas, como el dominio de estructuras, tanto las narrativas como las sociales. Y como mujer, creo que sería otra persona. Mi adolescente de la madurez se entusiasma ante tanto que leer construido desde miradas que no son las de los hombres sujetos a demasiados imperativos, sino con miradas que desde otro lugar de enunciación usufructúan oportunidades para practicar ejercicios del pensamiento que nos liberan.

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